En el marco del Año Jubilar Diocesano por el Bicentenario del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, durante la noche del martes 31 de marzo, se celebró la Misa Crismal, presidida por el obispo diocesano Mons. Luis Urbanč y concelebrada por los sacerdotes de los cuatro decanatos de la Diócesis: Capital, Centro, Este y Oeste, quienes por la mañana participaron de la Jornada Sacerdotal en la casa de retiros espirituales Emaús.
Una
gran cantidad de fieles laicos y consagrados, provenientes de las distintas
comunidades parroquiales, se reunió en la Catedral Basílica y Santuario de
Nuestra Señora del Valle para participar de esta celebración especial en la que
se consagra el Santo Crisma y se bendicen los Óleos de los catecúmenos y de los
enfermos, y los presbíteros renuevan las promesas sacerdotales.
En
el comienzo de su homilía, Mons. Urbanč se dirigió de manera particular a los
sacerdotes, a quienes inicialmente les dijo: “Una vez más, Dios Padre nos
concede la gracia de celebrar, con el Santo Pueblo de Dios, el don inestimable
del sacerdocio ministerial para el que nos eligió inmerecidamente el Único y
Eterno Sacerdote, mediador entre Dios y la humanidad, Jesucristo, su amado
Hijo, que se hizo hombre para redimirnos del pecado y hacernos consortes de la
vida divina”.
Luego
agradeció “a todos los que han venido a acompañar y a rezar por sus respectivos
sacerdotes y a participar de la bendición de los Óleos con los que se harán, a
lo largo del año, las unciones correspondientes. El Buen Pastor nos ayude a
vivir sinodalmente la tarea evangelizadora que Él ha confiado a su Iglesia”.
En
otro tramo de su mensaje indicó que “en esta Misa Crismal, en el marco del
Bicentenario del Nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, eximio ejemplo de los
ungidos por el Espíritu Santo, laicos, consagrados/as, sacerdotes y el obispo, le
pedimos al Padre que renueve en nuestros corazones la unción, que todos hemos
recibido en el bautismo, la misma unción con que ungió a su Hijo amado -el
predilecto- y que Él nos comunicó abundantemente, como lo expresa el libro del Apocalipsis
(1,5b): ‘Él nos amó y nos purificó de nuestros pecados, por medio de su
sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre’”.
Dirigiéndose
a los sacerdotes expresó: “Mi deseo y oración en esta Eucaristía es que, al
renovar las promesas que hicimos el día de nuestra ordenación, nuestro Padre
del Cielo nos renueve la gracia de tener los gestos propios de los ungidos,
gestos sacerdotales y paternales para ungir a nuestro pueblo en la esperanza.
Esperanza puesta sólo en Jesús, para sentir que son Sus manos las que lo libran
y sanan, que son Sus labios los que le dicen la única verdad que consuela, que
es Su corazón el que goza de habitar en medio de su pueblo y sentirlo carne de
su carne”.
“Que el Padre renueve en
nosotros el
Espíritu de santidad con que
fuimos ungidos”
“Somos
sacerdotes en lo más íntimo, sagrado y misterioso de nuestro corazón, allí
mismo donde somos hijos por el Bautismo y morada de la Trinidad. Nuestro
esfuerzo moral consiste en ungir, con esa unción profundísima, nuestros gestos
cotidianos y más externos, de manera que toda nuestra vida se convierta, por
nuestro servicio, en lo que ya somos por gracia”, afirmó.
Asimismo,
rogó: “Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en Pan, mientras ungimos
el pan cotidiano al consagrarlo en cada Eucaristía, y al compartirlo con
nuestros hermanos. Que la unción sacerdotal nos vaya convirtiendo en hombres
llenos de ternura, mientras ungimos con bálsamo el dolor de los enfermos. Que
el Padre renueve en nosotros el Espíritu de santidad con que fuimos ungidos,
que lo renueve en nuestro corazón de manera tal que la unción llegue a las
múltiples periferias, allí donde nuestro pueblo fiel más lo necesita y valora”.
Al
meditar sobre el texto de san Lucas para esta Liturgia señaló que “el
evangelista ubica a Jesús en la sinagoga de su pueblo, es como si Jesús estuviera
en la Iglesia de su barrio, en nuestra parroquia… Ésta es la imagen que hoy
quiero poner de relieve: la de Jesús en medio del pueblo fiel de Dios, la de
Jesús sacerdote y buen pastor en medio de la Iglesia local, no abstracta o la
que uno sueña: la real, la concreta, la que se nos confió, la que nos vio
crecer, la que nos hace sufrir. Porque en esta imagen está la fuerza de nuestra
identidad sacerdotal. El Señor quiere seguir estando, a través de nosotros, sus
sacerdotes, en medio de su pueblo fiel, del que formamos parte”.
“Quiere
necesitarnos para hacer la Eucaristía, para caminar sinodalmente en su Iglesia…
Sacerdotes capaces de ver y sentir a la Iglesia Católica como una y la misma,
tanto en las grandes celebraciones, como en lo escondido del confesionario,
siempre con afán de enseñar, consolar, orientar, perdonar y esperanzar”,
enfatizó.
Más
adelante manifestó: “Como sacerdotes, participamos de la misma misión que el
Padre encomendó a su Hijo y por eso, en cada Misa Crismal, venimos a renovar la
misión, a reavivar en nuestros corazones la gracia del Espíritu de Santidad que
nuestra Madre la Iglesia nos comunicó por la imposición de las manos… Como
sacerdotes, queremos poner en las manos sacerdotales del Señor Jesucristo, como
una ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro pueblo,
la fragilidad de la humanidad entera -sus desalientos, sus heridas, sus lutos-
para que ofrecida por él se convierta en Eucaristía, el alimento que fortalece
nuestra esperanza y vuelve activa en la fe nuestra caridad”.
Hacia el final de su
reflexión rogó a Nuestra Madre del Valle “para todos nosotros los sacerdotes de
tu Hijo un corazón puro y transparente como una fuente, magnánimo en el darse y
tierno en la compasión, fiel y generoso que no olvide ningún bien, y que no
conserve rencor de ningún mal, tierno y humilde sin exigir reciprocidad, dispuesto
a anonadarse ante los demás, grande e indomable, para que ninguna ingratitud lo
detenga y ninguna indiferencia lo canse,
un corazón apasionado por la Gloria de Jesucristo y el Bien de los hermanos, cuyos
dolores y amarguras desaparezcan recién en el Cielo”.
Renovación
de las promesas sacerdotales y bendición de los óleos
Concluida la predicación,
todos los presbíteros renovaron las promesas realizadas el día de su ordenación
sacerdotal para vivificar la gracia del Sacramento.
A continuación, fueron presentados
al Obispo los óleos y el perfume para la preparación de Santo Crisma, que luego
bendijo para ser distribuidos para la administración de los Sacramentos.
Tras la Comunión, el Obispo
entregó los óleos consagrados a cada uno de los párrocos de las parroquias
distribuidas a lo largo y ancho del territorio diocesano, como también a los
rectores del Santuario y Catedral Basílica y del Santuario de la Gruta, del
Obispado y del templo franciscano San Pedro de Alcántara, quienes en esta
ocasión fueron acompañados por fieles de sus respectivas comunidades.
Seguidamente, todos juntos
saludaron a la Santísima Virgen María, en su advocación del Valle, cantando
Salve Regina (La Salve), y recibieron la bendición final.
Fotos: facebook e instagram Prensa Iglesia Catamarca / @DiocesisCat
