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08 junio 2026

Los periodistas celebraron su día con la acción de gracias junto al Beato Esquiú

“Cuando miramos con los ojos de la fe, descubrimos un puente invisible pero indestructible entre la Eucaristía y el periodismo: el misterio de la Palabra y el valor de la Verdad”, dijo el Obispo.

 

Durante la tarde del domingo 7 de junio, los periodistas celebraron su día con la acción de gracias que marcó el cierre de las actividades en torno a la figura del Beato Mamerto Esquiú, como un especial homenaje en este Año Jubilar Diocesano por los 200 años de su nacimiento, y en el marco del Año Santo por los 800 años del natalicio de San Francisco de Asís. Recordamos que la propuesta incluyó una disertación sobre su faceta de periodista al servicio de la unidad, un gesto solidario con la visita al Hogar de Adultos Mayores bautizado con su nombre y el acompañamiento a colegas enfermos; además de la visita a la Celda del beato catamarqueño antes del inicio de la celebración eucarística.  

La jornada coincidió con la Solemnidad de Corpus Christi y la realización de la tradicional Colecta Anual de Cáritas, destinada a los hermanos más necesitados.

La Eucaristía fue presidida por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, en el templo San Pedro de Alcántara de la comunidad franciscana, que recibió con mucha alegría a los alumbrantes, embelleciendo el recinto sagrado para esta acción de gracias.

Como ocurre todos los años, los periodistas y comunicadores en general guiaron la ceremonia litúrgica, leyeron las lecturas, el Salmo y la Secuencia; hicieron la oración comunitaria, cantaron y acercaron las ofrendas.

Luego de recordar que en este día se celebró la Solemnidad de Corpus Christi y el Día del Periodista, Mons. Urbanč expresó en su homilía que “a primera vista, el altar de la iglesia y la redacción de un periódico, o el estudio de televisión, parecen mundos completamente ajenos. Uno pertenece al silencio, a la contemplación y a lo sagrado; el otro, al ruido, a la inmediatez de la noticia y a las tensiones de la vida pública. Sin embargo, cuando miramos con los ojos de la fe, descubrimos un puente invisible pero indestructible entre la Eucaristía y el periodismo: el misterio de la Palabra y el valor de la Verdad”. Y añadió: “En cada Eucaristía, escuchamos la Palabra de Dios y luego la vemos hacerse realidad sobre el altar. Jesús es la Palabra encarnada. Él no nos salvó con discursos abstractos; vino a acampar entre nosotros, a embarrarse los pies en los caminos de la historia, a escuchar el clamor de los pobres y a sanar a los heridos”.

 

“El periodista está llamado a ser un servidor de la verdad histórica”

Y, seguidamente indicó: “El buen periodismo comparte, a su manera humana, esa misma dinámica de encarnación. El periodista no inventa la realidad desde un escritorio; sale al encuentro de ella. Su misión es ir a donde están los hechos, escuchar las voces de los que no tienen voz y transformar el acontecer diario en una crónica que edifique a la sociedad. Así como la Iglesia proclama la Buena Noticia, el periodista está llamado a ser un servidor de la verdad histórica, narrando con honestidad y caridad lo que sus ojos han visto y sus oídos han oído”.

“Nuestra sociedad sufre a menudo -consideró entonces- la enfermedad de la sospecha, del rumor y de la difamación. Vivimos en la era de la posverdad, donde a veces importa más el impacto de un titular o el algoritmo que divide, que la veracidad de lo que se comunica”.

Luego de otros conceptos, el Obispo razonó: “Comulgar con Cristo compromete al periodista a tener una mirada misericordiosa pero firme, a no vender su conciencia por un puñado de clics o favores políticos, y a defender la dignidad humana por encima de cualquier interés corporativo o ideológico”.

“La Eucaristía es también el Memorial del sacrificio de Jesús. Él se entregó por entero, hasta la última gota de sangre, por amor. Sabemos que ejercer el periodismo con integridad es, muchas veces, un camino de cruz. Buscar la verdad, incomoda al poder; ejercer el profetismo, denunciar la injusticia trae persecución; mantenerse fiel a los hechos históricos exige una ascesis y una honestidad intelectual que fatigan el alma. ¡Cuántos periodistas en el mundo han pagado con su libertad, y con su propia vida, el precio de no callar ante la mentira y los intereses económicos, políticos, ideológicos y religiosos!”, expresó y agregó: “Cuando un periodista acerca sus dolores, sus riesgos y sus fatigas al altar de la Eucaristía, ese esfuerzo cotidiano se santifica. Su trabajo deja de ser un simple oficio o un medio de subsistencia para convertirse en un verdadero apostolado laical, un servicio a la justicia y a la paz de la ciudadanía”.

 

Esquiú periodista

A continuación, Mons. Urbanč dedicó unas palabras al Beato Esquiú en el Bicentenario de su nacimiento.

“Hablar de su vinculación al periodismo es asomarse a una faceta apasionante, y a veces eclipsada por su gigantesca figura como «el Orador de la Constitución» o su vida religiosa. Esquiú no fue sólo un hombre de altar y púlpito; fue un ciudadano de su tiempo que entendió que la palabra escrita en el espacio público era una herramienta de construcción masiva, como también de destrucción. En una Argentina que intentaba nacer orgánicamente después de Caseros, Esquiú vio en la prensa un puente y, al mismo tiempo, una trinchera del pensamiento”. Y pasó a describir tres ejes de la relación del Beato con el periodismo. 1) El periodismo como apostolado civil; 2) La ética frente a la grieta del siglo XIX y 3) La palabra como herramienta de paz.

Pasó luego a referirse al famoso sermón de 1853. “Esquiú utilizó las páginas impresas para pedir la subordinación a la ley. En un contexto donde la tentación de volver a las armas era constante, sus artículos evocaban la racionalidad. Esquiú demostró que el periodista debe ser, ante todo, un constructor de la ciudadanía, alguien que traduce la complejidad del momento histórico en un llamado a la convivencia pacífica”.

 

“La vigencia de Esquiú en este campo es total”

Después aseveró: “La vigencia de Esquiú en este campo es total. En tiempos donde la inmediatez y la polarización suelen dominar la agenda mediática, su legado nos recuerda el verdadero norte del oficio: el periodismo como un compromiso inquebrantable con la verdad, el respeto por el disenso y la responsabilidad social del comunicador”.

 

A los periodistas

“Queridos periodistas: Jesús en la Eucaristía se hace ‘pan partido y repartido’ para la vida del mundo. Ésta es una invitación para ustedes. Que su profesión sea un modo de gastar la vida por los demás. Que cuando informen, sus palabras no lleven el veneno del odio, sino la luz de la claridad y la verdad. Que cuando opinen, respeten la verdad del otro. Y que, al salir de esta celebración, fortalecidos por el Pan de Vida, vuelvan a sus redacciones, a sus micrófonos, a sus celulares y a sus cámaras con el corazón encendido, sabiendo que servir a la verdad del hombre es, en definitiva, una forma oculta y hermosa de servir a la Verdad de Dios, que es Amor. Y, por favor, siempre tengan presente la máxima de san Agustín: «No hay Verdad que justifique una falta de Caridad». ¡De cuántos males se libraría la sociedad humana, si la tuviéramos presente!”

Y concluyó rogando: “Que la Virgen del Valle, que conservaba todo, meditándolo en su corazón, y el beato Mamerto Esquiú, que fue un gigante de la palabra en el púlpito y en la prensa, los guíen y los protejan siempre”.

 

Ofrendas especiales

Junto con los dones del pan y del vino, se pusieron en las manos de Dios el trabajo diario de quienes comunican noticias, historias y esperanzas; y se acercaron al altar un afiche significando las vidas de los adultos mayores, con quienes compartieron la jornada el día previo, plasmadas en sus manos dibujadas, vidas que dejan huellas en sus seres queridos como las que dejó el Padre Esquiú en las nuestras.

También acercaron la imagen del Beato Esquiú quien los acompañó durante estos días, y una vela encendida como signo de la oración confiada que elevan por sus colegas enfermos y su pronta recuperación.

Antes de la bendición se realizó la oración pidiendo la pronta canonización del Beato Esquiú.

Al concluir la Eucaristía, los periodistas compartieron un brindis fraterno en las instalaciones del convento franciscano. Allí le cantaron el Cumpleaños Feliz al periodista deportivo Roberto Chacón, y participaron del sorteo del libro «Cartas a Odorico. Epistolario del Beato Esquiú a su hermano», editado por Fr. Jorge David Catalán y Beatriz Facciano, de Ediciones Castañeda. La agraciada que se hizo acreedora de este valioso ejemplar fue la periodista Andrea Sartor.

Finalmente, degustaron una rica torta, mientras disfrutaban de este espacio para el encuentro.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia celebra solemnemente el Santísimo Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Jesucristo. Y, entre nosotros, se encuentran periodistas del medio que han venido a agradecer a Dios la vocación con la que los pertrechó al servicio de la comunidad.

A primera vista, el altar de la iglesia y la redacción de un periódico, o el estudio de televisión, parecen mundos completamente ajenos. Uno pertenece al silencio, a la contemplación y a lo sagrado; el otro, al ruido, a la inmediatez de la noticia y a las tensiones de la vida pública. Sin embargo, cuando miramos con los ojos de la fe, descubrimos un puente invisible pero indestructible entre la Eucaristía y el periodismo: el misterio de la Palabra y el valor de la Verdad.

En cada Eucaristía, escuchamos la Palabra de Dios y luego la vemos hacerse realidad sobre el altar. Jesús es la Palabra encarnada. Él no nos salvó con discursos abstractos; vino a acampar entre nosotros, a embarrarse los pies en los caminos de la historia, a escuchar el clamor de los pobres y a sanar a los heridos.

El buen periodismo comparte, a su manera humana, esa misma dinámica de encarnación. El periodista no inventa la realidad desde un escritorio; sale al encuentro de ella. Su misión es ir a donde están los hechos, escuchar las voces de los que no tienen voz y transformar el acontecer diario en una crónica que edifique a la sociedad. Así como la Iglesia proclama la Buena Noticia, el periodista está llamado a ser un servidor de la verdad histórica, narrando con honestidad y caridad lo que sus ojos han visto y sus oídos han oído.

Nuestra sociedad sufre a menudo la enfermedad de la sospecha, del rumor y de la difamación. Vivimos en la era de la posverdad, donde a veces importa más el impacto de un titular o el algoritmo que divide, que la veracidad de lo que se comunica. El Papa Francisco nos ha advertido muchas veces sobre los "pecados del periodismo": la desinformación, la calumnia y la difamación.

Frente a esto, ¿qué nos enseña la Eucaristía? La Comunión es, por definición, el don que nos une a pesar de nuestras diferencias. Alrededor del altar no hay bandos, no hay grietas; hay hermanos que comparten el mismo y único Cuerpo de Cristo.

El periodista que se alimenta de la Eucaristía recibe la gracia de ser un constructor de puentes. Su pluma, su micrófono, su cámara, su computadora ya no se usan como armas para destruir al oponente, sino como herramientas para buscar el entendimiento. Comulgar con Cristo compromete al periodista a tener una mirada misericordiosa pero firme, a no vender su conciencia por un puñado de clics o favores políticos, y a defender la dignidad humana por encima de cualquier interés corporativo o ideológico.

La Eucaristía es también el Memorial del sacrificio de Jesús. Él se entregó por entero, hasta la última gota de sangre, por amor.

Sabemos que ejercer el periodismo con integridad es, muchas veces, un camino de cruz. Buscar la verdad, incomoda al poder; ejercer el profetismo, denunciar la injusticia trae persecución; mantenerse fiel a los hechos históricos exige una ascesis y una honestidad intelectual que fatigan el alma. ¡Cuántos periodistas en el mundo han pagado con su libertad, y con su propia vida, el precio de no callar ante la mentira y los intereses económicos, políticos, ideológicos y religiosos!

Cuando un periodista acerca sus dolores, sus riesgos y sus fatigas al altar de la Eucaristía, ese esfuerzo cotidiano se santifica. Su trabajo deja de ser un simple oficio o un medio de subsistencia para convertirse en un verdadero apostolado laical, un servicio a la justicia y a la paz de la ciudadanía.

¿Cómo no referirnos al querido Beato Mamerto Esquiú, que fue un periodista de fuste, en el Bicentenario de su Nacimiento?

Hablar de su vinculación al periodismo es asomarse a una faceta apasionante, y a veces eclipsada por su gigantesca figura como "el Orador de la Constitución" o su vida religiosa. Esquiú no fue sólo un hombre de altar y púlpito; fue un ciudadano de su tiempo que entendió que la palabra escrita en el espacio público era una herramienta de construcción masiva, como también de destrucción.

En una Argentina que intentaba nacer orgánicamente después de Caseros, Esquiú vio en la prensa un puente y, al mismo tiempo, una trinchera del pensamiento.

Entre otros, comparto con ustedes tres ejes centrales que definen su relación con el periodismo:

1. El periodismo como apostolado civil

Para Esquiú, escribir en los periódicos de la época (como El Primo de la Verdad en Catamarca o El Cruzado en Córdoba) no era un pasatiempo ni un mecanismo para ganar fama. Lo entendía como una extensión de su vocación de servicio. Si el púlpito le servía para pacificar y unir las almas bajo la ley, el periódico era el aula comunitaria para educar al ciudadano. En sus textos se trasluce una pasión por la verdad, la moral pública y la necesidad de que el debate político no cayera en el canibalismo que había desangrado al país por décadas.

2. La ética frente a la grieta del siglo XIX

El siglo XIX argentino estuvo marcado por un periodismo marcadamente faccioso, violento y militante; los diarios se fundaban para destruir al oponente político. Esquiú se plantó de manera muy distinta. Su pluma se caracterizó por:

*La búsqueda de consensos: Evitaba el insulto personal y elevaba la discusión hacia los principios de justicia y libertad.

*La independencia de criterio: No dudaba en señalar los errores de los gobernantes de turno, incluso si eran cercanos a su pensamiento, ganándose tanto el respeto como la incomodidad del poder político.

*La defensa de la libertad de prensa: La entendía como un derecho fundamental, pero siempre ligada a la responsabilidad. Para él, una prensa sin moral era un peligro social tan grande como la tiranía.

3. La palabra como herramienta de paz

Su intervención periodística más recordada está sintonizada con el espíritu de su famoso sermón de 1853. Esquiú utilizó las páginas impresas para pedir la subordinación a la ley. En un contexto donde la tentación de volver a las armas era constante, sus artículos evocaban la racionalidad. Esquiú demostró que el periodista debe ser, ante todo, un constructor de la ciudadanía, alguien que traduce la complejidad del momento histórico en un llamado a la convivencia pacífica.

"No hay libertad sin ley, ni ley sin moral pública". Esta premisa, que guio su vida, fue el núcleo de su producción periodística.

La vigencia de Esquiú en este campo es total. En tiempos donde la inmediatez y la polarización suelen dominar la agenda mediática, su legado nos recuerda el verdadero norte del oficio: el periodismo como un compromiso inquebrantable con la verdad, el respeto por el disenso y la responsabilidad social del comunicador.

Queridos periodistas: Jesús en la Eucaristía se hace "pan partido y repartido" para la vida del mundo. Ésta es una invitación para ustedes. Que su profesión sea un modo de gastar la vida por los demás. Que cuando informen, sus palabras no lleven el veneno del odio, sino la luz de la claridad y la verdad. Que cuando opinen, respeten la verdad del otro. Y que, al salir de esta celebración, fortalecidos por el Pan de Vida, vuelvan a sus redacciones, a sus micrófonos, a sus celulares y a sus cámaras con el corazón encendido, sabiendo que servir a la verdad del hombre es, en definitiva, una forma oculta y hermosa de servir a la Verdad de Dios, que es Amor. Y, por favor, siempre tengan presente la máxima de san Agustín: “No hay Verdad que justifique una falta de Caridad”. ¡De cuántos males se libraría la sociedad humana, si la tuviéramos presente!

Que la Virgen del Valle, que conservaba todo, meditándolo en su corazón, y el beato Mamerto Esquiú, que fue un gigante de la palabra en el púlpito y en la prensa, los guíen y los protejan siempre. ¡Así sea!

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