En la mañana de este domingo 19 de abril, se celebró la Misa Solemne de las fiestas en honor de Nuestra Madre del Valle, que fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por Mons. Virginio Domingo Bressanelli (SCJ), obispo emérito de Neuquén; numerosos sacerdotes del clero catamarqueño, entre ellos el vicario general, padre Julio Murúa, y el rector del Santuario Catedral, padre Juan Ramón Cabrera, además de otros presbíteros peregrinos.
Cientos de fieles devotos y
peregrinos colmaron el principal Santuario mariano de Catamarca para participar
de la Eucaristía central de esta jornada, entre los que se destacó presencia de
los integrantes de los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, quienes peregrinaron
para honrar a Nuestra Madre del Valle, acompañados por el padre Pepe Di Paola,
quien también concelebró la Santa Misa.
En el comienzo de su homilía, Mons.
Urbanč
dio “una cordial bienvenida a mi hermano, obispo Virginio Bressaneli,
emérito de la Diócesis de Neuquén, al padre Arildo, provincial de los padres
dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del Septenario. A los jóvenes
del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que peregrinaron junto con el padre
Di Paola, y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle para
que los ayude en su recuperación. Y a todos los que desde distintos puntos de
la patria se acercaron para honrar a la Madre Celestial”.
La
presencia del Beato Esquiú
“Este Septenario lo hemos
vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él
ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle”, apuntó,
invitando a que “lo escuchemos hablar entre nosotros con las siguientes frases:
‘Busquemos la gracia de Jesús, pero busquémosla por medio de María, saludándola
con el Ángel: Llena Eres de Gracia’. ‘Yo afirmo solamente que ella os acaricia
como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no siempre son
prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y pequeñez’. ‘Nuestras
maldades no han podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no
deja de ser con nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh,
Virgen Inmaculada, ¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!’”.
Luego dijo que “en el Calvario
(Jn 19, 25-27), Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al
decir ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ y al discípulo ‘Ahí tienes a tu madre’,
María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente,
inaugurando una nueva familia basada en la fe”.
Y continuó: “A diferencia de
otros discípulos que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar
del inmenso dolor. Es la ‘mujer’ del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que
participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a
María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a
toda la humanidad, representada en el ‘discípulo amado’. María es madre de los
redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la Madre de
Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores”.
Asimismo, afirmó: "‘Y
desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa’ (Jn 19,27). Esta frase
nos invita a nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra
familia y en nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su
ternura y su obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el
lugar de un nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe
hacia Él con amor materno”.
También resaltó que “nuestro
camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que
Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: ‘He ahí a tu
madre’. Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre.
Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre”.
“La Madre del Redentor nos
precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión.
Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda
a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De
este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad
de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón,
nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de
justicia y de paz”, manifestó.
Más adelante dijo que “a esta
Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras
vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo.
Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el
Resucitado”.
Finalmente se dirigió a la
Madre del Valle, “con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo
dilecto, el Beato Mamerto Esquiú: ‘Virgen dulcísima, hasta ahora nos habéis
dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es tiempo de
que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo;
multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos
aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas
las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a
Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos
glorifique en la eterna. Amén’”.
Bendición
de imagen de la Virgen donada al Hogar de Cristo
Luego de la Comunión, el Obispo,
acompañado por el padre Pepe Di Paola, bendijo la imagen de la Virgen del Valle
que fue donada a los Hogares de Cristo de Santiago del Estero, para que los
ayude en su camino de recuperación.
Toda la asamblea se asoció a este
momento, rubricado con aplausos.
Como cierre de esta ceremonia
litúrgica, todos se consagraron a la Virgen del Valle y le cantaron a viva voz.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos devotos y peregrinos:
Nos hemos congregado para
honrar a nuestra Madre del Valle y, antes que nada, quiero dar una cordial
bienvenida a mi hermano, obispo, Virginio Bressaneli, emérito de la diócesis de
Neuquén. A los jóvenes del Hogar de Cristo de Santiago del Estero que
peregrinaron y se llevarán una réplica de la Imagen de la Morenita del Valle
para que los ayude en su recuperación. Al p. Arildo, provincial de los padres
dehonianos, quien tuvo a su cargo la predicación del septenario. Y a todos los
que desde distintos puntos de la patria se acercaron para honrar a la Madre
Celestial.
Este septenario lo hemos
vivido en el marco del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. Él
ha sido un fidelísimo devoto de la Pura y Limpia Concepción del Valle.
Lo escuchemos hablar entre
nosotros con las siguientes frases:
“Busquemos la gracia de JESÚS,
pero busquémosla por medio de MARÍA, saludándola con el Ángel: LLENA ERES DE
GRACIA”.
“Yo afirmo solamente que ella
os acaricia como una madre, y es cosa sabida que los cariños de una madre no
siempre son prueba del mérito de los hijos, sino más bien de su debilidad y
pequeñez”.
“Nuestras maldades no han
podido agotar la caridad de María, quien, a pesar de todo, no deja de ser con
nosotros piadosa, clemente, y dulcísima. Verdaderamente, oh, Virgen Inmaculada,
¡tú nos tratas cual una madre que acaricia a su hijo!”
En el Calvario (Jn 19, 25-27),
Jesús, en su último acto de amor, nos regala a su Madre. Al decir "Mujer,
ahí tienes a tu hijo" y al discípulo "Ahí tienes a tu madre",
María se convierte en Madre espiritual de la Iglesia y de cada creyente,
inaugurando una nueva familia basada en la fe.
A diferencia de otros discípulos
que huyeron, María se mantiene de pie, firme en la fe a pesar del inmenso
dolor. Es la "mujer" del Nuevo Testamento, la nueva Eva, que
participa activamente en la redención junto a su Hijo. Jesús no solo confía a
María a Juan para su cuidado material, sino que entrega a María como regalo a
toda la humanidad, representada en el "discípulo amado". María es
madre de los redimidos, madre de la Iglesia. No estamos huérfanos; tenemos a la
Madre de Dios como nuestra intercesora y refugio en nuestros dolores.
"Y desde aquella hora el
discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,27). Esta frase nos invita a
nosotros a acoger a María en nuestra vida interior, en nuestra familia y en
nuestro hogar. Acogerla significa imitar su fe, su silencio, su ternura y su
obediencia a la voluntad de Dios. La cruz no es el final, sino el lugar de un
nuevo comienzo. Jesús nos entrega a María para que ella nos guíe hacia Él con
amor materno.
Nuestro camino de fe está
unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en
la cruz, nos la ha dado como Madre diciendo: “He ahí a tu madre”. Estas
palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese
momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella
hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e
incertidumbres, Jesús, les confió a Aquélla que fue la primera en creer, y cuya
fe no decaería jamás. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los
hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús. La mujer que en las
bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las
maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de
la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los
demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría.
La Madre del Redentor nos
precede y continuamente nos confirma en la fe, en la vocación y en la misión.
Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios nos ayuda
a traducir nuestra fe en un anuncio del Evangelio alegre y sin fronteras. De
este modo nuestra misión será fecunda, porque está modelada sobre la maternidad
de María. A ella confiamos nuestro itinerario de fe, los deseos de nuestro corazón,
nuestras necesidades, las del mundo entero, especialmente el hambre y la sed de
justicia y de paz.
Cuando Dios había decidido
venir a la tierra había pensado ya desde toda la eternidad en encarnarse por
medio de la criatura más bella jamás creada. Su madre habría de ser la más
hermosa de entre las hijas de esta tierra de dolor, embellecida con la altísima
dignidad de su pureza inmaculada y virginal. Y así fue. Todos conocemos la
grandeza de María. Pero María no fue obligada a recibir al Hijo del Altísimo.
Ella quiso libremente cooperar. Y sabía, además, que el precio del amor habría
de ser muy caro. “Una espada de dolor atravesará tu alma” (Lc 2,35) le
profetizó el anciano Simeón. Pero ¡cómo no dejar que el Verbo de Dios se
entrañara en ella! Lo concibió, lo portó en su vientre, lo dio a luz en un
pobre pesebre, lo cargó en sus brazos de huida a Egipto, lo educó con esmero en
Nazaret, lo vio partir con lágrimas en los ojos a los 33 años, lo siguió
silenciosa, como fue su vida, en su predicación apostólica y ahora en su
Iglesia diseminada por toda la tierra.
Lo seguiría
incondicionalmente. No se había arrepentido de haber dicho al ángel: “Hágase” -
“Fiat” (Lc 1,38). A pesar de los sufrimientos que habría de padecer. ¡Pero si
el amor es donación total al amado! Ahora allí, fiel como siempre, a los pies
de la cruz, dejaba que la espada de dolor le desencarnara el corazón tan
sensible, tan puro de ella, su madre. A Jesús debieron estremecérsele todas las
entrañas de ver a su Purísima Madre, tan delicada como la más bella rosa, con
sus ojos desencajados de dolor. Los dos más inocentes de esta tierra. Aquélla
única inocente, a la que no cargaba sus pecados. Ella nos enseña la fortaleza
con que el cristiano debe sobrellevar el dolor. El dolor no es ya un maldito hijo
del pecado que nos atormenta tontamente; es el precio del amor a los demás. No
es el castigo de un Dios que se regocija en hacer sufrir a sus criaturas, es el
momento en que podemos ofrecer ese dolor por el bien espiritual de los demás,
es la experiencia de participar de la redención, como María. Ella miró la cruz
y a su Hijo y ofreció su dolor por todos nosotros.
Sí, queridos hermanos, a esta
Mujer venimos a honrar, a Ella reconocemos como la única Reina de nuestras
vidas, en Ella confiamos para que nos conduzca al Salvador del mundo.
Roguémosle que nos ayude a ser fieles, y apóstoles de la Paz, ésa que nos da el
Resucitado.
Y ahora me dirijo a Ti, Madre
del Valle, con las mismas palabras que hace 150 años te hablara tu hijo
dilecto, el Beato Mamerto Esquiú:
“Virgen dulcísima, hasta ahora
nos habéis dado como a pequeñuelos la leche de vuestros consuelos; pero ya es
tiempo de que comencemos a ser varones fuertes y buenos soldados de Jesucristo;
multiplicad, pues, en nosotros vuestras antiguas misericordias y alcanzadnos
aumento de fe y caridad para que, arraigadas en ellas, obremos el bien en todas
las cosas, y permaneciendo fieles a vuestro amor, llevemos y glorifiquemos a
Jesucristo en nuestros cuerpos durante la vida presente, para que Él nos
glorifique en la eterna. Amén”.
¡¡¡Viva la Virgen del
Valle!!! ¡¡¡Viva el Beato Mamerto
Esquiú!!!
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