Queridos catequistas:
En la fiesta de San Pío X, patrono
de los catequistas, les escribo para saludarlos y bendecirlos en su día, y
agradecerles el trabajo silencioso y fiel de cada semana, por medio del cual
dan testimonio de su Fe en Cristo Jesús, ante niños, adolescentes, jóvenes y
adultos deseosos de conocer y profundizar su fe, a fin de tener una experiencia
del Misterio de Dios, Uno y Trino, que se reveló en el Hijo, hecho Carne en la
purísimas entrañas de la Virgen María, nuestra celestial madre y abnegada protectora.
Este año, el día del catequista está
enmarcado por el Jubileo que conmemora el 2025 aniversario del Nacimiento de
Jesucristo. Por eso, el Papa Francisco nos invitó a atravesar la “Puerta Santa”,
que, dicho sea de paso, dura toda la vida, pero que, en nuestro hoy, todos
estamos llamados a renovar. De allí que, los animo, como pastor y como hermano,
a que nos animemos a transitar lo que resta del Año Jubilar, dejándonos transformar
por este acontecimiento.
Cómo
no evocar, de nuevo, el llamado apremiante de san Juan Pablo II: “Abran las
puertas al Redentor”. Hoy y siempre, no me cansaré de animarlos a que Abran al
Señor la puerta de su corazón, de su mente, de la catequesis, de sus
comunidades y de todas las estructuras de la Fe que vivimos y anunciamos.
En
este abrir la puerta de la Fe al Misterio de la Encarnación, hay siempre un Sí,
un ‘Fiat’, personal y libre. Un Sí, (que aquí, en Catamarca, ha de inspirarse en el Sí, ‘Fiat’,
de María del Valle), que
es respuesta a Dios que toma la iniciativa y se acerca al ser humano para
entablar con él un diálogo, en que el don y el misterio se hacen siempre
presentes. Un Sí que la Virgen Madre supo dar en la plenitud de los
tiempos, en Nazareth, para que se empezara a entretejer la alianza nueva y
definitiva que Dios tenía preparada, en Jesús, para toda la humanidad.
Siempre
nos hace bien volver nuestra mirada a la Virgen. Más a quienes, de una u otra
manera, se nos confía la tarea de acompañar la vida de muchos hermanos para
ayudarles a creer, esperar y amar.
Sin
embargo, la catequesis se vería seriamente comprometida si la experiencia de la
fe nos dejara encerrados y anclados en nuestro mundo intimista o en las
estructuras y espacios que con los años hemos ido creando. Creer en el Señor es
atravesar siempre la puerta santa de la fe que nos hace salir, ponernos en
camino, desinstalarnos... No hay que olvidar que la primera iniciación
cristiana que se dio en el tiempo y en la historia culminó en misión. Tuvo las características de ‘Visitación’.
Con toda claridad nos dice el relato de Lucas: María se puso en camino con
rapidez, llena del Espíritu Santo (cf. Lc 1,39-40).
El
que cree, vive aquella bienaventuranza que atraviesa todo el Evangelio y que
resuena a lo largo de la historia, ya en labios de Isabel: “Feliz de ti por
haber creído” (Lc 1,45), ya dirigida por el mismo Jesús a Tomás: “¡Felices los que
creen sin haber visto!” (Jn 20,29).
Es necesario
tomar conciencia de que hoy, más que nunca, el acto de creer tiene que
trasparentar la alegría de la Fe. Como en aquel gozoso encuentro
de María e Isabel, el Catequista debe impregnar toda su persona y su ministerio
con la alegría de la Fe. La alegría es la puerta para el anuncio de la Buena
Noticia y también la consecuencia de vivir en la fe. Esta alegría cristiana es
un don de Dios que surge naturalmente del encuentro personal con Cristo
Resucitado y la fe en Él. Que la catequesis a la cual sirven con tanto amor
esté signada por esa alegría, fruto de la cercanía del Señor Resucitado: “los
discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn 20,20). Y no permitan al mal espíritu
que estropee la obra para la que han sido convocados. El mal espíritu
tiene manifestaciones bien concretas: el enojo, el destrato, el encierro, el
desprecio, el ninguneo, la murmuración, el chismerío, la rutina, la mala
voluntad, el desgano, la superficialidad, la vanidad, etc…
La
Virgen María en la visitación nos enseña la hermosa actitud de la cercanía.
Ella se puso en camino para acortar distancias. No se quedó con la noticia de
que su parienta Isabel estaba embarazada. Supo escuchar con el corazón y por
eso conmoverse con ese misterio de vida. La cercanía de María hacia su prima
implicó no quedarse centrada en ella. El Sí de Nazaret, propio de toda
actitud de fe, se transformó en un Sí de servicio. Y la que por obra del
Espíritu Santo fue constituida Madre del Hijo, movida por ese mismo Espíritu se
hizo servidora de todos por amor a su Hijo. Cuando la fe está animada por la caridad
(cf. Gál 5,6b), es capaz
de incomodarse, siguiendo la pedagogía de Dios que hace de la cercanía su
identidad, su nombre, su misión: “y le pondrás por nombre: Emmanuel= Dios con nosotros” (Mt
1,23). El estilo de
Jesús se distingue por la cercanía cordial. Los cristianos aprendemos ese
estilo en el encuentro personal con Jesucristo vivo, encuentro que ha de ser
permanente empeño de todo discípulo misionero. Desbordado de gozo por ese
encuentro, el discípulo busca acercarse a todos para compartir su alegría. La
misión es relación y por eso se despliega a través de la cercanía, de la
creación de vínculos personales sostenidos en el tiempo. El amigo de Jesús se
hace cercano a todos, sale al encuentro generando relaciones interpersonales
que susciten, despierten y enciendan el interés por la verdad. De la amistad
con Jesucristo surge un nuevo modo de relación con el prójimo, a quien se ve
siempre como hermano.
Me
consta y me alegra que la cercanía la viven en sus encuentros de catequistas,
muy frecuentes en la Diócesis, como el que viviremos el próximo sábado 23, en
Recreo, en clave de peregrinación jubilar. Sin embargo, se nos puede filtrar el
taimado profesionalismo, el desubique de creernos los “maestros que saben”,
el cansancio y fatiga que nos baja las defensas y nos endurece el corazón.
Por
tanto, miren e invoquen, una y mil veces, a la Virgen María. Que ella interceda
ante su Hijo para que les inspire el gesto y la palabra oportuna, que les
permita hacer de la Catequesis una Buena Noticia para todos, sabiendo que
la “Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción” (Benedicto
XVI, Discurso Inaugural en Aparecida 13-5-2007). Así serán testigos alegres, entusiastas y apasionados de
Jesucristo Resucitado.
Atentamente, quien los ama y valora, su servidor, Luis, obispo.
Mons.
Luis Urbanč
Obispo
de Catamarca
21
de agosto de 2025 – Año Jubilar