En la noche de este viernes 26 de junio, Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, presidió la Santa Misa, en el Santuario de Nuestra Señora del Valle y Catedral Basílica, rogando por el cese del flagelo de la droga y por quienes ayudan a las personas con adicciones. También se pidió por el pueblo venezolano que vive las consecuencias de los terremotos devastadores registrados en la zona, por los fallecidos, las familias que quedaron sin su hogar y por quienes acuden en su ayuda.
La
Eucaristía fue concelebrada por el padre Juan Ramón Cabrera, rector del Santuario
Catedral, y el padre Julio Ávalos, responsable de la Pastoral de Adicciones en
la Diócesis de Catamarca, quien lleva adelante este servicio pastoral junto con
el diácono Sergio Colósimo.
Participaron
de la ceremonia litúrgica miembros de la Pastoral de Adicciones, integrantes
del Hogar de Cristo Padre Raúl Contreras, cuyo centro se encuentra en el barrio
Santa Marta del sur capitalino, y jóvenes de la Fraternidad Nuestra Señora del
Valle de la Comunidad Cenáculo, dedicada a la recuperación de chicos con problemas
de adicciones, que funciona en la casa ubicada en el ingreso a la localidad de
El Rodeo, departamento Ambato. Actualmente hay en este centro de rehabilitación
cerca de 20 jóvenes de distintos lugares del país y otros.
En
el inicio de su homilía, Mons. Urbanč expresó: “Hoy, mientras la comunidad
internacional recuerda la necesidad de luchar contra el uso indebido y el
tráfico ilícito de drogas, la Iglesia nos invita a mirar esta realidad con los
ojos de Cristo: ojos que no condenan a la persona, sino que denuncian el mal y
ofrecen caminos de vida, reconciliación y esperanza”.
“Las
drogas destruyen lentamente la vida de quienes caen en la dependencia, pero
también hieren a las familias, rompen amistades, alimentan la violencia y sostienen
redes criminales que se enriquecen a costa del sufrimiento de los más
vulnerables”, manifestó, enfatizando que “detrás de cada historia de adicción
hay un rostro, un nombre, una familia y una profunda necesidad de amor, de
escucha y de sentido”.
Llamados a tres compromisos
Luego
afirmó que “en los cuatro Evangelios constatamos que Jesús siempre salió al
encuentro de quienes estaban caídos. Nunca redujo a una persona a su pecado, a
su enfermedad, a su debilidad o a su fracaso. Vio en cada uno un hijo amado de
Dios, capaz de levantarse y comenzar de nuevo”.
Por
eso, señaló que “como comunidad cristiana, estamos llamados a tres compromisos:
*El primero, prevenir. Educar a los
niños y jóvenes en valores, fortalecer la familia, crear ambientes donde haya
diálogo, afecto y oportunidades. Muchas veces la mejor prevención es una
presencia amorosa que escucha y acompaña. *El segundo, acompañar. El que lucha contra una adicción necesita apoyo,
paciencia y comunidades que no cierren las puertas. Nadie sale solo del
sufrimiento. La recuperación es un camino que requiere la gracia de Dios, la
ayuda profesional y el sostén de quienes creen en la posibilidad de un cambio.
* El tercero, trabajar por una sociedad
más justa. El narcotráfico prospera donde hay pobreza, exclusión,
corrupción y desesperanza. Combatir este flagelo no depende únicamente de las
fuerzas de seguridad o de las leyes; también exige construir una cultura donde
la dignidad humana esté por encima del dinero y del poder”.
Asimismo,
dijo que “hoy, por tanto, queremos rezar especialmente por quienes sufren una
dependencia; por sus familias, que muchas veces cargan en silencio con el
dolor; por los profesionales de la salud, los educadores y los voluntarios que
dedican su vida a la rehabilitación; por quienes arriesgan su vida enfrentando
las organizaciones criminales; y por quienes participan del tráfico de drogas,
para que descubran el daño que provocan y encuentren el camino de la conversión”.
“La
esperanza cristiana nos dice que ninguna persona está perdida definitivamente.
Dios siempre puede abrir un camino nuevo. Allí donde el pecado y la muerte
parecen tener la última palabra, Cristo resucitado hace brotar la vida”, señaló,
invitando a que “pidamos al Señor que nos conceda un corazón compasivo para
acompañar, una conciencia firme para rechazar todo aquello que destruye la vida
y un compromiso constante para construir una sociedad libre de la esclavitud de
las drogas”.
Ser firmes en la defensa de la vida
Luego
de reflexionar sobre los textos bíblicos proclamados, expresó: “Este Día
Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de
Drogas, la Palabra de Dios nos invita a un doble compromiso. Por un lado, a ser
firmes en la defensa de la vida, denunciando todo aquello que convierte a las
personas en mercancía y destruye el tejido social. Por otro, a ser una Iglesia
que, como Jesús, no teme acercarse al que está herido, convencida de que no hay
persona que está definitivamente perdido para Dios”.
“Pidamos
al Señor que sane las heridas de quienes padecen una adicción; que fortalezca a
las familias que viven esta prueba; que ilumine a quienes tienen
responsabilidades públicas para que trabajen por el bien común con honestidad y
valentía; y que nos conceda a todos un corazón capaz de tocar las heridas del
prójimo con la misma compasión con que Cristo tocó al leproso. Porque después
del destierro viene el regreso; después del llanto puede renacer el canto; y
después del encuentro con Cristo es posible comenzar una vida nueva”.
Finalmente,
imploró: “Que la Virgen del Valle, Madre de la Esperanza, y el Beato Mamerto
Esquiú, intercedan por nuestros jóvenes, fortalezcan a las familias y sostengan
a todos los que trabajan por la recuperación de quienes sufren la adicción”.
Testimonios de vida
Luego
de la Comunión, el Obispo invitó a tres jóvenes de la Comunidad Cenáculo: Raúl,
Martín y Gonzalo, a brindar su testimonio ante la asamblea, que los acompañó
con la escucha atenta y un fuerte aplauso en el cierre de este momento especial.
Fueron palabras de vida, de conversión, de luz, que hablan de la presencia de
Dios en cada uno de ellos después de las tinieblas.
Ellos
abrazaron un estilo de vida simple, familiar, basado en la oración, el trabajo
(ora et labora), la amistad verdadera, el sacrificio y la fe en Jesús, con una
fuerte impronta mariana.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos
hermanos:
Hoy,
mientras la comunidad internacional recuerda la necesidad de luchar contra el
uso indebido y el tráfico ilícito de drogas, la Iglesia nos invita a mirar esta
realidad con los ojos de Cristo: ojos que no condenan a la persona, sino que
denuncian el mal y ofrecen caminos de vida, reconciliación y esperanza.
Las
drogas destruyen lentamente la vida de quienes caen en la dependencia, pero
también hieren a las familias, rompen amistades, alimentan la violencia y sostienen
redes criminales que se enriquecen a costa del sufrimiento de los más
vulnerables. Detrás de cada historia de adicción hay un rostro, un nombre, una
familia y una profunda necesidad de amor, de escucha y de sentido.
En
los cuatro Evangelios constatamos que Jesús siempre salió al encuentro de
quienes estaban caídos. Nunca redujo a una persona a su pecado, a su
enfermedad, a su debilidad o a su fracaso. Vio en cada uno un hijo amado de
Dios, capaz de levantarse y comenzar de nuevo. Por eso, como comunidad
cristiana, estamos llamados a 3 compromisos:
*El
primero, prevenir. Educar a los niños y jóvenes en valores, fortalecer la
familia, crear ambientes donde haya diálogo, afecto y oportunidades. Muchas
veces la mejor prevención es una presencia amorosa que escucha y acompaña.
*El
segundo, acompañar. El que lucha contra una adicción necesita apoyo, paciencia
y comunidades que no cierren las puertas. Nadie sale solo del sufrimiento. La
recuperación es un camino que requiere la gracia de Dios, la ayuda profesional
y el sostén de quienes creen en la posibilidad de un cambio.
El
tercero, trabajar por una sociedad más justa. El narcotráfico prospera donde
hay pobreza, exclusión, corrupción y desesperanza. Combatir este flagelo no
depende únicamente de las fuerzas de seguridad o de las leyes; también exige
construir una cultura donde la dignidad humana esté por encima del dinero y del
poder.
Hoy,
por tanto, queremos rezar especialmente por quienes sufren una dependencia; por
sus familias, que muchas veces cargan en silencio con el dolor; por los
profesionales de la salud, los educadores y los voluntarios que dedican su vida
a la rehabilitación; por quienes arriesgan su vida enfrentando las
organizaciones criminales; y por quienes participan del tráfico de drogas, para
que descubran el daño que provocan y encuentren el camino de la conversión.
La
esperanza cristiana nos dice que ninguna persona está perdida definitivamente.
Dios siempre puede abrir un camino nuevo. Allí donde el pecado y la muerte
parecen tener la última palabra, Cristo resucitado hace brotar la vida.
Pidamos
al Señor que nos conceda un corazón compasivo para acompañar, una conciencia
firme para rechazar todo aquello que destruye la vida y un compromiso constante
para construir una sociedad libre de la esclavitud de las drogas.
Los
textos bíblicos que hemos escuchado nos presentan tres escenas que, a pesar de
pertenecer a momentos distintos, convergen en un mismo mensaje: Dios no
abandona a su pueblo en medio de la ruina, el dolor o la exclusión; siempre
abre un camino de restauración.
La
primera lectura 2Rey 25,1-12 nos muestra uno de los momentos más trágicos de la
historia de Israel. Jerusalén es sitiada, el templo destruido y el pueblo
llevado al destierro. No sólo se derrumban las murallas; también parecen
derrumbarse la esperanza, la identidad y el futuro. El pecado, la injusticia y
la infidelidad tienen consecuencias que alcanzan a toda la sociedad.
También
hoy contemplamos otras formas de destrucción. La droga y el narcotráfico
levantan un verdadero asedio contra nuestras comunidades. Destruyen vidas,
dividen familias, siembran violencia y esclavizan especialmente a los jóvenes y
a los más pobres. Como Jerusalén, muchas personas experimentan que todo aquello
que daba sentido a su vida parece haber quedado en ruinas.
El
salmo 136 recoge el llanto de los desterrados: "Junto a los ríos de
Babilonia nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sión". Es el dolor de
quien ha perdido su hogar y siente que vive lejos de aquello que ama. ¡Cuántas
familias conocen hoy ese mismo llanto! Padres que ven a sus hijos atrapados por
una adicción; hijos que lloran por sus padres; comunidades enteras que sufren
la violencia del narcotráfico… Pero el salmo también guarda un tesoro: los
desterrados no se olvidan de Jerusalén. Conservan viva la memoria de su
verdadera patria. Esa memoria les impide resignarse. También nosotros debemos
conservar viva la memoria de la dignidad que Dios ha dado a cada persona.
Ningún ser humano puede ser reducido a su adicción, a su historia o a sus
errores. Todo hombre y toda mujer siguen siendo hijos de Dios, llamados a
recuperar la libertad.
El
Evangelio, Mateo 8,1-4, nos presenta a un leproso que rompe todas las barreras
y se acerca a Jesús. Según la ley, debía mantenerse lejos; era un excluido. Sin
embargo, Jesús hace algo inesperado: extiende la mano y lo toca. No tiene miedo
de acercarse al que todos evitaban. Con ese gesto devuelve al enfermo no solo
la salud, sino también su dignidad y su lugar en la comunidad.
¡Qué
enseñanza tan grande para nosotros! La lucha contra las drogas no consiste
únicamente en combatir el delito; también exige acercarnos con misericordia a
quienes sufren la dependencia. Sin embargo, hemos de rechazar con firmeza el
narcotráfico y todo aquello que destruye la vida, con el firme compromiso de
reconocer, en cualquier caso, la dignidad de quien necesita ayuda para
levantarse.
Jesús
respondió al leproso: "Quiero, queda limpio". Esa misma palabra sigue
resonando hoy. Cristo quiere sanar, liberar y devolver la esperanza. Pero
muchas veces esa mano de Jesús necesita hacerse visible a través de nuestras
manos: las de una familia que no abandona, las de un educador que acompaña, las
de un profesional de la salud, las de una comunidad cristiana que acoge, sin
juzgar, y anima a comenzar de nuevo.
En
síntesis, este Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el
Tráfico Ilícito de Drogas, la Palabra de Dios nos invita a un doble compromiso.
Por un lado, a ser firmes en la defensa de la vida, denunciando todo aquello
que convierte a las personas en mercancía y destruye el tejido social. Por
otro, a ser una Iglesia que, como Jesús, no teme acercarse al que está herido,
convencida de que no hay persona que está definitivamente perdido para Dios.
Pidamos
al Señor que sane las heridas de quienes padecen una adicción; que fortalezca a
las familias que viven esta prueba; que ilumine a quienes tienen
responsabilidades públicas para que trabajen por el bien común con honestidad y
valentía; y que nos conceda a todos un corazón capaz de tocar las heridas del
prójimo con la misma compasión con que Cristo tocó al leproso. Porque después
del destierro viene el regreso; después del llanto puede renacer el canto; y
después del encuentro con Cristo es posible comenzar una vida nueva.
Que
la Virgen del Valle, Madre de la Esperanza, y el Beato Mamerto Esquiú,
intercedan por nuestros jóvenes, fortalezcan a las familias y sostengan a todos
los que trabajan por la recuperación de quienes sufren la adicción. Amén.
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