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06 junio 2026

Mons. Urbanč: “La Eucaristía es la semilla de eternidad plantada en nuestra frágil humanidad”

En la tarde de este sábado 6 de junio, bajo el lema “Adoremos a Jesucristo, nuestra Paz”, las comunidades parroquiales de Capital se congregaron en el Santuario de Nuestra Señora del Valle y Catedral Basílica, para celebrar la Solemnidad de Corpus Christi, enmarcada en el Año Jubilar con motivo del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. La jornada coincidió con el fin de semana en que se realiza la Colecta Anual de Cáritas en comunión con todo el país.

La Santa Misa fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por el vicario general, padre Julio Murúa; y el rector del Santuario Catedral, Pbro. Juan Ramón Cabrera; y su par del Santuario de la Gruta, Pbro. Santiago Granillo, y demás sacerdotes del Decanato Capital.

En el comienzo de la ceremonia litúrgica, el padre Julio Quiroga del Pino, párroco de Santa Rosa de Lima, dio lectura al decreto de designación de los nuevos Ministros Extraordinarios de la Comunión, quienes tendrán la misión de colaborar con los sacerdotes en la distribución de la Eucaristía durante las misas, o llevándola a los enfermos y ancianos.

En su homilía, Mons. Urbanč, luego de hacer referencia a la Solemnidad que se celebraba, preguntó: “¿De qué tenemos hambre, realmente?” y pasó a señalar que “vivimos en un mundo lleno de ofertas para saciar nuestros vacíos. Buscamos llenar la vida de ‘me gusta’, de éxitos, de seguridades materiales o de placeres efímeros” indicando la sensación se insatisfacción que luego invade.

“El ser humano tiene un hambre que nada en este mundo puede saciar por completo: hambre de infinito, de amor, de felicidad y de eternidad. La Eucaristía es el mayor regalo que el Señor Jesús nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal”, afirmó entonces.

Pasó luego a referirse a las lecturas proclamadas, que -dijo- “nos invitan a profundizar en la Eucaristía a través de una palabra que hoy en día cotiza en baja: recordar. En una cultura de la inmediatez, donde lo que pasó ayer ya parece viejo, esta celebración nos grita: ‘Detente, mira hacia atrás, haz memoria y descubre Quién te ha estado sosteniendo y lo seguirá haciendo’".

Más adelante, manifestó: “Llegamos al corazón de esta liturgia con el Evangelio (Jn 6,51-58). Jesús se presenta con un realismo que, en su época, escandalizó a muchos: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Los oyentes se decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús no suaviza su enseñanza, diciendo ‘esto es un bonito símbolo’. Usa un lenguaje crudo porque quiere dejar claro que su entrega es total, física y real. Él no vino a darnos una doctrina; vino a darse a sí mismo”. Por eso, afirmó: “Comer su carne significa asimilar su estilo de vida: su opción por los pobres, su capacidad de perdonar, su obediencia al Padre. Beber su sangre significa estar dispuestos a amar como Él, hasta dar la vida si es necesario”.

Posteriormente certificó: “La Eucaristía es el antídoto contra el miedo a la muerte y al sinsentido. Es la semilla de eternidad plantada en nuestra frágil humanidad” y propuso: “Al salir hoy del templo para acompañar a Jesús Sacramentado en torno a la plaza, hagamos tres compromisos concretos basados en la Palabra de Dios: 1) Hacer memoria: Dedica un momento esta semana a agradecerle a Dios por tantas Eucaristías en las que participaste. 2) Construir unidad: Piensa en esa persona de tu entorno con la que estás distanciado. Recuerda que ambos están llamados a alimentarse del mismo pan. Haz un gesto de reconciliación y 3) Vivir con esperanza: Que el recibir la comunión te recuerde que tu destino no es la nada, ni el fracaso, ni la muerte, ni tu desintegración. Tu destino es la Vida Eterna”.

 

La devoción del Beato

A continuación se refirió a la figura del Beato Esquiú, quien aceptó con humildad no celebrar la Misa hasta cumplir los 23 años, porque había sido ordenado a los 22. “Mamerto aceptó esta disposición con una obediencia heroica y un respeto imponente por el misterio del altar”, expresó. Después indicó: “Para él, tocar el Cuerpo de Cristo, no era un oficio rutinario; era un milagro que exigía una preparación del corazón que duraba toda la vida”. Y más adelante aseveró: “Pasaba horas frente al Sagrario. De esa oración silenciosa extraía la mansedumbre para responder a los insultos de sus detractores y la firmeza para defender la justicia, la fe cristiana y a los más pobres. Cuando asumió como Obispo de Córdoba en 1881, una de sus mayores preocupaciones fue el cuidado espiritual de su clero. En sus pláticas y escritos, les insistía con vehemencia que priorizaran la Eucaristía diaria como alimento para la tarea pastoral. Sabía que un sacerdote que no se alimenta del Pan de Vida y que no pasa tiempo adorándolo, cae fácilmente en la tibieza, el desánimo y en la tentación”.

Después de otras reflexiones acerca de la devoción del Beato a la Eucaristía, elevó una oración a la Madre: “Santísima Virgen del Valle, que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transformen en lo que recibimos, para que el mundo, al vernos, pueda saborear un poco del amor de Dios. Que seamos pan para los que sufren, los olvidados y los que están solos. Que nos haga artesanos de paz y unidad. Que nos ayude a reconocer a Jesús en el rostro de los pobres, débiles y marginados. Que, al recibir su Santísimo Cuerpo de tu amado Hijo divino, seamos sus manos que curan y abrazan, pies que se dirigen a todos los sufrientes y corazón lleno de ternura y misericordia, que ama sin poner condiciones ni preferencias. Amén”.

Los cantos litúrgicos estuvieron a cargo del Coro de la Catedral, dirigido por el profesor Exequiel Andrada.

 

Adoración y procesión

Luego de la Comunión, el Obispo junto con los sacerdotes y los fieles presentes se arrodillaron delante del Santísimo Sacramento para adorarlo, y seguidamente se inició la procesión más importante del año acompañando a Jesús, verdaderamente presente en la Sagrada Eucaristía.

Bajo una leve llovizna, los fieles caminaron junto a la Custodia con Jesús sacramentado que fue llevada en andas por los sacerdotes, alrededor de la plaza 25 de Mayo. En las cuatro esquinas del principal paseo público de la ciudad se levantaron los monumentos donde se colocó la Custodia con el Santísimo, que fueron preparados por el Movimiento Neocatecumenal, el Movimiento Familiar Cristiano, la Pastoral de la Niñez y la Pastoral de Juventud. Durante el recorrido se elevaron súplicas y canciones.

Cuando arribó al atrio de la Catedral Basílica, las campanas echaron a vuelo mientras el Santísimo Sacramento era colocado en el altar. Tras la bendición con la Custodia en alto, se cerró esta verdadera manifestación pública de fe en Jesús Eucaristía.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos hermanos:

                                             Nos hemos congregado para celebrar juntos y públicamente la Solemnidad del Corpus et Sanguis Christi. Es una fiesta que no sólo nos invita a contemplar un misterio sagrado, sino a hacernos la pregunta del millón: ¿De qué tenemos hambre, realmente?

Por cierto, que vivimos en un mundo lleno de ofertas para saciar nuestros vacíos. Buscamos llenar la vida de ‘me gusta’, de éxitos, de seguridades materiales o de placeres efímeros. Pero, cuando cae la noche, esa sensación de insatisfacción suele regresar. El ser humano tiene un hambre que nada en este mundo puede saciar por completo: hambre de infinito, de amor, de felicidad y de eternidad. La Eucaristía es el mayor regalo que el Señor Jesús nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal.

Las lecturas nos invitan a profundizar en la Eucaristía a través de una palabra que hoy en día cotiza en baja: recordar. En una cultura de la inmediatez, donde lo que pasó ayer ya parece viejo, esta celebración nos grita: "Detente, mira hacia atrás, haz memoria y descubre Quién te ha estado sosteniendo y lo seguirá haciendo".

La primera lectura (Dt 8,2-3.14b-16a), por medio de Moisés, nos dice: "Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer". Pasaron hambre, frío e incertidumbre, pero Dios los alimentó con un pan desconocido para ellos: el maná.

El peligro radica no solo en pasar dificultades; el verdadero peligro es la amnesia espiritual. Cuando las cosas nos van bien, es muy fácil olvidar el desierto y pensar que nos hemos salvado solos. El maná era un alimento que enseñaba al pueblo a confiar día a día. Hoy, la Eucaristía es nuestro maná. Al acercarnos al altar, lo primero que hacemos es recordar que somos peregrinos y que necesitamos de Dios para no desfallecer en el camino de la vida.

Gracias a la liturgia hacemos memoria de cosas importantes, como el pueblo de Dios que debe “recordar” y “no olvidar”. Podemos recordar la primera vez que recibimos “el Cuerpo de Cristo”, o la Confirmación, o el Matrimonio o el Orden Sagrado. Momentos de nuestra vida donde nos hemos “encomendado” a Dios, por una u otra razón, y que nos han marcado; momentos vividos en familia, con los amigos o con los vecinos. Volvemos a pasar por el corazón tantas cosas en las que hemos descubierto a Dios cerca de nosotros y le damos gracias por todo ello. “Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha bendecido a tus hijos dentro de ti” (Sal 147,12-13).

Lo mismo hace San Pablo en la segunda lectura (1 Cor 10,16-17) con una pregunta aplastante: "El cáliz de la bendición... ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?"

Y más aún, “aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Ahora bien, ¿Se podrá decir de nosotros que formamos “un solo cuerpo”, que hay unidad entre nosotros? ¿O pesan más nuestras divisiones, nuestras exclusiones y nuestros favoritismos? Es más, ¿se podrá decir que ese Hostia que todos comemos crea en nosotros una unidad de vida con Aquél a quien recibimos? ¿O simplemente estamos “cumpliendo” y ya está? ¿Tiene que ver algo nuestra vida de lunes a sábado con lo que durante una hora celebramos el domingo?

Por tanto, una segunda cosa importante, hoy, será sentirnos llamados a vivir esa unidad y esa fraternidad que Jesús nos propone cuando nos da su Cuerpo y su Sangre. Pero no sólo aquí y ahora, que miramos al que está a nuestro lado y debemos reconocer a un hermano, sino también allá donde desarrollamos nuestra vida de cada día, donde se nos presenta el reto de vivir esa unidad y esa fraternidad con las personas con las que convivimos diariamente, al igual que esto producía en el Beato Mamerto Esquiú.

La Eucaristía tiene dos dimensiones inseparables: la vertical (comunión con Dios) y la horizontal (comunión con el hermano).

Pablo dice algo bellísimo: "Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo". Por eso, cuando comulgamos, no estamos teniendo un momento místico y egoísta a solas con Jesús. Estamos diciendo "sí" a formar parte de una comunidad. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo en la boca, si, al mismo tiempo, destruimos su Cuerpo místico, la Iglesia, con nuestras divisiones, indiferencia y críticas. El pan se parte para compartirse; nosotros debemos dejarnos partir para unir a la comunidad.

Llegamos al corazón de esta liturgia con el Evangelio (Jn 6,51-58). Jesús se presenta con un realismo que, en su época, escandalizó a muchos: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna". Los oyentes se decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?"

Jesús no suaviza su enseñanza, diciendo "esto es un bonito símbolo". Usa un lenguaje crudo porque quiere dejar claro que su entrega es total, física y real. Él no vino a darnos una doctrina; vino a darse a sí mismo.

*Comer su carne significa asimilar su estilo de vida: su opción por los pobres, su capacidad de perdonar, su obediencia al Padre.

*Beber su sangre significa estar dispuestos a amar como Él, hasta dar la vida si es necesario.

"El que come de este pan vivirá para siempre". La Eucaristía es el antídoto contra el miedo a la muerte y al sinsentido. Es la semilla de eternidad plantada en nuestra frágil humanidad.

Al salir hoy del templo para acompañar a Jesús Sacramentado en torno a la plaza, hagamos tres compromisos concretos basados en la Palabra de Dios:

1.         Hacer memoria: Dedica un momento esta semana a agradecerle a Dios por tantas Eucaristías en las que participaste.

2.         Construir unidad: Piensa en esa persona de tu entorno con la que estás distanciado. Recuerda que ambos están llamados a alimentarse del mismo pan. Haz un gesto de reconciliación.

3.         Vivir con esperanza: Que el recibir la comunión te recuerde que tu destino no es la nada, ni el fracaso, ni la muerte, ni tu desintegración. Tu destino es la Vida Eterna.

Considero oportuno evocar la figura del Beato Esquiú, que fue ordenado sacerdote muy joven, a los 22 años. Sin embargo, el obispo le pidió que esperara a cumplir los 23 para celebrar su primera misa. Lejos de quejarse o apurarse, Mamerto aceptó esta disposición con una obediencia heroica y un respeto imponente por el misterio del altar.

Celebró su primera Eucaristía el 15-5-1849 en el convento franciscano de Catamarca, ofreciéndola por sus difuntos padres. Para él, tocar el Cuerpo de Cristo, no era un oficio rutinario; era un milagro que exigía una preparación del corazón que duraba toda la vida.

En su Diario de Memorias y Recuerdos, plasmó una reflexión teológica brillantísima sobre la diferencia entre predicar y celebrar los sacramentos: "En la predicación el hombre pone algo de su parte, no así en la administración de los Sacramentos, los cuales son obras totalmente de Dios".

Esquiú fue un orador brillante, pero reconocía con profunda humildad que sus palabras podían fallar o estar contaminadas por el ego humano. En cambio, en la Eucaristía, el sacerdote desaparece para que actúe Cristo. En el altar no hay protagonismos humanos; es Dios quien se entrega de forma pura y perfecta.

Para él, la comunión no terminaba con la Misa. Fue un incansable promotor de la devoción al Santísimo Sacramento fuera de la liturgia. En cada rincón donde ejerció su labor apostólica (Catamarca, Bolivia, Jerusalén y finalmente como Obispo de Córdoba), promovió la práctica de la adoración eucarística prolongada.

Pasaba horas frente al Sagrario. De esa oración silenciosa extraía la mansedumbre para responder a los insultos de sus detractores y la firmeza para defender la justicia, la fe cristiana y a los más pobres.

Cuando asumió como Obispo de Córdoba en 1881, una de sus mayores preocupaciones fue el cuidado espiritual de su clero. En sus pláticas y escritos, les insistía con vehemencia que priorizaran la Eucaristía diaria como alimento para la tarea pastoral. Sabía que un sacerdote que no se alimenta del Pan de Vida y que no pasa tiempo adorándolo, cae fácilmente en la tibieza, el desánimo y en la tentación.

En Esquiú encontramos un campeón en ‘hacer memoria’, pues cruzó desiertos físicos y espirituales (como ser su destierro voluntario y la pobreza extrema), pero su memoria estuvo siempre fija en la fidelidad de Dios, tal como escuchamos en el libro del Deuteronomio. Y en una Argentina desangrada por las guerras civiles entre unitarios y federales, vio en la Eucaristía al ‘único pan’ capaz de hacer de los ciudadanos ‘un solo cuerpo’. La Eucaristía lo llevó a bregar por la paz social y la unidad.

El Beato Esquiú es el ejemplo vivo de que la Eucaristía, cuando se recibe con fe y realismo, no nos aliena del mundo, sino que nos mete en el barro de la historia para transformarlo desde el amor y la justicia.

Santísima Virgen del Valle, Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transformen en lo que recibimos, para que el mundo, al vernos, pueda saborear un poco del amor de Dios. Que seamos pan para los que sufren, los olvidados y los que están solos. Que nos haga artesanos de paz y unidad. Que nos ayude a reconocer a Jesús en el rostro de los pobres, débiles y marginados. Que, al recibir su Santísimo Cuerpo de tu amado Hijo divino, seamos sus manos que curan y abrazan, pies que se dirigen a todos los sufrientes y corazón lleno de ternura y misericordia, que ama sin poner condiciones ni preferencias. Amén. 

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