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19 abril 2026

“Esta celebración en tu honor fue la primera, en el marco del año de festejos por el Bicentenario del nacimiento de tu amado hijo, el Beato Mamerto Esquiú. No me cabe la menor duda que nos ayudarás a sacar los mejores frutos para nuestra vida cristiana”, dijo el Obispo dirigiéndose a la Virgen.

 

En la cálida tarde de este domingo 19 de abril, se llevó a cabo la Solemne Procesión en honor de Nuestra Madre del Valle, que marcó el cierre del Septenario celebrando el 135° aniversario de su Coronación Pontificia, en el marco del Jubileo Diocesano por el Bicentenario del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú.

La jornada se inició en la intersección de avenida Virgen del Valle y calle República, en el lugar exacto del Paseo General Navarro, más conocido como La Alameda, donde se encuentra emplazada la corona gigantesca que recuerda aquel acontecimiento que se celebra en estas festividades.

Allí se vivió un momento de animación con música y poesía de autores catamarqueños, dando la bienvenida a las 65 delegaciones de peregrinos e instituciones inscriptas para rendirle su homenaje. Alrededor de las 17.30 comenzó el paso de los grupos delante de las sagradas imágenes de la Virgen del Valle y del Beato Mamerto Esquiú.

Concluido este momento se dispuso la ubicación de las religiosas y religiosos, sacerdotes del clero local y de otras diócesis, y del obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, acompañado por el obispo emérito de Neuquén, Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), para dar inicio a la Solemne Procesión con la Santísima Madre del Valle escoltada por la Guardia de Honor de los Bomberos de la Policía de Catamarca, y precedida por la imagen del Beato Mamerto Esquiú.  

Detrás se ubicaron las autoridades provinciales encabezadas por el gobernador, Lic. Raúl Jalil; los intendentes de Capital, Dr. Gustavo Saadi; de Fray Mamerto Esquiú, Prof. Alejandra Benavídez; de Icaño, Franco Carletta; legisladores provinciales y municipales, autoridades judiciales y de las fuerzas de seguridad.

A lo largo del trayecto, que comprendió Camilo Melet, Mariano Moreno, avenida Ocampo, San Martín, Rivadavia y República hasta el Paseo de la Fe, la Imagen cuatro veces centenaria de la Virgen del Valle fue llevada en andas por integrantes de la EC Sapem, Vialidad Provincial, Aguas de Catamarca, Gauchos y Guardianes de la Virgen.

Durante el recorrido se vivieron muestras de amor y devoción a la Reina del Valle. Lluvia de papelitos, globos y gallardetes en distintos puntos del trayecto pusieron color y alegría al paso de la Madre.

Mientras se desplazaba la columna de devotos y peregrinos se desgranaron los misterios del Santo Rosario matizados con canciones, mientras los hijos de la Madre Morena agitaban sus pañuelos para saludarla a su paso.

Luego de bordear la plaza 25 de Mayo, la Sagrada Imagen fue recibida con el tañido de las campanas y los sones de la Banda de Música de la Policía de la Provincia, en el Paseo de la Fe, donde se realizó el acto de cierre de las festividades.

 

Por los enfermos, la paz en el mundo y los peregrinos

En su alocución final, Mons. Urbanč se refirió al tiempo jubilar que vive esta Iglesia Particular manifestando que “esta celebración en tu honor fue la primera, en el marco del año de festejos por el Bicentenario del nacimiento de tu amado hijo, el Beato Mamerto Esquiú. No me cabe la menor duda que Tú estás muy contenta y nos ayudarás a sacar los mejores frutos posibles para nuestra vida cristiana. Hemos tenido presente su figura en este septenario, sobre todo, como un fiel hijo tuyo y gran cantor de tus celestiales prodigios”.

Luego expresó: “Gracias, Madre, por acompañarnos siempre, por escuchar nuestras plegarias, por recibirnos con tu mirada tierna y silenciosa y por acogernos cálidamente en el huequito de tus manos maternales”.

También imploró “por tantos enfermos que me pidieron que rece por ellos y que me encargue te ponerlos en tu presencia. Por favor, hazte notar, consiguiendo para ellos la gracia que necesitan”.

Tal como lo hizo el día de la Bajada de la Sagrada Imagen volvió “a clamar por la Paz en el mundo, pero, sobre todo, ahora te pido que los seres humanos dejemos de fabricar armas y de gestar todo tipo de violencia, a fin de que nadie tenga que poner la excusa que debe armarse para defenderse de posibles agresores”.

Entre sus ruegos pidió por “nuestra patria que se debate en medio de odios, rencores, revanchismos, mezquindades, corruptelas en todos los niveles, familias sin los recursos necesarios para vivir dignamente, niños y jóvenes que deambulan en medio de un despiadado e insaciable consumismo, el flagelo de las adicciones,  mediocridad y dejadez generalizada, violencia y animosidad aceptadas sin más, endiosamiento del cortoplacismo, la mentira, la hipocresía y el engaño como vestales de una sociedad decadente, etc. Consíguenos el milagro de que como individuos y sociedad busquemos salir de esta situación, aceptando las enseñanzas divinas y poniéndolas en práctica como enseñaba el Beato Esquiú a sus contemporáneos”.

“Acompaña al Papa León en su largo viaje por el continente africano, tan golpeado por la violencia, la inequidad y la pobreza. Dale fuerza y sostenlo en su decidido clamor por la paz en el mundo”, rogó.

Además, suplicó: “Responde, con dulzura de madre, a todos los pedidos que te hicieron tus devotos y peregrinos en estos días del septenario, con el que celebramos los 135 años de la coronación pontificia de tu imagen que representa el gran designio divino de que seas la Inmaculada, la sin pecado, para poder acoger, no sólo al Hijo de Dios para ser hombre, sino también para ser la Madre Espiritual de toda la humanidad”.

 “Acompaña a todos los peregrinos en el regreso a sus hogares… que todos lleguen a sus lugares de origen, renovados por haber participado en las confesiones, bendiciones, Eucaristías, rezos y en esta solemne procesión que siempre nos deja el sentimiento encontrado de haber estado gustosos contigo y de la inexorable y dolorosa despedida. No obstante, sabemos que jamás nos abandonas, más aún, estamos convencidos que siempre estás, y por eso, cada vez que podemos, nos llegamos hasta tu morada, en Catamarca, para agradecerte, suplicarte y comprometernos a ser mejores discípulos-misioneros. Gracias Madre bendita, ¡hasta siempre!”, concluyó.

Seguidamente se entonaron las estrofas del Himno Nacional Argentino, tras lo cual se realizó el arriamiento de la Bandera nacional.

En nombre del Santo Padre León XIV, el Obispo impartió la bendición apostólica con indulgencia plenaria.

Con las campanas echadas a vuelo, pañuelos agitados, vivas y corazones palpitantes de amor, los devotos y peregrinos despidieron a la Reina y Señora del Valle, quien

 regresó al Camarín donde permanece durante la mayor parte del año irradiando su gracia sin par.

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Mons. Urbanč: “María es fuente de esperanza y de verdadera alegría”

En la mañana de este domingo 19 de abril, se celebró la Misa Solemne de las fiestas en honor de Nuestra Madre del Valle, que fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; numerosos sacerdotes del clero catamarqueño, entre ellos el vicario general, padre Julio Murúa, y el rector del Santuario Catedral, padre Juan Ramón Cabrera, además de otros presbíteros peregrinos.

Cientos de fieles devotos y peregrinos colmaron el principal Santuario mariano de Catamarca para participar de la Eucaristía central de esta jornada, entre los que se destacó presencia de los integrantes de los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, quienes peregrinaron para honrar a Nuestra Madre del Valle, acompañados por el padre Pepe Di Paola, quien también concelebró la Santa Misa.

En el comienzo de su homilía, Mons.  Urbanč dio “una cordial bienvenida a mi hermano, obispo Virginio Bressaneli, emérito de la Diócesis de Neuquén, al padre Arildo, provincial de los padres dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del Septenario. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron junto con el padre Di Paola, y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para que los ayude en su recuperación. Y a todos los que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial”.

 

La presencia del Beato Esquiú

“Este Septenario lo hemos vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle”, apuntó, invitando a que “lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases: ‘Busquemos la gracia de Jesús, pero busquémosla por medio de María, saludándola con el Ángel: Llena Eres de Gracia’. ‘Yo afirmo solamente que ella os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez’. ‘Nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!’”.

Luego dijo que “en el Calvario (Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ y al discípulo ‘Ahí tienes a tu madre’, María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente, inaugurando una nueva familia basada en la fe”.

Y continuó: “A diferencia de otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso dolor. Es la ‘mujer’ del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a toda la humanidad, representada en el ‘discípulo amado’. María es madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores”.

Asimismo, afirmó: "‘Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’ (Jn 19,27). Esta frase nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con amor materno”.

También resaltó que “nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: ‘He ahí a tu madre’. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre”.

“La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz”, manifestó.

Más adelante dijo que “a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado”.

Finalmente se dirigió a la Madre del Valle, “con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú: ‘Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén’”.

 

Bendición de imagen de la Virgen donada al Hogar de Cristo

Luego de la Comunión, el Obispo, acompañado por el padre Pepe Di Paola, bendijo la imagen de la Virgen del Valle que fue donada a los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, para que los ayude en su camino de recuperación.

Toda la asamblea se asoció a este momento, rubricado con aplausos.

Como cierre de esta ceremonia litúrgica, todos se consagraron a la Virgen del Valle y le cantaron a viva voz.


TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos devotos y peregrinos:

Nos hemos congregado para honrar a nuestra Madre del Valle y, antes que nada, quiero dar una cordial bienvenida a mi hermano, obispo, Virginio Bressaneli, emérito de la diócesis de Neuquén. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para que los ayude en su recuperación. Al p. Arildo, provincial de los padres dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del septenario. Y a todos los que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial.

Este septenario lo hemos vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle.

Lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases:

“Busquemos la gracia de JESÚS, pero busquémosla por medio de MARÍA, saludándola con el Ángel: LLENA ERES DE GRACIA”.

“Yo afirmo solamente que ella os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez”.

“Nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!”

En el Calvario (Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir "Mujer, ahí tienes a tu hijo" y al discípulo "Ahí tienes a tu madre", María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente, inaugurando una nueva familia basada en la fe.

A diferencia de otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso dolor. Es la "mujer" del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a toda la humanidad, representada en el "discípulo amado". María es madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores.

"Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,27). Esta frase nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con amor materno.

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús, les confió a Aquélla que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.

La Madre del Redentor nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón, nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de justicia y de paz.

Cuando Dios había decidido venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo. Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2,35) le profetizó el anciano Simeón. Pero ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica y ahora en su Iglesia diseminada por toda la tierra.

Lo seguiría incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel: “Hágase” - “Fiat” (Lc 1,38). A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquélla única inocente, a la que no cargaba sus pecados. Ella nos enseña la fortaleza con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás, es la experiencia de participar de la redención, como María. Ella miró la cruz y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.

Sí, queridos hermanos, a esta Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo. Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el Resucitado.

Y ahora me dirijo a Ti, Madre del Valle, con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo dilecto, el Beato Mamerto Esquiú:

“Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo; multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos glorifique en la eterna. Amén”.

¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!   ¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!

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Horario de Misas para mañana en la Catedral

Desde el Santuario Catedral comunican que este lunes 20 de abril no se celebrará la Santa Misa de las 7.00.

La Eucaristía se celebrará a las 9.00, 11.00, 18.00 y 20.00.

El templo se abrirá a las 7.00.

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Mons. Urbanč: “Cristo vivo debe ser el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve el matrimonio y la educación de los hijos”

En la noche del sábado 18 de abril, último día del Septenario en honor de Nuestra Señora del Valle, rindieron su homenaje las familias, Pastoral Familiar y Movimiento Familiar Cristiano, Grávida, Renacer y Familiares de Víctimas de Accidentes de Tránsito Catamarca (Faviatca), y la Dirección de Familias de Fasta.

La Santa Misa fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; el padre Leandro Roldán, capellán mayor del Santuario Catedral; y los sacerdotes peregrinos de la Diócesis de Merlo-Moreno, Gustavo Esteche y Raúl Pereyra.

En su homilía, Mons. Urbanč dijo que “para iluminar la familia desde la Resurrección de Jesús debemos convertir el hogar en una ‘iglesia doméstica’ donde el amor, la esperanza y la alegría pascual vencen el rencor, la indiferencia y el egoísmo. Implica adoptar a Cristo vivo como el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve las relaciones cotidianas, el matrimonio y la educación de los hijos”.

Seguidamente, propuso algunas pistas para vivir la Resurrección en familia: “*Transformar el hogar: Las familias deben ser ‘sepulcros vacíos’ que no conserven signos de muerte (violencia, desorden, egoísmo, falta de diálogo, rencores, consumismo, falta de oración), permitiendo que la misericordia de Jesús resucitado transforme el día a día. *Esperanza y Vida Nueva: que reconozcan que la victoria de Cristo sobre la muerte significa que no hay crisis familiar definitiva. Es posible volver a empezar, superar la frialdad y fortalecer el amor conyugal. *Cristo en el centro: la familia necesita orar, leer y meditar la Palabra de Dios y participar juntos de la vida eclesial, permitiendo que Jesús guíe las decisiones y la educación de los hijos. *Amor y servicio: que se inspiren en la Sagrada Familia para fomentar un amor que no controla, sino que respeta la libertad y busca el crecimiento personal de todos. *Testimonio de alegría: La Pascua es una invitación a ser ‘contagiadores de la alegría’ en un mundo marcado por el pecado, demostrando que Jesús está vivo”.

Tras reflexionar sobre las lecturas proclamadas, indicó que “el evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística”.

En otra parte de su predicación expresó: “¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!”.

Hacia el final rogó a la Virgen del Valle que conceda a “nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios… Protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos… Mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía”.

“Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos”, concluyó.

Los alumbrantes participaron guiando la celebración eucarística, proclamando la Palabra de Dios y acercando al altar las ofrendas particulares junto con los dones del pan y el vino.

Antes que el Obispo impartiera la bendición final, todos juntos se consagraron a la Santísima Virgen María en su advocación del Valle y la saludaron con el canto.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA

Queridos devotos y peregrinos:

                                                                 En este séptimo día del septenario se nos propuso meditar acerca de la gracia que es la Virgen del Valle para todos los bautizados. Abramos nuestros corazones para acogerla.

            En esta Misa vespertina rinden su homenaje a la Madre Celestial las familias y los movimientos que acompañan a las familias.

            Ahora bien, para iluminar la familia desde la Resurrección de Jesús debemos convertir el hogar en una "iglesia doméstica" donde el amor, la esperanza y la alegría pascual vencen el rencor, la indiferencia y el egoísmo. Implica adoptar a Cristo vivo como el centro del hogar, permitiendo que su fuerza renueve las relaciones cotidianas, el matrimonio y la educación de los hijos. 

Propongo algunas pistas para vivir la Resurrección en familia:

*Transformar el hogar: Las familias deben ser "sepulcros vacíos" que no conserven signos de muerte (violencia, desorden, egoísmo, falta de diálogo, rencores, consumismo, falta de oración), permitiendo que la misericordia de Jesús resucitado transforme el día a día.

*Esperanza y Vida Nueva: que reconozcanque la victoria de Cristo sobre la muerte significa que no hay crisis familiar definitiva. Es posible volver a empezar, superar la frialdad y fortalecer el amor conyugal.

*Cristo en el Centro: la familia necesita orar, leer y meditar la Palabra de Dios y participar juntos de la vida eclesial, permitiendo que Jesús guíe las decisiones y la educación de los hijos.

*Amor y Servicio: que se inspiren en la Sagrada Familia para fomentar un amor que no controla, sino que respeta la libertad y busca el crecimiento personal de todos.

*Testimonio de Alegría: La Pascua es una invitación a ser "contagiadores de la alegría" en un mundo marcado por el pecado, demostrando que Jesús está vivo. 

El Amor de Cristo Resucitado debe ser el criterio para que la familia sea evangelizadora de la Iglesia doméstica, de manera que toda familia camine hacia Él. 

La primera lectura (Hch 2,14.22-33) nos presenta el prototipo del primer anuncio (kerygma) que los apóstoles proclamaban ante los judíos, y ante todos los hombres. Consistía en proponer al mundo la muerte en la cruz y la Resurrección de Jesús de Nazaret como el acontecimiento más importante de la historia de la salvación.

Este discurso está organizado en 3 partes: Invitación a escuchar: "Escuchen Israelitas" (v. 22a); Exposición del suceso fundamental: “Dios ha resucitado a Jesús el Nazareno” (v. 22b-24); Un apoyo o “testimonio de la Biblia”, que es el Sal 16,8-11 (vv. 25-28).

La respuesta de Dios a la muerte de Jesús, teniendo en cuenta ese designio divino, es la resurrección. Dios lo ha liberado de los “dolores de la muerte” (v. 24), como si fuera un parto. Así como en el parto la madre y el hijo sufren hasta que los 2 se abrazan en un misterio de vida nueva, de la misma manera, el dolor de la muerte de Jesús lleva al abrazo divino de la vida nueva del Crucificado. De la misma manera deberíamos leer e interpretar el misterio de nuestra propia muerte y la esperanza de nuestra propia resurrección. Morir para nosotros debería ser un parto que nos lleva a la vida nueva y verdadera. El discurso de Pedro se apoya (vv. 25-28) en el Sal 16 en el que se nos manifiesta un creyente que confía en Dios hasta pensar que no verá la corrupción.

Por ello, cuando se habla de la fuerza de la Palabra de Dios en los cristianos primitivos, esa fuerza no consistía en otra cosa que en la fuerza que tenía la misma muerte y resurrección de Jesús. Es una fuerza que cambia los corazones y, si cambia los corazones, cambia también la historia; porque en la muerte de Jesús, en la cruz, muerte ignominiosa de esclavos y revoltosos, se revela todo el amor de Dios por nosotros; y en la Resurrección se revela el poder de Dios sobre la muerte de Jesús y de la humanidad.

            La segunda lectura (1Pe 1,17-21) declara que nuestra esperanza está en Dios, e insiste con fuerza en el anuncio (kerigma) del misterio de la Pascua, o sea, de la muerte y la Resurrección de Jesús. Propone, que no es el oro y el poder lo que cambiará la historia, aunque muchos consideren que es lo que moviliza este mundo. El oro, el poder, las armas sólo traen la tragedia a nuestros pueblos. Pero en el misterio de la Pascua, que es el misterio del «sin poder», se abre todo a la esperanza y a la vida para siempre.

            El evangelio que escuchamos (Lc 24,13-35) corresponde a una de las apariciones del Resucitado más largamente narrada y por eso la más usada en la catequesis de la comunidad cristiana. La polifonía del relato exige una lectura pausada y sosegada para llegar hasta donde nos quiere llevar el autor. Es como si fuera la descripción de una Eucaristía en un proceso dinámico: primeramente, los peregrinos de Emaús, desconcertados, van escuchando la interpretación de las Escrituras en lo referente al Mesías. Es una catequesis de preparación para lo que viene a continuación. Bien podemos articular esta narración en torno a 2 escenas principales introducidas por la misma expresión: 1) Lc 24,15: "Y sucedió mientras conversaban..." (kai egéneto en tô homilein autois...); 2) Lc 24,30: "Y sucedió mientras se sentó a la mesa ..." (kai egéneto en tô kataklithenai auton...). Muchos ven que Lucas indica los momentos esenciales de la liturgia: la palabra y el sacramento, escucha de las Escrituras y liturgia eucarística.

La primera parte es en el camino. Desde la nostalgia solamente no es posible abrirse a la resurrección. No es la nostalgia la forma y manera de adentrarse en el anuncio pascual de que “el crucificado vive”. Mientras iban de camino, el Resucitado, les sale al encuentro sin que puedan reconocerlo. Sabemos que Lucas es un verdadero catequista del camino. Así entiende toda la vida de Jesús, y muy especialmente en su decisión irrevocable de ir a Jerusalén (Lc 9,51-19,24). Y enseña, a su vez, que el discipulado cristiano es un camino que se ha de recorrer con Jesús; no es un discipulado de tipo intelectual. Se aprende viviendo, caminando. Jesús toma su iniciativa: se hace un peregrino, un itinerante con ellos, que vienen de Jerusalén descreídos, desesperados y desencantados, porque ni siquiera han tomado en consideración lo que algunas mujeres ya decían. Y Él, sin que se lo pidan, hace el camino con ellos y les explica las Escrituras, porque ya no pueden vivir sin Él, sin su palabra de consuelo y de vida.

Pero, éstos, como buenos orientales, han dado hospitalidad a este peregrino desconocido que les ha interpretado las palabras de los profetas sobre la muerte y la resurrección de Jesús. Eso fue lo que tuvieron que hacer los primeros cristianos para explicarse y vivir espiritualmente la muerte y la resurrección de Jesús. Y entonces, en la casa, símbolo de una comunidad eucarística, Él, que aparecía como un hombre de paso, se constituye en el anfitrión de aquella celebración y lo «reconocen» en un gesto como el que pudo hacer en la noche de la última cena; podemos entender que parte el pan y lo reparte y beben de la copa. Así se cumple, pues, el sentido de las palabras de Jesús, en la tradición de Lucas y Pablo: "hagan esto en memoria mía" (Lc 22,19c; 1Cor 11,24c). Lucas nos quiere enseñar que, aunque ellos como nosotros, no pudimos vivir con Jesús, ni conocerlo, sin embargo, en la Eucaristía es posible tener esta experiencia de vida. La Eucaristía, como memorial de la Muerte y la Resurrección de Cristo, es un misterio de liberación, que no se percibe con los ojos físicos, sino con los ojos de la fe, como lo da a entender el versículo final “y se decían el uno al otro: ¿no ardía nuestro corazón cuando por el camino nos hablaba y explicaba las Escrituras?

¡Qué oportuno que las parejas cristianas se vean reflejadas en estos discípulos de Emaús, que sólo pueden recuperar el sentido de la vida, si permiten a Jesús caminar con ellos, escucharlo y pedirle que les ilumine sus vidas y su relación conyugal!

 

Querida Virgen del Valle, Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo: escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.

Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos, ya que todo lo que tenemos y somos lo ponemos bajo tu cuidado. Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa.

Concede a nuestros hogares la gracia de amar y de respetar la vida que comienza, con el mismo amor con el que concebiste en tu seno la vida del Hijo de Dios. Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a todas las familias para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de sus hijos.

Esperanza nuestra, mira con compasión a las familias y guíalas continuamente a Jesús y, si caen, ayúdalas a levantarse, a volver a él, mediante la confesión de sus culpas y pecados en el sacramento de la penitencia que trae sosiego al alma y a fortalecerse con la Eucaristía.

Así, Madre de las Familias, con la paz de Dios en la conciencia, con sus corazones libres de mal y de odios, podrán llevar a todos la verdadera alegría y la paz, que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que con Dios Padre y con el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!   ¡¡¡Viva EL Beato Mamerto Esquiú!!!

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