En su mensaje mencionó a nuestro Beato Mamerto Esquiú.
Unos días después, Jesús volvió a Cafarnaúm y se difundió la noticia de
que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera
delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra.
Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres.
Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo
sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla
con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo,
tus pecados te son perdonados».
Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: «¿Qué
está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los
pecados, sino sólo Dios?
Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están
pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados",
o "Levántate, toma tu camilla y camina"? Para que ustedes sepan que
el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo
al paralítico– yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa».
Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos.
La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto
nada igual».
Marcos 2, 1-12
El mensaje que compartiré quiere
ser un aporte, a la luz de la Palabra de Dios, para la reflexión de todos los
actores de la sociedad argentina, convencido de que entre todos construimos la
Patria, más allá de saber que, luego, algunas frases puedan ser tomadas de manera
aislada para querer alimentar la fragmentación.
Como aquella gente en Cafarnaúm,
hoy 25 de mayo también nosotros nos reunimos en torno a Jesús y su Palabra para
juntos rezar y pedir por nuestra Patria.
Cuatro hombres acercan un
paralítico a Jesús, alguien que no podía caminar, que no podía pararse por sus
propias fuerzas. Hoy también muchos hermanos experimentan estar paralizados en
sus esperanzas, en sus oportunidades, en su dignidad. Desde hace muchos años se
sienten postrados, tirados al borde del camino de la vida, y ya no tienen
fuerzas para seguir, no pueden sostenerse en sus derechos tan postergados.
Y no es cuestión de buscar
rápidamente responsables, que, con sinceridad, y cada uno desde su lugar, un
poco somos todos, sino en tomar conciencia que tenemos la enorme responsabilidad
de ayudar a curar tantas parálisis personales, familiares, y también sociales. Como
aquellos cuatro hombres, que se hicieron cargo, que no buscaron culpables, sino
soluciones.
Ellos podían caminar, y esto los
hizo solidarios con el dolor ajeno; la vida seguramente les dio más
oportunidades, y por eso fueron más sensibles frente al paralítico. No lo
dejaron tirado, porque nadie es descartable, nadie es desechable, todos somos
importantes, comenzando por los abuelos, los niños, los enfermos, las personas
con discapacidad, los adolescentes y jóvenes atravesados por la droga, los
trabajadores informales y precarizados, y tantos más.
El Papa León XIV nos recuerda que
la pregunta recurrente es siempre la
misma: ¿los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles no tienen
nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como
seres humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra respuesta a
estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también nuestro
futuro. O reconquistamos nuestra dignidad moral y espiritual, o caemos como en
un pozo de suciedad 1.
Como no podían acercar el enfermo
a Jesús a causa de la multitud, levantan el techo de la casa y descuelgan la
camilla con el paralítico. No se dejan ganar por el “no se puede”, por el desaliento; tampoco por el “siempre se hizo así”. Al contrario, la
creatividad y la audacia pueden más, y se animan; y lo hacen juntos, unidos.
Una empresa tan difícil y arriesgada solo fue posible porque se pusieron de
acuerdo, porque dejaron de lado por un rato sus diferencias, porque pusieron en
el centro de su misión al paralítico; se pusieron a su servicio, no se
sirvieron de él; porque tuvieron el mismo objetivo: acercarlo a Jesús. En términos
políticos: acordaron, consensuaron; se plantearon una tarea común pensando en
los más frágiles.
Cuatro hombres fueron los que
hicieron la diferencia. Cuatro personas capaces de cargar la camilla del otro.
Y por qué no, cuatro actores que son esenciales para la Argentina de hoy; el actor del bien común (no como la suma de
intereses, sino como la capacidad de una Nación de velar por todos sus hijos,
especialmente por los más necesitados). El actor
del diálogo, escuchando a todos, respetando, hablando cordialmente,
buscando consensos en la diversidad. El actor
de la amistad social, basta de arengar la división y la polarización porque
nadie se salva solo, como nos decía Francisco 2. Y por último, pero no menos importante, el actor de la esperanza, que como un motor interno, anima cotidianamente
a tantos argentinos que todos los días hacen enormes esfuerzos y siguen apostando
por un futuro mejor. Cuatro amigos, cuatro actores capaces de cargar lo que hoy
tiene paralizado a nuestro pueblo y a su clase dirigente; cuatro acuerdos
fundamentales: el bien común, el diálogo, la amistad social y la esperanza.
Un verdadero ejemplo para todos
nosotros, porque no nos podemos permitir ser ingenuos: la sombra de una nube de
desmembramiento social se asoma en el horizonte mientras diversos intereses
juegan su partida, ajenos a las necesidades de todos; el “sálvese quien pueda” no es más que expresión de un individualismo cruel
que rompe los vínculos de fraternidad y descompone la Nación, porque terminamos
siendo solo una suma de individuos en un mismo territorio donde cada uno piensa
en sí mismo y en el propio bienestar.
Hasta Jesús queda sorprendido de
la fe de aquellos hombres que cargan al paralítico. El pueblo argentino es un
pueblo de fe, un pueblo que, a pesar de las crisis crónicas y dificultades
constantes sigue adelante y se pone la
Patria al hombro. De esa reserva espiritual heredada de nuestros abuelos
brotan nuestra dignidad, nuestra capacidad de trabajo duro y solidario, nuestra
serenidad aguantadora y esperanzada. Lo que nos falta es una clase dirigente
que con la fuerza de ese pueblo se anime al diálogo, al encuentro, a la reconciliación;
y que lo haga por los que no pueden más, por los que perdieron las ganas de seguir,
por los que sufren la parálisis de la falta de trabajo, de educación, de
oportunidades.
Unos escribas que estaban
sentados mirando el esfuerzo de aquellos hombres y el milagro de Jesús, se
pusieron a hablar y criticar, apoltronados en su comodidad y en sus seguridades.
Viven de privilegios; alejados del común de la gente, perdieron la sensibilidad
con los que sufren, critican a los que intentan hacer el bien. Odiadores de
aquella época, sentados en la casa de Cafarnaúm, haters de hoy, sentados frente
a una computadora de su escritorio, o cómodamente instalados delante de una
pantalla para hacer terrorismo de las redes, descalificando, difamando. Qué
vigencia tienen las palabras del Papa León cuando decía en febrero de este año:
los invito a abstenerse de utilizar
palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el
lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar
mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.
Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad:
en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en
los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades
cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de
esperanza y paz 3.
Y así como aquellos escribas no
lo detienen a Jesús en su deseo de sanar al paralítico, los violentos de hoy no
tienen que detener a los hombres y mujeres que en nuestra Argentina quieren dar
una mano, y hacer algo por la Patria con esfuerzo silencioso y paciente, sin estridencias,
sin cámaras, pero con el compromiso de un pueblo que no se resigna a vivir mal,
sin justicia, sin paz.
Como en el evangelio, Jesús nos
dice a todos:
Argentina levántate, vos podés. Levantarse es signo de
resurrección, es un llamado a revitalizar la urdimbre del tejido de nuestra
sociedad; es ponerse de pie y caminar juntos venciendo la invalidez de la
desesperanza que nos lleva a hacer componendas rastreras, de la intolerancia
que fermenta en nuevas formas de violencia, de la tristeza crónica que a veces
se nos pega en el alma y nos hace creer que nunca vamos a salir adelante. Por
eso, con el beato fray Mamerto Esquiú, a
quien recordamos especialmente en el bicentenario de su nacimiento, decimos:
¡República
Argentina! ¡Noble Patria! (…) ¡Todos tus hijos te consagramos nuestros sudores,
y nuestras manos no descansarán, hasta que te veamos en posesión de tus
derechos, rebosando orden, vida y prosperidad! 4.
Argentina, toma tu camilla; es decir, no te olvides de tu historia,
de los momentos en que parecía que no podías avanzar, de los próceres que te
ayudaron a caminar, de los héroes que entregaron su vida por la libertad; de
ese pueblo fiel que supo ponerse a los demás al hombro. Memoria agradecida y
reconciliada por las raíces de la Nación y por los que personalmente nos
ayudaron y nos dieron la oportunidad de salir adelante; esto nos hará más buenos,
más generosos y más solidarios con los que aún siguen postrados. Eso se llama empatía.
Por eso es cruel y escandalosa la ostentación, el despilfarro, el derroche.
Y hacia el final, Jesús le dice
al paralítico, Vete a tu casa; al hogar, a la familia; no como uno más, un
número, sino como miembro de una comunidad, protagonista de su vida, no como un
objeto de beneficencia. Que Argentina sea casa, sea mesa familiar a la que se sienten
todos sus habitantes. Vivimos tiempos complejos, por eso es necesario estar
unidos y comprometidos con los más pobres. El llamado evangélico de hoy nos
pide refundar el vínculo social y político entre los argentinos. Si apostamos a
una Argentina donde no estén todos sentados en la mesa, donde solamente unos
pocos se beneficien, el tejido social se destruye, las brechas se agrandan y
entonces terminamos siendo una sociedad camino al enfrentamiento.
La Proclama de la Primera Junta
de Gobierno dirigida a todos los habitantes del Río de la Plata del 26 de mayo
de 1810 decía:
"Entregaos a la más estrecha unión y conformidad recíproca. Llevad
a las Provincias todas de nuestra dependencia, y aún más allá, si puede ser,
hasta los últimos términos de la tierra, la persuasión del ejemplo de vuestra
cordialidad, y del verdadero interés con que todos debemos cooperar a la
consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de un modo estable la
tranquilidad y bien general a que aspiramos" 5.
El primer mensaje del primer
gobierno patrio al pueblo es un llamado a la unidad. No a la uniformidad, sino
a la "conformidad recíproca" y a la "cordialidad". El sueño
fundacional fue siempre la unión. Hagámoslo realidad. Por nosotros, por
nuestros abuelos, por las futuras generaciones.
Que la Virgen María, Nuestra
Señora de Luján, patrona de Argentina, interceda por nuestro país, por sus
gobernantes y por todo nuestro pueblo que, desde su fe más profunda, sabe que
Ella nos cuida siempre.
Monseñor Jorge Ignacio García
Cuerva
Arzobispo de Buenos Aires
25 de mayo 2026
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1 LEÓN XIV, Exhortación
apostólica Dilexit te 95, Ciudad del Vaticano 2025
2 Cfr FRANCISCO, Momento
extraordinario de oración en tiempos de epidemia, Ciudad del Vaticano 2020
3 LEÓN XIV, Mensaje para la
Cuaresma de 2026, Ciudad del Vaticano 2026
4 ESQUIÚ, Mamerto, Sermón I, 1853
en Fray Mamerto Esquiú, La vida y la
obra, Cinco sermones célebres, Buenos Aires 1958
5 Actas Capitulares del Cabildo
de Buenos Aires, 1810-1811, en CELSO Ramón Lorenzo, Manual de Historia Constitucional Argentina, Buenos Aires 1994.
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