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31 mayo 2026

Mons. Urbanč: “Llegar a los 44 años de sacerdocio no es un logro personal; es un milagro de la misericordia de Dios”

En esta misma celebración, reflexionó en torno al encuentro que se realiza en Catamarca, afirmando que la Pastoral Social “es el amor trinitario haciéndose carne en las calles, en los barrios y en las periferias de nuestro mundo”.

 

En la noche del sábado 30 de mayo, día de San Fernando, rey, el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, dio gracias a Dios por sus 44 años de sacerdocio durante la Santa Misa que presidió en la capilla de la casa de retiros espirituales Emaús, donde se lleva a cabo el Encuentro de Equipos de Pastoral Social del NOA, que finaliza este domingo.

Lo acompañaron concelebrando sus hermanos en el episcopado, Mons. Dante Braida, de La Rioja; Mons. José Antonio Díaz, de Concepción; y Mons. Luis Scozzina; el padre Lucas Segura, responsable de la Pastoral Social de Catamarca; entre otros presbíteros participantes del encuentro, y su hermano Francisco Urbanč, sacerdote de la Arquidiócesis de Tucumán, quien llegó para compartir esta acción de gracias.

En su homilía reflexionó sobre la Santísima Trinidad, afirmando que “celebramos a un Dios que no es soledad ni aislamiento, sino que es familia, comunión y un desborde inagotable de amor”.

Luego se refirió a esta fecha importante en su vida de consagrado, compartiendo con la asamblea que “para mí, esta fiesta tiene un matiz profundamente personal y emotivo, pues estoy dando gracias por 44 años de vida sacerdotal, de caminar junto al Santo Pueblo de Dios como sacerdote, intentando ser un instrumento, aunque frágil, de ese Amor Trinitario”.

“Al mirar hacia atrás en estos 44 años de ministerio, me doy cuenta de que la vida de un sacerdote sólo tiene sentido a la luz de este misterio trinitario. Mi ministerio comenzó y se sostiene en esas mismas palabras con las que tantas veces he bautizado a tantos niños y adultos: ‘En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo’. Todo lo que un sacerdote hace, no lo hace en su propio nombre. Cuando perdono los pecados en el confesionario, cuando consagro el pan y el vino en el altar, cuando unjo a los enfermos, es la Trinidad misma la que actúa, sana y salva a través de mis manos cansadas y pecadoras”, reflexionó.

Y continuó: “Si Dios es familia, la vocación principal del sacerdote es construir comunidad. A lo largo de estas más de cuatro décadas, mi mayor deseo ha sido reunir a los redimidos por Cristo alrededor de la mesa del Altar, intentando que nuestras comunidades fueran un reflejo terrenal de esa familia celestial. He compartido alegrías en tantas bodas y bautismos, y he llorado en las despedidas y en el dolor. En todas esas experiencias, he visto a Dios presente entre nosotros”.

 

“Un milagro de la misericordia de Dios”

Con emoción consideró que “llegar a los 44 años de sacerdocio no es un logro personal; es un milagro de la misericordia de Dios. Como ser humano, he tenido mis fallas, mis dudas y mis momentos de fatiga. Pero en cada instante de debilidad, el amor del Padre me ha levantado, la amistad del Hijo me ha guiado y el fuego del Espíritu Santo ha renovado mi vocación. Hoy, la palabra que más resuena en mi corazón es Gracias. Gracias a Dios Trinidad” y “a la Iglesia, en la que está representada mi familia de origen, la parroquia en la que crecí, las parroquias en las que serví, el seminario Mayor de Tucumán y esta diócesis de Catamarca”.

Luego se confió a las plegarias del Pueblo de Dios: “Les pido hoy un regalo especial por este aniversario: sigan rezando por mí. Recen para que, en los años que Dios me conceda seguir sirviendo, mi vida sea una alabanza continua. Que todo lo que haga, diga y piense sea siempre: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y por los siglos de los siglos”.

 

El corazón de la Pastoral Social

Para iluminar la primera jornada de trabajo de los participantes del encuentro de la Pastoral Social del NOA, que culmina este domingo 31, señaló que “si creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios-Comunión, entonces nuestra fe no puede vivirse en el aislamiento. Y es aquí, exactamente, donde está el corazón de nuestra Pastoral Social, que no es una ‘ONG piadosa’ ni un simple departamento de reflexión o beneficencia de la Iglesia. Es el intento valiente y cotidiano de hacer que nuestra sociedad se parezca un poco más a la Trinidad. Es el amor trinitario haciéndose carne en las calles, en los barrios y en las periferias de nuestro mundo”.

También manifestó que “desde la Pastoral Social, mirar el mundo con los ojos del Padre significa reconocer la dignidad inalienable de cada ser humano. Cuando la sociedad descarta al anciano, ignora al migrante, invisibiliza al pobre o se olvida del que no produce, está rompiendo el sueño del Padre. Nuestro trabajo social es, ante todo, un acto de fe en la Creación: es recordarle a cada persona herida por la injusticia que tiene un Padre que la ama y que su vida tiene un valor sagrado”.

 

“La pedagogía de la Trinidad en el mundo”

Más adelante expresó que “la Pastoral Social es, en definitiva, la pedagogía de la Trinidad en el mundo. Es pasar del ‘yo’ egoísta al ‘nosotros’ solidario y fraterno. Por tanto, hermanos, si comulgamos el Cuerpo de Cristo el domingo, pero somos indiferentes al cuerpo sufriente de Cristo en nuestros barrios el lunes, nuestra fe está incompleta y enferma. La Trinidad nos llama a salir de nosotros mismos y ponernos en los zapatos del otro”.

Hacia el final pidió “al Padre que nos dé sus ojos para ver la dignidad de todos, al Hijo que nos preste sus manos para servir con humildad, y al Espíritu Santo que encienda en nuestra comunidad el fuego del amor activo y transformador. Que nuestra vida y nuestro compromiso social sean siempre un reflejo vivo, alegre y valiente de la Santísima Trinidad”.

Por último, imploró: “Madre del Valle y todos los santos y beatos argentinos, ayúdennos a ser ‘iglesia en salida’, ‘hospital de campaña’, ‘samaritanos alegres y generosos’, verdaderos discípulos-misioneros de Jesucristo para que la humanidad toda tenga Vida Plena en Jesucristo”.

Luego de la Comunión, toda la asamblea alabó con el canto a Nuestra Madre del Valle, Patrona del NOA.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe y de nuestra vida cristiana: la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Celebramos a un Dios que no es soledad ni aislamiento, sino que es familia, comunión y un desborde inagotable de amor.

Pero hoy, para mí, esta fiesta tiene un matiz profundamente personal y emotivo, pues estoy dando gracias por 44 años de vida sacerdotal, de caminar junto al Santo Pueblo de Dios como sacerdote, intentando ser un instrumento, aunque frágil, de ese Amor Trinitario.

A menudo, pensamos en la Trinidad como un enigma matemático difícil de resolver: ¿cómo pueden ser tres y, al mismo tiempo, uno?

Sin embargo, la Trinidad no es un acertijo matemático de ‘tres en uno’. Es la revelación más íntima de quién es Dios: Dios no es soledad, es comunión. Dios es familia, es un abrazo eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Trinidad no es un problema para ser resuelto por nuestra inteligencia; es un misterio de amor para ser vivido, compartido y celebrado.

El Padre nos muestra el origen de todo amor, la fuente inagotable de vida que nos abraza con misericordia.

El Hijo nos muestra el amor encarnado, el rostro humano de Dios que camina con nosotros, sufre con nosotros y nos salva.

El Espíritu Santo es el amor en movimiento, la fuerza invisible, pero real que nos une, consuela e impulsa a salir de nosotros mismos.

Dios es comunión. Y porque fuimos creados a su imagen y semejanza, nosotros también estamos hechos para la comunión. No podemos ser cristianos en solitario o gnósticamente.

Al mirar hacia atrás en estos 44 años de ministerio, me doy cuenta de que la vida de un sacerdote sólo tiene sentido a la luz de este misterio trinitario.

Mi ministerio comenzó y se sostiene en esas mismas palabras con las que tantas veces he bautizado a tantos niños y adultos: "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Todo lo que un sacerdote hace, no lo hace en su propio nombre. Cuando perdono los pecados en el confesionario, cuando consagro el pan y el vino en el altar, cuando unjo a los enfermos, es la Trinidad misma la que actúa, sana y salva a través de mis manos cansadas y pecadoras.

Si Dios es familia, la vocación principal del sacerdote es construir comunidad. A lo largo de estas más de cuatro décadas, mi mayor deseo ha sido reunir a los redimidos por Cristo alrededor de la mesa del Altar, intentando que nuestras comunidades fueran un reflejo terrenal de esa familia celestial. He compartido alegrías en tantas bodas y bautismos, y he llorado en las despedidas y en el dolor. En todas esas experiencias, he visto a Dios presente entre nosotros.

Llegar a los 44 años de sacerdocio no es un logro personal; es un milagro de la misericordia de Dios. Como ser humano, he tenido mis fallas, mis dudas y mis momentos de fatiga. Pero en cada instante de debilidad, el amor del Padre me ha levantado, la amistad del Hijo me ha guiado y el fuego del Espíritu Santo ha renovado mi vocación.

Hoy, la palabra que más resuena en mi corazón es Gracias.

*Gracias a Dios Trinidad, por haberme llamado sin mérito alguno de mi parte, y por haberme sostenido con una fidelidad que supera mi comprensión.

*Gracias a la Iglesia, en la que está representada mi familia de origen, la parroquia en la que crecí, las parroquias en las que serví, el seminario Mayor de Tucumán y esta diócesis de Catamarca. Esta Iglesia me ha enseñado a amar al Santo Pueblo de Dios, me ha ayudado a ser familia, a ser pastor, hermano, servidor, me ha perdonado y me ha sostenido y me sostiene con sus oraciones y su cariño. Un sacerdote no es nada fuera de la Iglesia, fuera de la comunidad.

Hermanos, la fiesta de hoy no nos aleja de la realidad, sino que nos sumerge en ella. Nos recuerda que estamos envueltos en el amor de Dios desde que hacemos la señal de la cruz por la mañana hasta que cerramos los ojos por la noche. Les pido hoy un regalo especial por este aniversario: sigan rezando por mí. Recen para que, en los años que Dios me conceda seguir sirviendo, mi vida sea una alabanza continua. Que todo lo que haga, diga y piense sea siempre: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Pero no termino aquí. Amerita que iluminemos nuestra jornada de trabajo. Si creemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios-Comunión, entonces nuestra fe no puede vivirse en el aislamiento. Y es aquí, exactamente, donde está el corazón de nuestra Pastoral Social, que no es una "ONG piadosa" ni un simple departamento de reflexión o beneficencia de la Iglesia. Es el intento valiente y cotidiano de hacer que nuestra sociedad se parezca un poco más a la Trinidad. Es el amor trinitario haciéndose carne en las calles, en los barrios y en las periferias de nuestro mundo.

Veamos cómo cada una de las personas de la Santísima Trinidad nos impulsa y da forma a nuestro compromiso social:

*El Padre nos conduce a la defensa innegociable de la dignidad humana. Es el origen de la vida, el Creador que ha mirado su obra y ha dicho que "era muy buena". Para el Padre, no hay hijos de primera y de segunda categoría. Él no crea material de descarte.

Desde la Pastoral Social, mirar el mundo con los ojos del Padre significa reconocer la dignidad inalienable de cada ser humano. Cuando la sociedad descarta al anciano, ignora al migrante, invisibiliza al pobre o se olvida del que no produce, está rompiendo el sueño del Padre. Nuestro trabajo social es, ante todo, un acto de fe en la Creación: es recordarle a cada persona herida por la injusticia que tiene un Padre que la ama y que su vida tiene un valor sagrado.

*El Hijo se ensució las manos y quiso quedar reflejado en el rostro de cada ser humano. No nos amó desde lejos. Se encarnó, asumió nuestra fragilidad humana, nació en la pobreza y murió en la cruz de los marginados. Él mismo nos dio el criterio definitivo con el que seremos juzgados: "Tuve hambre, y me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber" (Mt 25,35). La Pastoral Social es ser las manos, los pies y el corazón de Cristo, en este tiempo fantástico de la historia humana. No nos acercamos al pobre o al vulnerable desde la superioridad del que da una limosna, sino desde la reverencia del que sabe que en el rostro del hermano sufriente está el rostro mismo de Cristo. El Hijo nos enseña que el amor social requiere mancharse las manos, tocar la carne herida de la humanidad, escuchar historias difíciles, hilvanar sueños e iniciativas que humanizan y caminar junto a los que sufren y son ignorados.

*El Espíritu Santo es el motor de la comunión, de la justicia, de la misericordia y de la paz. Es el amor que une al Padre y al Hijo; es el aliento que da vida y renueva la faz de la tierra. En un mundo fracturado por el individualismo, la polarización y el egoísmo, el Espíritu es quien derriba los muros y construye puentes.  En nuestra tarea pastoral, es el Espíritu Santo quien nos saca de nuestra comodidad y nos empuja a ser una "Iglesia en salida". Él nos da la valentía para denunciar y sanear las estructuras de pecado que generan pobreza, sembrando la esperanza con obras concretas. Es el Espíritu quien nos enseña a tejer redes, a trabajar en comunidad y a entender que nadie se salva solo.

La Pastoral Social es, en definitiva, la pedagogía de la Trinidad en el mundo. Es pasar del "yo" egoísta al "nosotros" solidario y fraterno.

Por tanto, hermanos, si comulgamos el Cuerpo de Cristo el domingo, pero somos indiferentes al cuerpo sufriente de Cristo en nuestros barrios el lunes, nuestra fe está incompleta y enferma. La Trinidad nos llama a salir de nosotros mismos y ponernos en los zapatos del otro.

Pidámosle hoy al Padre que nos dé sus ojos para ver la dignidad de todos, al Hijo que nos preste sus manos para servir con humildad, y al Espíritu Santo que encienda en nuestra comunidad el fuego del amor activo y transformador. Que nuestra vida y nuestro compromiso social sean siempre un reflejo vivo, alegre y valiente de la Santísima Trinidad.

Madre del Valle y todos los santos y beatos argentinos, ayúdennos a ser ‘iglesia en salida’, ‘hospital de campaña’, ‘samaritanos alegres y generosos’, verdaderos discípulos-misioneros de Jesucristo para que la humanidad toda tenga Vida Plena en Jesucristo. Amén.

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