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Carta Pastoral con motivo del Bicentenario
del Natalicio del Beato Mamerto Esquiú

Queridos Catamarqueños:

Luego de haber concluido, el pasado 28 de diciembre de 2025, el Jubileo Universal por el 2025 aniversario del Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, les dirijo nuevamente una carta pastoral para animarlos a vivir el Jubileo por el Bicentenario del Natalicio del Beato Mamerto de la Ascensión Esquiú, obispo, que se extenderá desde el 10 de enero de 2026, hasta el 11 de mayo de 2027. Para una mejor comprensión de esta nueva Carta Pastoral, puesto que son complementarias, recomiendo vivamente releer la que escribí en fecha 10-01-2021, en previsión de su beatificación, celebrada el 04-09-2021.

Dios, Padre de todos, fuente y principio de todo bien, alimenta siempre a su pueblo con la doctrina del evangelio, lo fortalece con su gracia y lo guía por medio de sus pastores, mostrándole el testimonio de vida de sus servidores. Así va realizando, en las contingencias de cada época, la obra de salvación en Cristo, que es camino a la realización total en el cielo, por la posesión definitiva de la Verdad, del Amor y de la Vida.

Para seguir estos cauces de genuina renovación, el pueblo cristiano se reconforta, volviendo la mirada hacia aquéllos que más fielmente buscaron traducir en su vida el ideal evangélico, en las reales y concretas circunstancias de su tiempo.

Poreso,enrazóndegratitud,justiciaypiedad,necesitamosprofundizarellegado que la Providencia Divina nos deja en la persona del Beato Mamerto Esquiú, a los 200 años de su natalicio, tanto por su santidad de vida, como por su carácter de prócer de nuestra historia nacional, en el momento presente en que la Patria y la Iglesia exigen a sus hijos el testimonio de renovación interior que surge de los valores del espíritu y ordena la actividad del hombre al bien común.

Fray Mamerto Esquiú nació el 11de mayo de 1826, solemnidad de la Ascensión del Señor, en el humilde pueblo de San José de Piedra Blanca, Provincia de Catamarca. El ejemplo de fe coherente de sus padres le impulsa a vestir el hábito franciscano desde muy temprana edad y así ingresa en la Orden de San Francisco. Ordenado sacerdote en 1848, ejercerá su fecundo ministerio sacerdotal en la ciudad de Catamarca, en Tarija y Sucre. Peregrina a Roma y Tierra Santa por un año y medio; y, de regreso a su querido Catamarca, al poco tiempo, es consagrado como obispo de Córdoba, el 12 de diciembre de 1880. Dos años más tarde, el 10 de enero de 1883, entregaba su alma al Señor en ‘El Suncho’, cuando regresaba de una misión pastoral en La Rioja.

Así, toda la vida del Beato Esquiú aparece como un constante crecimiento de los dones sobrenaturales y naturales que el Señor le había concedido. Esta fidelidad ejemplar a los talentos recibidos hizo que el pueblo argentino siempre apreciara sus virtudes, pues su vida sobrenatural, vivifica y explica su obra intelectual, su predicación y apostolado, su acción patriótica y cívica con amor de caridad y, sobre todo, su tarea pastoral.

Si se estudian con criterio sobrenatural todos sus escritos, en particular su diario de recuerdos y memorias, que empezó a escribir a los 34 años, sin pensar que alguna vez sería publicado, se constata que el Padre Esquiú era, ante todo, sacerdote y hombre de vida espiritual profunda. Y se le podrá seguir en el proceso admirable de su vida interior, viendo como crecían, contra obstáculos que él consideraba terribles, sus virtudes sobrenaturales. Y aquéllos que se admiran de su caridad ardiente, de su humildad y mansedumbre, de su valor y constancia, encontrarán en su diario la lucha interior, el amor transformante que los producía. Pero esto no es todo, porque este progreso en la santidad era inseparable de su condición de sacerdote de Cristo, lo cual confería a este crecimiento interior un estímulo que el mismo Esquiú comunicaba a sus sacerdotes de la diócesis de Córdoba: “El sacerdote, decía, debe ser santo; pero no es para eso el sacerdocio, sino, para que siendo santo el que lo tiene, esté consagrado al amor y a la grande obra de la santificación de sus prójimos. Ésta debe ser nuestra vida; a este amor estamos consagrados. De ahí, como de divina fuente, brotan nuestros estrechísimos deberes”.

Esta actitud fundamental es la que explica toda su obra, sus intervenciones en la vida cívica del país y su breve, pero fructífero episcopado. En medio de una nación convulsionada, el joven sacerdote se preocupaba por lograr una formación teológico-filosófica sólida, que sirviera de fundamento a su labor ministerial.

Llama la atención su atento estudio del pensamiento del mundo moderno y su crítica a las corrientes positivistas de la época, siguiendo las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Alonso Rodríguez y de diversos Padres de la Iglesia, lo cual lo hace un precursor importante del pensamiento católico en la Argentina del siglo XX.

Esquiú pensaba que el cultivo de la ciencia es un deber sagrado, y así lo afirmaba respecto de la ciencia empírica moderna a condición de estar acompañada por la fe; pues, cuando esta ciencia la rechaza, se vuelve orgullo autodestructivo. Así fue como el modesto franciscano logró revitalizar, para su propia formación personal, la filosofía cristiana, y constituirse en la Argentina, en el gran impulsor de la obra restauradora instaurada por el Papa León XIII, empeñándose en que llegara a todos los ámbitos de la sociedad civil y religiosa.

Con estos maestros, sobre todo Santo Tomás, a medida que progresaba interiormente, meditó y escribió sobre los misterios de la justificación y de la fe y, sobre todo, le preocupó la relación entre la ley antigua y la ley nueva; también encontramos bellas páginas sobre la misericordia divina, íntimamente enlazadas con sus reflexiones sobre el pecado y la libertad del hombre.

Esquiú fue, precisamente aquí, crítico severo del liberalismo y concibió la libertad no como fin ni como autosuficiencia del hombre, sino como “servidumbre de amor”. Por eso cobran especial significado sus textos sobre el cuerpo místico de Cristo, la Iglesia, y las fervorosas páginas en su diario sobre la persona de Jesucristo, que ocupa el centro de su consagración religiosa franciscana, ya que, en su vida de religioso, fue muy fiel a la sentencia de la primera y segunda regla de San Francisco: “vivir en obediencia, en castidad y sin propio, y seguir la doctrina y vida de Nuestro Señor Jesucristo”. Por eso su pobrezafue ejemplar, no solamente con desasimiento interior, sino como habitual estado de vida, del que dio tantos testimonios a lo largo de su existencia terrena; su pureza fue luminosa y su obediencia total. Sin embargo, todo esto quedaría incompleto si pasáramos por alto su filial y devoto amor a María Santísima, en el misterio de su Pura y Limpia Concepción, que gustosamente meditaba, sobre todo con fervorosos sermones en las festividades de la Virgen del Valle".

Toda esta vida en Cristo alcanzó su culminación en la figura del obispo, signada, desde el comienzo, por su perfecta obediencia al Papa. Primero renunció indeclinablemente al episcopado con aquellas conmovedoras palabras: “no sólo carezco de la habilidad y virtudes que son necesarias para aceptar sin profanar la sagrada unción del episcopado, sino que delante de Dios soy sumamente reprensible y por consiguiente no lleno el ‘oportet ergo episcopum irreprehensibilem esse’: es necesario que el obispo sea irreprensible” (1Tim 3,2).Sin embargo, al conocer que era expresa voluntad del Romano Pontífice León XIII que aceptara el episcopado, lo hizo inmediatamente, abocándose a ello con todas sus fuerzas, sin dejar de estar convencido de su indignidad.

Al hacerse cargo de la diócesis de Córdoba, la obra de Dios en nuestro Beato se manifiesta en el lema de su carta pastoral al clero: ‘Que todas vuestras obras sean hechas en caridad’. Mientras hablaba a los sacerdotes de la ‘altísima dignidad’ que les es propia, él se reconocía indigno, calificando su cargo como “oficio verdaderamente formidable” o, haciendo alusión a su “tremendo cargo de gobernar”. Vivamente sentía los poderes sacerdotales de consagrar, de enseñar, de absolver los pecados, como lo recuerda en su carta, volviendo a humillarse, cuando clamaba humildemente a sus sacerdotes: “Sin vosotros, nada puedo hacer en mi oficio”. De esta manera, nuestro Beato centró toda su labor de obispo en la caridad, tema medular de su carta, y en hacer que la Iglesia viva en y por Cristo.

Insistía en sostener que sentir esta vida es la nota distintiva de la santidad y, sin quererlo, parecía retratarse a sí mismo al señalar que a esto se debe la existencia de los santos, quienes son “presencia de Dios en su Iglesia, la que no ha faltado nunca, ni en los días más tristes del pasado, ni aun en los presentes, han dejado de florecer en ella”. Esta ‘divina transformación’, como él decía, debe llegar por el aborrecimiento del pecado y por la oración y en el propio obispo, por la predicación de la palabra. Como contrapartida de este claro sentido de la misión del obispo, a sus amados fieles les recomendaba, en carta especial a ellos dirigida, estar firmes en la fe (Col 1,23).

Simultáneamente, su amor por los pobres era conmovedor. Al respecto, hay testimonios de cómo a su casa llegaban permanente personas, a quienes daba no sólo lo poco que podía materialmente, sino también su paternal ayuda espiritual. Era bien conocido su horror al dinero que le resbalaba de sus manos siempre abiertas. Pero Esquiú, como obispo, era también valiente defensor de los derechos de la Iglesia y su mansedumbre evangélica no impidió la intrépida fortaleza que ponía de manifiesto en ciertos momentos, como cuando restauró - en acuerdo con el Rector Alejo del Carmen Guzmán - la antigua facultad de teología en la universidad y defendió el derecho del obispo en el nombramiento de los profesores.

Respecto a su incansable actividad pastoral, cabe señalar, que no era mero frenesí, sino el fruto maduro de la contemplación de los misterios de Dios. Esta primacía de la contemplación orante se puso de manifiesto cuando a un sacerdote que presumía de estar tan ocupado que no tenía tiempo ni para abrir un libro, le contestó: ‘yo que soy algo más que cura, tengo tiempo para todo y si no estudio es porque no quiero, añada una hora de oración más y le sobrará tiempo’. Éstas fueron las notas distintivas del virtuoso obispo de Córdoba: caridad ardiente, vivo sentido de su sacerdocio, aborrecimiento del pecado, humildad ejemplar, oración, contemplación y predicación constante: ‘oportuna e inoportuna’ (cf. 2Tim 4,2).

La vidacristiana,lavidasantaqueEsquiú califica conel apóstol SanPedrocomo “participación de la naturaleza divina” (2 Ped 1,4), no se da sino en una circunstancia concreta. Sin lugar a dudas, Fray Mamerto comprendió a fondo la inserción de aquella vida cristiana en la situación concreta de su país. Por ello no rehuyó cumplir actos de generoso servicio al orden civil de la Argentina, en los cuales demostró un limpio ‘don de sí’ y un franciscano desprendimiento. Tales actos de servicio a su patria se manifiestan como efectos y consecuencias de su vida interior, de su misericordia y de su ardiente caridad. Para Esquiú la caridad incluía, como acto suyo propio, el amor a la patria, como clara concreción del don de piedad, puesto que la patria es, ante todo, ‘don y tarea’, y ámbito concreto donde el Señor nos ha colocado y donde tenemos que ejercer, día a día, nuestro servicio al prójimo. Por eso, tanto sus coetáneos, como nosotros hoy, lo consideramos un prócer. No nos quepa la menor duda que Mamerto de la Ascensión Esquiú lo es en altísimo grado, pues fue apreciado por sus eminentes virtudes. Además, un claro modelo, porque sobresalió en el servicio del bien común. En cada acto de su vida, tuvo presente el bien de la Argentina, a la que unía siempre con el amor de Dios. Y cito un ejemplo: cuando se dirigió al pueblo de Catamarca con motivo de la toma de posesión del primer gobernador constitucional, dijo: “Señor, os amo como a todo mi bien; y por Vos amo a mis prójimos, amo a mi patria”. A este amor asociaba a María Santísima y repetidas veces, al contemplar la anarquía y el desorden, afirmaba: “Sólo nos queda una esperanza, pero tan firme y consoladora que llena de paz y buen ánimo al más desalentado. Vamos a ver que María quiere y puede salvar a América”.

En su diario ‘Recuerdos y Memorias’, deja claros testimonios de su devoción a la Pura y Limpia Concepción. Sus padres habitualmente lo llevaban desde Piedra Blanca a visitar a la Mamita Virgen. Y cuando ya residía en el convento franciscano, se acercaba a confiarle sus alegrías y tristezas. ¡Cuántas veces habrá sentido en su pecho el intenso calor maternal que provenía de esa imagen morena, que es la protectora de todos los catamarqueños!. Cada vez que emprendía un viaje misionero fuera de la Provincia pasaba por la casa de su Madre del Valle. Allí le confiaba sus anhelos y sueños e invocaba protección, buscando en su mirada la bendición. Gran alegría y entusiasmo produjo en él la declaración del Dogma de fe de la Inmaculada Concepción, el 8-12-1854, por el entonces Papa Pío IX.

En todos sus sermones hace referencia a la Virgen Santa, a la que suplica y rinde honras, declarándose su admirador y devoto. “En el culto de esta sagrada imagen se ve cómo una fuente de aguas vivas de las que manan consuelos y beneficios en tal abundancia, que este lugar felicísimo ha llegado a dar a la Virgen su propio nombre. Mas no podemos negar que en el pueblo que se dice devoto de la Virgen del Valle se ven grandes y horribles crímenes, vicios y escándalos que deshonrarían a los mismos paganos; no obstante, más cierto es que nuestras maldades no han podido agotar la caridad de María. Verdaderamente ¡Oh, Virgen Inmaculada!, Tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo. A pesar de tantos vicios e impiedades con que deshonramos tu nombre purísimo, tus consuelos y beneficios corren siempre inagotables, como si te propusieras vencer nuestra ingratitud a fuerza de beneficios” (12-1875). Luego de reprochar a sus paisanos, felicitó a todos los que ayudaron en la construcción del nuevo templo matriz, para cobijar la imagen de la Pura y Limpia Concepción del Valle, recién concluida, diciendo: “Procuremos, pues, asegurar con esas buenas obras la vocación y elección que hizo de nosotros la dulcísima Virgen del Valle. ¡Ay de aquél que burlare su amor! Ya es tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo. ¡Virgen del Valle!: multiplicad en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos aumentos de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas las cosas y permanezcamos fieles a vuestro amor” (12-1875).

Así, les he presentado una breve semblanza de nuestro querido comprovinciano, plasmando aristas fundamentales de la vida del preclaro fraile franciscano y obispo de Córdoba, para que todos podamos valorar la armoniosa síntesis que, en él, Dios nos ha dado de vida cristiana y servicio a la patria. Hombre de fe, fiel, estudioso, obispo y patriota. El Beato Mamerto Esquiú en su oración, en la austeridad de su vida, en su cultura y en su servicio sincero, es ejemplo para el pueblo argentino. Seamos agradecidos con quien nos precedió en aportar su granito de arena con tanta tenacidad, generosidad, patriotismo y amor a Dios.

De todo corazón los bendigo y encomiendo a la protección de Jesucristo, de su santa Madre y del Beato Mamerto Esquiú.


🕂Mons. Luis Urbanč
8° Obispo de Catamarca