Durante la noche del sábado 11
de abril, primera jornada del Septenario en honor de Nuestra Madre del Valle,
rindieron su homenaje los medios de comunicación social privados, estatales y
eclesiales, el Radio Club Catamarca y la Pastoral de Comunicación Social.
La Santa Misa presidida por el
obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por los presbíteros Juan
Ramón Cabrera y Leandro Roldán, rector y capellán del Santuario Catedral, respectivamente;
y el padre Arildo José Ferrari, sacerdote dehoniano (SCJ) brasileño, quien
visita Catamarca durante estos días.
Los alumbrantes participaron
en los distintos momentos de la Liturgia, guiando, proclamando la Palabra de
Dios, elevando las peticiones al Padre y acercando al altar las ofrendas del
pan y el vino.
En el comienzo de su homilía,
Mons. Urbanč agradeció a quienes “transmiten nuestra fe a través de los medios
de comunicación”, apuntando además que “hoy tengo la mirada puesta en lo que el
Papa ha vivido ya en Roma, esta vigilia de oración por la paz. Y, justamente,
si hay un saludo que tiene entidad propia, es la paz, cuando Jesús dice: ‘La
paz esté con ustedes’, como diciendo Yo estoy en medio de ustedes y tienen paz”.
Luego afirmó: “Seguimos
respirando el aroma de la Pascua. Y estamos a horas de concluir la Octava de la
noche más grande de la historia de la humanidad. Ese momento de la vida de
Cristo que da sentido a nuestra existencia, y a estas honras en honor a nuestra
Madre Celestial. Que jamás nos deje de iluminar la afirmación de san Pablo: ‘Si
Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, inútil la fe de ustedes y sus
pecados no fueron perdonados’ (1Cor 15,14.17)”.
Nuestra vida no se puede
concebir sin la fe que hemos recibido de Dios por medio de la Iglesia. Muchos
siguen pensando que es algo sólo personal, que se trata de una relación
individual con Dios, por medio de unas ciertas prácticas piadosas ocasionales,
‘a la carta’, y, para los que se consideran más auténticos, en el cumplimiento
de ciertas normas y expresadas en oraciones a ese Dios, que habló por medio de
su Hijo, Jesucristo. En realidad, sólo les gustaría que la Iglesia se refiriera
a ‘las cosas del Cielo’, pero que no se inmiscuya en iluminar y guiar la vida
del hombre mientras peregrina por este mundo”.
Si han prestado atención a la
primera lectura, constatarán que los primeros cristianos lo entendieron muy
bien (Hch 2,42-47). En una especie de visión panorámica, el texto de san Lucas
narra cómo la fe en Jesucristo resucitado y la recepción del Espíritu Santo,
nos incorpora a una comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se
reduce únicamente al Papa, los Cardenales, Obispos, sacerdotes, diáconos,
religiosos, misioneros y catequistas, sino que está formada por todos los
bautizados, que tienen formas diversas de vida, pero con muchas cosas en común,
como hemos oído. Sin duda la idea de compartir todo nos habla de un ideal al
que debemos tender, ya que, si todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que
no le falte nada a nadie en nuestras comunidades. No es que no valoraran los
bienes de este mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo
que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia, sino un mundo en el que ‘nadie
padezca necesidad’ (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se
somete a la esclavitud del poseer. El desapego de los bienes de este mundo
sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado.
Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al
servicio de los hermanos”.
Y continuó: “Compartir la
Eucaristía y la oración es la base para que una comunidad sea signo de que en
el mundo está presente y actúa Jesús resucitado. Juntos podemos ser
recordatorio para los demás de que se puede vivir de otra manera”.
En otra parte de su
predicación, expresó que “la Palabra de Dios nos invita a perseverar en las
dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como
el oro en el crisol. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a quien
amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la alegría
que experimentamos en este tiempo pascual”.
“De las dificultades para
creer nos habla con claridad el texto del Evangelio de Juan (Jn 20,19-31) que
ha sido proclamado. A todos los Apóstoles les costó creer. La fe en el
Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el
contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús
les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre”, manifestó.
Más adelante se dirigió a la
Virgen María diciendo: “Madre amorosa, tú que viviste la fe más pura y firme,
acepta nuestra súplica y alcánzanos de tu Hijo Jesús resucitado una fe fuerte y
madura, de modo que, cuando las dudas nos asalten y la esperanza se debilite,
nos recuerdes que nada es imposible para Dios. Que tengamos la certeza que
caminas con nosotros, cuando todo se vuelve oscuro y amenazador. Ayúdanos a
creer con el corazón, a juzgar todas las cosas según la voluntad divina y a
nunca desesperar”.
“Te rogamos, querida Virgen
del Valle, que tengamos un vivo horror al pecado y la gracia de vivir y morir
en la fe más viva, en la esperanza más firme y en la caridad más ardiente y
generosa”, concluyó.
En el momento de la oración
común a Dios Padre, los alumbrantes pidieron por la Iglesia, por los
gobernantes de Argentina y el mundo, por los que sufren, por los comunicadores sociales
que están atravesando alguna enfermedad y por los difuntos.
Luego de la Comunión, el
Obispo invitó a los presentes a consagrarse a Nuestra Madre del Valle e impartió
la bendición final.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos
devotos y peregrinos:
Seguimos respirando el aroma de la Pascua. Y estamos a horas de concluir
la Octava de la noche más grande de la historia de la humanidad. Ese momento de
la vida de Cristo que da sentido a nuestra existencia, y a estas honras en
honor a nuestra Madre Celestial. Que jamás nos deje de iluminar la afirmación
de san Pablo: “si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, inútil la
fe de ustedes y sus pecados no fueron perdonados” (1Cor 15,14.17).
Nuestra vida no se puede concebir sin la fe que
hemos recibido de Dios por medio de la Iglesia. Muchos siguen pensando que es
algo sólo personal, que se trata de una relación individual con Dios, por medio
de unas ciertas prácticas piadosas ocasionales, ‘a la carta’, y, para los que
se consideran más auténticos, en el cumplimiento de ciertas normas y expresadas
en oraciones a ese Dios, que habló por medio de su Hijo, Jesucristo. En realidad,
sólo les gustaría que la Iglesia se refiriera a “las cosas del Cielo”, pero que
no se inmiscuya en iluminar y guiar la vida del hombre mientras peregrina por
este mundo.
Si han prestado atención a la primera lectura,
constatarán que los primeros cristianos lo entendieron muy bien (Hch 2,42-47).
En una especie de visión panorámica, el texto de san Lucas narra cómo la fe en
Jesucristo resucitado y la recepción del Espíritu Santo, nos incorpora a una
comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se reduce únicamente al
Papa, los Cardenales, Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, misioneros y
catequistas, sino que está formada por todos los bautizados, que tienen formas
diversas de vida, pero con muchas cosas en común, como hemos oído. Sin duda la
idea de compartir todo nos habla de un ideal al que debemos tender, ya que, si
todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que no le falte nada a nadie en
nuestras comunidades. No es que no valoraran los bienes de este
mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo
que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia, sino un mundo en el
que “nadie padezca necesidad” (cf. Hch 4,34). Quien cree que
Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. El desapego
de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien
cree en el Resucitado. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad
de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos. Compartir la Eucaristía y la
oración es la base para que una comunidad sea signo de que en el mundo está
presente y actúa Jesús resucitado. Juntos podemos ser recordatorio
para los demás de que se puede vivir de otra manera.
La segunda lectura (1Pe 1,3-9), se dirige a
paganos convertidos a la fe que, por abrazar y vivir en coherencia con la fe,
tienen muchos problemas. A ellos (que son personas casadas, solteros, esclavos,
soldados, gobernantes, etc.), les recuerda que las minorías siempre se
encuentran con problemas al comienzo y que deben aferrarse a la esperanza a la
que estamos llamados, para que los problemas cotidianos no nos hagan olvidarla,
porque está en juego nuestra salvación. Esa salvación a la que nos llama Dios
Padre, que nos ha hecho sus hijos y, por medio de la muerte y resurrección de
Jesús nos hace nacer de nuevo a una herencia incorruptible. Como hijos, estamos
destinados a una herencia digna de su grandeza y de su infinita ternura.
La Palabra de Dios nos invita a perseverar en
las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos,
como el oro en el crisol. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a
quien amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la
alegría que experimentamos en este tiempo pascual.
De las dificultades para creer nos habla con
claridad el texto del Evangelio de Juan (Jn 20,19-31) que ha sido proclamado. A
todos los Apóstoles les costó creer. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil
ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y
fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar
vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.
El evangelista Juan propone a Tomás como
símbolo de las dudas por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la
fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este
apóstol en concreto. Sea por lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a
los cristianos de su comunidad, y también a nosotros, es que el Resucitado
posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con
las manos, ni vista con los ojos; sólo puede ser alcanzada por la
fe. Y esto vale también para los Apóstoles, a pesar de la experiencia
de encuentro que han tenido con el Resucitado. No se puede tener
fe en aquello que se ha visto. Si alguien exige ver, verificar, tocar,
oír, etc., debe renunciar a la fe. La Resurrección
no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a la
realidad de Dios.
Jesús se aparece 2 veces en 7 días. La primera
vez estaba ausente el apóstol Tomás (¡qué mal que le va al cristiano cuando no
está donde debería estar), que, al enterarse por sus compañeros, no quiso dar
crédito a sus palabras y pidió “pruebas palpables” del acontecimiento.
En la segunda aparición sí estaba presente
Tomás, a quien Jesús invita a tocar sus llagas, a meter la mano en su costado
traspasado. Ahora sí, Tomás confiesa humildemente “¡Señor mío, y Dios mío!”,
y Jesús le reprocha su incredulidad, que tiene su origen en no haber confiado
en el testimonio de sus amigos y compañeros.
Ahora veamos cómo Jesús destruye nuestros
argumentos… Si nosotros decimos: “dichosos los que han visto”, Jesús, por
el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan
experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan
más méritos, sino porque su fe es más genuina, más pura. Quien ve, posee
la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho. “Bienaventurados
los que crean sin haber visto”, (Jn 20,29) es el gran mensaje del Evangelio,
es decir, los que acepten el testimonio de la vida y de la predicación de la
Iglesia. Tengan por cierto que, los cuatro Evangelios han sido escritos, para
iluminar y fundamentar esta afirmación de Jesucristo a Tomás y a los demás
allí, y ahora aquí presentes, todos nosotros que celebramos con gozo Su Pascua.
Sin embargo, los vv. 30 y 31 nos advierten que
Jesús hizo ante sus discípulos muchos otros signos, refiriéndose a sus milagros,
a todo su ministerio público, a su pasión y a su resurrección. Dando a entender
que quedan muchos por contar y afirmando que los que ha presentado en su
Evangelio tienen un solo objetivo: llevarnos a nosotros a creer en Cristo y,
por la fe en Él como Mesías e Hijo de Dios, a obtener la salvación. Ésta es la
razón por la que leemos el Evangelio en cada Eucaristía, y lo deberíamos hacer cada
día en nuestros hogares, porque nutre, sostiene y purifica nuestra fe, haciéndola
verdadera y misionera.
Madre amorosa, tú que viviste la fe más pura y
firme, acepta nuestra súplica y alcánzanos de tu Hijo Jesús resucitado una fe
fuerte y madura, de modo que, cuando las dudas nos asalten y la esperanza se
debilite, nos recuerdes que nada es imposible para Dios.
Que tengamos la certeza que caminas con
nosotros, cuando todo se vuelve oscuro y amenazador. Ayúdanos a creer con el
corazón, a juzgar todas las cosas según la voluntad divina y a nunca
desesperar.
Te rogamos, querida Virgen del Valle, que
tengamos un vivo horror al pecado y la gracia de vivir y morir en la fe más
viva, en la esperanza más firme y en la caridad más ardiente y generosa. Amén.
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