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19 abril 2026

Mons. Urbanč: “María es fuente de esperanza y de verdadera alegría”

En la mañana de este domingo 19 de abril, se celebró la Misa Solemne de las fiestas en honor de Nuestra Madre del Valle, que fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; numerosos sacerdotes del clero catamarqueño, entre ellos el vicario general, padre Julio Murúa, y el rector del Santuario Catedral, padre Juan Ramón Cabrera, además de otros presbíteros peregrinos.

Cientos de fieles devotos y peregrinos colmaron el principal Santuario mariano de Catamarca para participar de la Eucaristía central de esta jornada, entre los que se destacó presencia de los integrantes de los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, quienes peregrinaron para honrar a Nuestra Madre del Valle, acompañados por el padre Pepe Di Paola, quien también concelebró la Santa Misa.

En el comienzo de su homilía, Mons.  Urbanč dio “una cordial bienvenida a mi hermano, obispo Virginio Bressaneli, emérito de la Diócesis de Neuquén, al padre Arildo, provincial de los padres dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del Septenario. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron junto con el padre Di Paola, y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para que los ayude en su recuperación. Y a todos los que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial”.

 

La presencia del Beato Esquiú

“Este Septenario lo hemos vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle”, apuntó, invitando a que “lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases: ‘Busquemos la gracia de Jesús, pero busquémosla por medio de María, saludándola con el Ángel: Llena Eres de Gracia’. ‘Yo afirmo solamente que ella os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez’. ‘Nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!’”.

Luego dijo que “en el Calvario (Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ y al discípulo ‘Ahí tienes a tu madre’, María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente, inaugurando una nueva familia basada en la fe”.

Y continuó: “A diferencia de otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso dolor. Es la ‘mujer’ del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a toda la humanidad, representada en el ‘discípulo amado’. María es madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores”.

Asimismo, afirmó: "‘Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’ (Jn 19,27). Esta frase nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con amor materno”.

También resaltó que “nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: ‘He ahí a tu madre’. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre”.

“La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz”, manifestó.

Más adelante dijo que “a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado”.

Finalmente se dirigió a la Madre del Valle, “con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú: ‘Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén’”.

 

Bendición de imagen de la Virgen donada al Hogar de Cristo

Luego de la Comunión, el Obispo, acompañado por el padre Pepe Di Paola, bendijo la imagen de la Virgen del Valle que fue donada a los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, para que los ayude en su camino de recuperación.

Toda la asamblea se asoció a este momento, rubricado con aplausos.

Como cierre de esta ceremonia litúrgica, todos se consagraron a la Virgen del Valle y le cantaron a viva voz.


TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos devotos y peregrinos:

Nos hemos congregado para honrar a nuestra Madre del Valle y, antes que nada, quiero dar una cordial bienvenida a mi hermano, obispo, Virginio Bressaneli, emérito de la diócesis de Neuquén. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para que los ayude en su recuperación. Al p. Arildo, provincial de los padres dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del septenario. Y a todos los que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial.

Este septenario lo hemos vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle.

Lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases:

“Busquemos la gracia de JESÚS, pero busquémosla por medio de MARÍA, saludándola con el Ángel: LLENA ERES DE GRACIA”.

“Yo afirmo solamente que ella os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez”.

“Nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!”

En el Calvario (Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir "Mujer, ahí tienes a tu hijo" y al discípulo "Ahí tienes a tu madre", María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente, inaugurando una nueva familia basada en la fe.

A diferencia de otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso dolor. Es la "mujer" del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a toda la humanidad, representada en el "discípulo amado". María es madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores.

"Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,27). Esta frase nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con amor materno.

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús, les confió a Aquélla que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.

Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2,35) le profetizó el anciano Simeón. Pero ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica y ahora en su Iglesia diseminada por toda la tierra.

Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel: “Hágase” - “Fiat” (Lc 1,38). A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquélla única inocente, a la que no cargaba sus pecados. Ella nos enseña la fortaleza con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de participar de la redención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.

Sí, queridos hermanos, a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado.

Y ahora me dirijo a Ti, Madre del Valle, con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú:

“Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén”.

¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!   ¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!

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Horario de Misas para mañana en la Catedral

Desde el Santuario Catedral comunican que este lunes 20 de abril no se celebrará la Santa Misa de las 7.00.

La Eucaristía se celebrará a las 9.00, 11.00, 18.00 y 20.00.

El templo se abrirá a las 7.00.

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Mons. Urbanč: “Cristo vivo debe ser el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve el matrimonio y la educación de los hijos”

En la noche del sábado 18 de abril, último día del Septenario en honor de Nuestra Señora del Valle, rindieron su homenaje las familias, Pastoral Familiar y Movimiento Familiar Cristiano, Grávida, Renacer y Familiares de Víctimas de Accidentes de Tránsito Catamarca (Faviatca), y la Dirección de Familias de Fasta.

La Santa Misa fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; el padre Leandro Roldán, capellán mayor del Santuario Catedral; y los sacerdotes peregrinos de la Diócesis de Merlo-Moreno, Gustavo Esteche y Raúl Pereyra.

En su homilía, Mons. Urbanč dijo que “para iluminar la familia desde la Resurrección de Jesús debemos convertir el hogar en una ‘iglesia doméstica’ donde el amor, la esperanza y la alegría pascual vencen el rencor, la indiferencia y el egoísmo. Implica adoptar a Cristo vivo como el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve las relaciones cotidianas, el matrimonio y la educación de los hijos”.

Seguidamente, propuso algunas pistas para vivir la Resurrección en familia: “*Transformar el hogar: Las familias deben ser ‘sepulcros vacíos’ que no conserven signos de muerte (violencia, desorden, egoísmo, falta de diálogo, rencores, consumismo, falta de oración), permitiendo que la misericordia de Jesús resucitado transforme el día a día. *Esperanza y Vida Nueva: que reconozcan que la victoria de Cristo sobre la muerte significa que no hay crisis familiar definitiva. Es posible volver a empezar, superar la frialdad y fortalecer el amor conyugal. *Cristo en el centro: la familia necesita orar, leer y meditar la Palabra de Dios y participar juntos de la vida eclesial, permitiendo que Jesús guíe las decisiones y la educación de los hijos. *Amor y servicio: que se inspiren en la Sagrada Familia para fomentar un amor que no controla, sino que respeta la libertad y busca el crecimiento personal de todos. *Testimonio de alegría: La Pascua es una invitación a ser ‘contagiadores de la alegría’ en un mundo marcado por el pecado, demostrando que Jesús está vivo”.

Tras reflexionar sobre las lecturas proclamadas, indicó que “el evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística”.

En otra parte de su predicación expresó: “¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!”.

Hacia el final rogó a la Virgen del Valle que conceda a “nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios… Protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos… Mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía”.

“Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos”, concluyó.

Los alumbrantes participaron guiando la celebración eucarística, proclamando la Palabra de Dios y acercando al altar las ofrendas particulares junto con los dones del pan y el vino.

Antes que el Obispo impartiera la bendición final, todos juntos se consagraron a la Santísima Virgen María en su advocación del Valle y la saludaron con el canto.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA

Queridos devotos y peregrinos:

                                                                 En este séptimo día del septenario se nos propuso meditar acerca de la gracia que es la Virgen del Valle para todos los bautizados. Abramos nuestros corazones para acogerla.

            En esta Misa vespertina rinden su homenaje a la Madre Celestial las familias y los movimientos que acompañan a las familias.

            Ahora bien, para iluminar la familia desde la Resurrección de Jesús debemos convertir el hogar en una "iglesia doméstica" donde el amor, la esperanza y la alegría pascual vencen el rencor, la indiferencia y el egoísmo. Implica adoptar a Cristo vivo como el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve las relaciones cotidianas, el matrimonio y la educación de los hijos. 

Propongo algunas pistas para vivir la Resurrección en familia:

*Transformar el hogar: Las familias deben ser "sepulcros vacíos" que no conserven signos de muerte (violencia, desorden, egoísmo, falta de diálogo, rencores, consumismo, falta de oración), permitiendo que la misericordia de Jesús resucitado transforme el día a día.

*Esperanza y Vida Nueva: que reconozcanque la victoria de Cristo sobre la muerte significa que no hay crisis familiar definitiva. Es posible volver a empezar, superar la frialdad y fortalecer el amor conyugal.

*Cristo en el Centro: la familia necesita orar, leer y meditar la Palabra de Dios y participar juntos de la vida eclesial, permitiendo que Jesús guíe las decisiones y la educación de los hijos.

*Amor y Servicio: que se inspiren en la Sagrada Familia para fomentar un amor que no controla, sino que respeta la libertad y busca el crecimiento personal de todos.

*Testimonio de Alegría: La Pascua es una invitación a ser "contagiadores de la alegría" en un mundo marcado por el pecado, demostrando que Jesús está vivo. 

El Amor de Cristo Resucitado debe ser el criterio para que la familia sea evangelizadora de la Iglesia doméstica, de manera que toda familia camine hacia Él. 

La primera lectura (Hch 2,14.22-33) nos presenta el prototipo del primer anuncio (kerygma) que los apóstoles proclamaban ante los judíos, y ante todos los hombres. Consistía en proponer al mundo la muerte en la cruz y la Resurrección de Jesús de Nazaret como el acontecimiento más importante de la historia de la salvación.

Este discurso está organizado en 3 partes: Invitación a escuchar: "Escuchen Israelitas" (v. 22a); Exposición del suceso fundamental: “Dios ha resucitado a Jesús el Nazareno” (v. 22b-24); Un apoyo o “testimonio de la Biblia”, que es el Sal 16,8-11 (vv. 25-28).

La respuesta de Dios a la muerte de Jesús, teniendo en cuenta ese designio divino, es la resurrección. Dios lo ha liberado de los “dolores de la muerte” (v. 24), como si fuera un parto. Así como en el parto la madre y el hijo sufren hasta que los 2 se abrazan en un misterio de vida nueva, de la misma manera, el dolor de la muerte de Jesús lleva al abrazo divino de la vida nueva del Crucificado. De la misma manera deberíamos leer e interpretar el misterio de nuestra propia muerte y la esperanza de nuestra propia resurrección. Morir para nosotros debería ser un parto que nos lleva a la vida nueva y verdadera. El discurso de Pedro se apoya (vv. 25-28) en el Sal 16 en el que se nos manifiesta un creyente que confía en Dios hasta pensar que no verá la corrupción.

Por ello, cuando se habla de la fuerza de la Palabra de Dios en los cristianos primitivos, esa fuerza no consistía en otra cosa que en la fuerza que tenía la misma muerte y resurrección de Jesús. Es una fuerza que cambia los corazones y, si cambia los corazones, cambia también la historia; porque en la muerte de Jesús, en la cruz, muerte ignominiosa de esclavos y revoltosos, se revela todo el amor de Dios por nosotros; y en la Resurrección se revela el poder de Dios sobre la muerte de Jesús y de la humanidad.

            La segunda lectura (1Pe 1,17-21) declara que nuestra esperanza está en Dios, e insiste con fuerza en el anuncio (kerigma) del misterio de la Pascua, o sea, de la muerte y la Resurrección de Jesús. Propone, que no es el oro y el poder lo que cambiará la historia, aunque muchos consideren que es lo que moviliza este mundo. El oro, el poder, las armas sólo traen la tragedia a nuestros pueblos. Pero en el misterio de la Pascua, que es el misterio del «sin poder», se abre todo a la esperanza y a la vida para siempre.

            El evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística.

La primera parte es en el camino. Desde la nostalgia solamente no es posible abrirse a la resurrección. No es la nostalgia la forma y manera de adentrarse en el anuncio pascual de que “el crucificado vive”. Mientras iban de camino, el Resucitado, les sale al encuentro sin que puedan reconocerlo. Sabemos que Lucas es un verdadero catequista del camino. Así entiende toda la vida de Jesús, y muy especialmente en su decisión irrevocable de ir a Jerusalén (Lc 9,51-19,24). Y enseña, a su vez, que el discipulado cristiano es un camino que se ha de recorrer con Jesús; no es un discipulado de tipo intelectual. Se aprende viviendo, caminando. Jesús toma su iniciativa: se hace un peregrino, un itinerante con ellos, que vienen de Jerusalén descreídos, desesperados y desencantados, porque ni siquiera han tomado en consideración lo que algunas mujeres ya decían. Y Él, sin que se lo pidan, hace el camino con ellos y les explica las Escrituras, porque ya no pueden vivir sin Él, sin su palabra de consuelo y de vida.

Pero, éstos, como buenos orientales, han dado hospitalidad a este peregrino desconocido que les ha interpretado las palabras de los profetas sobre la muerte y la resurrección de Jesús. Eso fue lo que tuvieron que hacer los primeros cristianos para explicarse y vivir espiritualmente la muerte y la resurrección de Jesús. Y entonces, en la casa, símbolo de una comunidad eucarística, Él, que aparecía como un hombre de paso, se constituye en el anfitrión de aquella celebración y lo «reconocen» en un gesto como el que pudo hacer en la noche de la última cena; podemos entender que parte el pan y lo reparte y beben de la copa. Así se cumple, pues, el sentido de las palabras de Jesús, en la tradición de Lucas y Pablo: "hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19c; 1Cor 11,24c). Lucas nos quiere enseñar que, aunque ellos como nosotros, no pudimos vivir con Jesús, ni conocerlo, sin embargo, en la Eucaristía es posible tener esta experiencia de vida. La Eucaristía, como memorial de la Muerte y la Resurrección de Cristo, es un misterio de liberación, que no se percibe con los ojos físicos, sino con los ojos de la fe, como lo da a entender el versículo final “y se decían el uno al otro: ¿no ardía nuestro corazón cuando por el camino nos hablaba y explicaba las Escrituras?

¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!

 

Querida Virgen del Valle, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo: escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos.

Esperanza nuestra, mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía.

Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!   ¡¡¡Viva EL Beato Mamerto Esquiú!!!

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18 abril 2026

Mons. Bressanelli: “Toda consagración es un regalo para toda la humanidad y para la Iglesia”

El religioso catamarqueño Diego Díaz, perteneciente a la congregación de los dehonianos, celebró sus 25 años de consagración, al igual que el padre Arildo José Ferrari, superior provincial de la mencionada comunidad religiosa.

 

En la mañana de este sábado 18 de abril, día litúrgico de Nuestra Señora del Valle, rindió su homenaje la Vida Consagrada de Catamarca: Orden de Frailes Menores (OFM), Monasterio Inmaculada del Valle, Hermanas Misioneras Catequistas de Cristo Rey, Orden del Verbo Encarnado, Hermanas Nazarenas, Hermanas Misioneras Redentoristas, Instituto Cristíferas, Instituto Amigas y Amigos en el Señor Jesús en Comunión con Chemin Neuf, junto con las Hermanas del Huerto, Hermanas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, entre otras, y la Pastoral Vocacional.

Lo hicieron en el marco de la Santa Misa presidida por Mons. Virginio Domingo Bressanelli, obispo emérito de Neuquén; el padre Arildo José Ferrari, ambos Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, más conocidos como dehonianos; el padre Juan Ramón Cabrera, rector del Santuario Catedral; fray Julio Bunader, sacerdote de la comunidad franciscana local, entre otros presbíteros del clero catamarqueño y otros peregrinos.

La ceremonia litúrgica se inició con el ingreso en procesión de las religiosas llevando en sus manos una rosa, que depositaron al pie del altar, precediendo al Hno. Diego Díaz, en la celebración de sus Bodas de Plata de consagración, quien también hizo lo propio, seguidos por los celebrantes.

Durante su homilía, Mons. Bressanelli dijo que “en esta Misa estamos celebrando a nuestra querida Madre, la Virgen del Valle” y “para recordar la vida consagrada y mirarla desde el ejemplo de María, por eso están presente varias congregaciones”, mencionando entre ellos a “los hermanos franciscanos, Oblatos de María Inmaculada y dehonianos, que no estamos presentes en la diócesis, pero que tenemos a alguien de la Diócesis de Catamarca, que es el hermano Diego, que hoy recuerda sus 25 años de vida religiosas, de primeros votos, y también está presente el padre Arildo José Ferrari, superior provincial de los Sacerdotes del Corazón de Jesús, dehonianos, que también cumple 25 años de vida consagrada. Hemos querido celebrarlo aquí, a los pies de la Virgen María, Nuestra Señora del Valle, siendo que Diego Díaz es hijo de este pueblo y gran devoto de la Virgen María bajo este título”.

Luego reflexionó sobre el sentido de la vida consagrada, afirmando que ésta “nace con Jesús que se consagra al Padre totalmente entregado al Él desde la eternidad como Hijo, y totalmente entregado al Padre desde la Encarnación, como Hijo de Dios hecho hombre. Al hacerse hombre asume la vida su consagración haciendo de la voluntad del Padre su código de vida, asumiendo el designio que es la voluntad del Padre de que la salvación llegue a toda la humanidad”.

 

Celebramos a la Virgen María, primera consagrada

Más adelante afirmó que “toda consagración a Dios es un regalo para toda la humanidad y, particularmente, es un regalo para la Iglesia. Es un don que Dios da a todos, a través de una persona concreta. Por eso, al celebrar a la Virgen del Valle celebramos a la primera consagrada, la primera que va a ser también el primer miembro de la Iglesia, y también la primera discípula de Jesús. María encarna la realización de la promesa de Dios de darnos su vida divina. Pero encarna también esa promesa de Dios que se fue realizando en el tiempo. Ella está en la bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, es la que conduce a los que permanecieron fieles a Dios en el Antiguo Testamento, los hace entrar en el Nuevo Testamento, gracias a un ‘sí’ que María da a la invitación del Ángel en su confianza en Dios. Un ‘si’ que mantiene a lo largo de toda su vida, en circunstancias buenas y difíciles, pero justo en las circunstancias difíciles, María a ese ‘si’ lo alimenta, lo ilumina, lo fortalece guardando la Palabra de Dios en su corazón”.

En otro tramo dijo que “podríamos decir que María hace sus votos perpetuos en el Calvario, allí donde Ella se asocia totalmente a la condición y a la obra del Hijo, y es en el Calvario donde María muere en su corazón y renace como resucitada participando de la vida misma de Cristo en su totalidad. Ya lo tenía por la gracia, pero ahora lo tiene como conciencia mayor”.

“El consagrado tiene que tener siempre una vinculación especial con María reconociéndola presente en la obra de la salvación, como hijo y como aquel que toma ejemplo de María y pide su intercesión para poder ser fiel hasta el final. El verdadero fiel en todas las cosas es solo Dios, pero la fidelidad humana se basa y se arraiga en esa fidelidad de confianza en Dios”.

 

“Dios debe ocupar el primer lugar en todo”

Asimismo, invitó a “apreciar mucho esta vocación de consagración, porque los consagrados y las consagradas, contemplativos o en cualquier otra forma de vida, en los institutos seculares o en otras asociaciones marcadas por los votos y por otras expresiones propias de la consagración, son los que proclaman al pueblo de Dios algo fundamental, a través de sus votos en la castidad nos están diciendo a todos: ‘Dios es mi único amor’. Eso es algo que tenemos que madurar también todos los cristianos. Dios debe ser nuestro primer amor, debe ser ocupar el primer lugar en todo”.

También señaló que “los religiosos y consagrados no son súperhombres, no son súpermujeres. Dios nos toma así como somos, nos va trabajando durante toda la vida”, y lo valioso es que “hacen una elección que es importante en la vida y Dios los quiere como signo, como realidad y también como ejemplo, que se alinea en el ejemplo de todos los santos, sobre todo, de María. En estos días recordamos mucho al Beato Mamerto Esquiú, religioso franciscano, en ellos vemos cómo a pesar de las debilidades se va mostrando algo que es propio del Reino de Dios”.

 En otro tramo de su predicación, hizo un llamado a las familias a que “animen a sus hijos y a sus hijas a consagrarse a Dios. Al pie de la Virgen del Valle pídanle lo que quieran, pero también sepan hacer el silencio fundamental de dejar que Dios nos pida algo. Dios tiene el derecho de pedirnos lo máximo, y lo máximo es consagrarnos a Él en el sacerdocio y en la vida consagrada. Lo máximo es desprenderse de cosas que son naturales, humanas, que son buenas, para que el pueblo de Dios sea el Reino de Dios, sea lugar donde Dios vive, donde actúa y donde se transforma la sociedad”.

“No hay nada mejor que una vocación auténtica bien respondida, donde uno da el sí a Dios sabiendo que la garantía de la fidelidad es Él. Por eso invito a todos los peregrinos a pensar en la propia familia, pero a pensar en la familia grande que es la Iglesia, y tomarse a pecho la Iglesia, ponerla sobre las espaldas, porque hoy está necesitando más que nunca consagraciones de total entrega, sobre todo al sacerdocio y la vida consagrada. A los pies de María, mientras nos consagramos, mientras le pedimos que nos tome de la mano para que no nos alejemos nunca de Dios, también los invito a hacer una mirada de silencio en el propio corazón, para saber si estamos dispuestos a entregar a Dios todo y entre ellos también entregar a los propios hijos”.

Hacia el final compartió “una pequeña reflexión de San Bernardo en una de sus homilías, él vivía enamorado de la Virgen María, y dice así: ‘Si la sigues a María no te desviarás; si le rezas, no desesperarás; si la piensas no te equivocarás; si la toma de la mano no caerás, con su protección, no temerás; guiado por Ella no te cansarás. Si te es propicia llegarás a la meta, y así experimentarás cuán potente es el nombre de la Virgen María’. En María, cada uno pone hoy su vocación y renueva su entrega a Dios, y le pedimos que nos ayude a ser fieles a Cristo”.

 

Renovación de la consagración

Seguidamente, a los pies de María Santísima del Valle, nuestro hermano Diego Díaz y el padre Arildo José Ferrari renovaron sus votos a 25 años del sí que le dieron a Dios dentro del carisma de los Sacerdotes del Sagrado Corazón de Jesús, dehonianos.

Junto con ellos hicieron su renovación todos los religiosos y religiosas participantes de la ceremonia litúrgica.

En el momento de la preparación de la mesa eucarística, los alumbrantes acercaron al altar los dones del pan y del vino.

Antes de recibir la bendición final, todos los presentes se consagraron a Nuestra Madre del Valle.

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