En esta misma celebración, reflexionó en torno al encuentro que se realiza en Catamarca, afirmando que la Pastoral Social “es el amor trinitario haciéndose carne en las calles, en los barrios y en las periferias de nuestro mundo”.
En
la noche del sábado 30 de mayo, día de San Fernando, rey, el obispo diocesano, Mons.
Luis Urbanč, dio gracias a Dios por sus 44 años de sacerdocio durante la Santa
Misa que presidió en la capilla de la casa de retiros espirituales Emaús, donde
se lleva a cabo el Encuentro de Equipos de Pastoral Social del NOA, que
finaliza este domingo.
Lo
acompañaron concelebrando sus hermanos en el episcopado, Mons. Dante Braida, de
La Rioja; Mons. José Antonio Díaz, de Concepción; y Mons. Luis Scozzina; el
padre Lucas Segura, responsable de la Pastoral Social de Catamarca; entre otros
presbíteros participantes del encuentro, y su hermano Francisco Urbanč,
sacerdote de la Arquidiócesis de Tucumán, quien llegó para compartir esta
acción de gracias.
En
su homilía reflexionó sobre la Santísima Trinidad, afirmando que “celebramos a
un Dios que no es soledad ni aislamiento, sino que es familia, comunión y un
desborde inagotable de amor”.
Luego
se refirió a esta fecha importante en su vida de consagrado, compartiendo con
la asamblea que “para mí, esta fiesta tiene un matiz profundamente personal y
emotivo, pues estoy dando gracias por 44 años de vida sacerdotal, de caminar
junto al Santo Pueblo de Dios como sacerdote, intentando ser un instrumento,
aunque frágil, de ese Amor Trinitario”.
“Al
mirar hacia atrás en estos 44 años de ministerio, me doy cuenta de que la vida
de un sacerdote sólo tiene sentido a la luz de este misterio trinitario. Mi
ministerio comenzó y se sostiene en esas mismas palabras con las que tantas
veces he bautizado a tantos niños y adultos: ‘En el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo’. Todo lo que un sacerdote hace, no lo hace en su
propio nombre. Cuando perdono los pecados en el confesionario, cuando consagro
el pan y el vino en el altar, cuando unjo a los enfermos, es la Trinidad misma
la que actúa, sana y salva a través de mis manos cansadas y pecadoras”,
reflexionó.
Y
continuó: “Si Dios es familia, la vocación principal del sacerdote es construir
comunidad. A lo largo de estas más de cuatro décadas, mi mayor deseo ha sido
reunir a los redimidos por Cristo alrededor de la mesa del Altar, intentando
que nuestras comunidades fueran un reflejo terrenal de esa familia celestial.
He compartido alegrías en tantas bodas y bautismos, y he llorado en las
despedidas y en el dolor. En todas esas experiencias, he visto a Dios presente
entre nosotros”.
“Un milagro de la misericordia de Dios”
Con
emoción consideró que “llegar a los 44 años de sacerdocio no es un logro
personal; es un milagro de la misericordia de Dios. Como ser humano, he tenido
mis fallas, mis dudas y mis momentos de fatiga. Pero en cada instante de
debilidad, el amor del Padre me ha levantado, la amistad del Hijo me ha guiado
y el fuego del Espíritu Santo ha renovado mi vocación. Hoy, la palabra que más
resuena en mi corazón es Gracias. Gracias a Dios Trinidad” y “a la Iglesia, en
la que está representada mi familia de origen, la parroquia en la que crecí,
las parroquias en las que serví, el seminario Mayor de Tucumán y esta diócesis
de Catamarca”.
Luego
se confió a las plegarias del Pueblo de Dios: “Les pido hoy un regalo especial
por este aniversario: sigan rezando por mí. Recen para que, en los años que
Dios me conceda seguir sirviendo, mi vida sea una alabanza continua. Que todo
lo que haga, diga y piense sea siempre: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo, ahora y por los siglos de los siglos”.
El corazón de la Pastoral Social
Para
iluminar la primera jornada de trabajo de los participantes del encuentro de la
Pastoral Social del NOA, que culmina este domingo 31, señaló que “si creemos
que hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios-Comunión, entonces
nuestra fe no puede vivirse en el aislamiento. Y es aquí, exactamente, donde
está el corazón de nuestra Pastoral Social, que no es una ‘ONG piadosa’ ni un
simple departamento de reflexión o beneficencia de la Iglesia. Es el intento
valiente y cotidiano de hacer que nuestra sociedad se parezca un poco más a la
Trinidad. Es el amor trinitario haciéndose carne en las calles, en los barrios
y en las periferias de nuestro mundo”.
También
manifestó que “desde la Pastoral Social, mirar el mundo con los ojos del Padre significa
reconocer la dignidad inalienable de cada ser humano. Cuando la sociedad
descarta al anciano, ignora al migrante, invisibiliza al pobre o se olvida del
que no produce, está rompiendo el sueño del Padre. Nuestro trabajo social es,
ante todo, un acto de fe en la Creación: es recordarle a cada persona herida
por la injusticia que tiene un Padre que la ama y que su vida tiene un valor
sagrado”.
“La pedagogía de la Trinidad en el
mundo”
Más
adelante expresó que “la Pastoral Social es, en definitiva, la pedagogía de la
Trinidad en el mundo. Es pasar del ‘yo’ egoísta al ‘nosotros’ solidario y
fraterno. Por tanto, hermanos, si comulgamos el Cuerpo de Cristo el domingo,
pero somos indiferentes al cuerpo sufriente de Cristo en nuestros barrios el lunes,
nuestra fe está incompleta y enferma. La Trinidad nos llama a salir de nosotros
mismos y ponernos en los zapatos del otro”.
Hacia
el final pidió “al Padre que nos dé sus ojos para ver la dignidad de todos, al
Hijo que nos preste sus manos para servir con humildad, y al Espíritu Santo que
encienda en nuestra comunidad el fuego del amor activo y transformador. Que
nuestra vida y nuestro compromiso social sean siempre un reflejo vivo, alegre y
valiente de la Santísima Trinidad”.
Por
último, imploró: “Madre del Valle y todos los santos y beatos argentinos,
ayúdennos a ser ‘iglesia en salida’, ‘hospital de campaña’, ‘samaritanos
alegres y generosos’, verdaderos discípulos-misioneros de Jesucristo para que
la humanidad toda tenga Vida Plena en Jesucristo”.
Luego
de la Comunión, toda la asamblea alabó con el canto a Nuestra Madre del Valle,
Patrona del NOA.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy
la Iglesia nos invita a contemplar el misterio central de nuestra fe y de
nuestra vida cristiana: la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Celebramos a un
Dios que no es soledad ni aislamiento, sino que es familia, comunión y un
desborde inagotable de amor.
Pero
hoy, para mí, esta fiesta tiene un matiz profundamente personal y emotivo, pues
estoy dando gracias por 44 años de vida sacerdotal, de caminar junto al Santo
Pueblo de Dios como sacerdote, intentando ser un instrumento, aunque frágil, de
ese Amor Trinitario.
A
menudo, pensamos en la Trinidad como un enigma matemático difícil de resolver:
¿cómo pueden ser tres y, al mismo tiempo, uno?
Sin
embargo, la Trinidad no es un acertijo matemático de ‘tres en uno’. Es la revelación
más íntima de quién es Dios: Dios no es soledad, es comunión. Dios es familia,
es un abrazo eterno entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La Trinidad no
es un problema para ser resuelto por nuestra inteligencia; es un misterio de
amor para ser vivido, compartido y celebrado.
El
Padre nos muestra el origen de todo amor, la fuente inagotable de vida que nos
abraza con misericordia.
El
Hijo nos muestra el amor encarnado, el rostro humano de Dios que camina con
nosotros, sufre con nosotros y nos salva.
El
Espíritu Santo es el amor en movimiento, la fuerza invisible, pero real que nos
une, consuela e impulsa a salir de nosotros mismos.
Dios
es comunión. Y porque fuimos creados a su imagen y semejanza, nosotros también
estamos hechos para la comunión. No podemos ser cristianos en solitario o
gnósticamente.
Al
mirar hacia atrás en estos 44 años de ministerio, me doy cuenta de que la vida
de un sacerdote sólo tiene sentido a la luz de este misterio trinitario.
Mi
ministerio comenzó y se sostiene en esas mismas palabras con las que tantas
veces he bautizado a tantos niños y adultos: "En el nombre del Padre, y
del Hijo, y del Espíritu Santo". Todo lo que un sacerdote hace, no lo hace
en su propio nombre. Cuando perdono los pecados en el confesionario, cuando
consagro el pan y el vino en el altar, cuando unjo a los enfermos, es la
Trinidad misma la que actúa, sana y salva a través de mis manos cansadas y
pecadoras.
Si
Dios es familia, la vocación principal del sacerdote es construir comunidad. A
lo largo de estas más de cuatro décadas, mi mayor deseo ha sido reunir a los
redimidos por Cristo alrededor de la mesa del Altar, intentando que nuestras
comunidades fueran un reflejo terrenal de esa familia celestial. He compartido
alegrías en tantas bodas y bautismos, y he llorado en las despedidas y en el
dolor. En todas esas experiencias, he visto a Dios presente entre nosotros.
Llegar
a los 44 años de sacerdocio no es un logro personal; es un milagro de la
misericordia de Dios. Como ser humano, he tenido mis fallas, mis dudas y mis
momentos de fatiga. Pero en cada instante de debilidad, el amor del Padre me ha
levantado, la amistad del Hijo me ha guiado y el fuego del Espíritu Santo ha
renovado mi vocación.
Hoy,
la palabra que más resuena en mi corazón es Gracias.
*Gracias
a Dios Trinidad, por haberme llamado sin mérito alguno de mi parte, y por
haberme sostenido con una fidelidad que supera mi comprensión.
*Gracias
a la Iglesia, en la que está representada mi familia de origen, la parroquia en
la que crecí, las parroquias en las que serví, el seminario Mayor de Tucumán y
esta diócesis de Catamarca. Esta Iglesia me ha enseñado a amar al Santo Pueblo
de Dios, me ha ayudado a ser familia, a ser pastor, hermano, servidor, me ha
perdonado y me ha sostenido y me sostiene con sus oraciones y su cariño. Un
sacerdote no es nada fuera de la Iglesia, fuera de la comunidad.
Hermanos,
la fiesta de hoy no nos aleja de la realidad, sino que nos sumerge en ella. Nos
recuerda que estamos envueltos en el amor de Dios desde que hacemos la señal de
la cruz por la mañana hasta que cerramos los ojos por la noche. Les pido hoy un
regalo especial por este aniversario: sigan rezando por mí. Recen para que, en
los años que Dios me conceda seguir sirviendo, mi vida sea una alabanza
continua. Que todo lo que haga, diga y piense sea siempre: Gloria al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.
Pero
no termino aquí. Amerita que iluminemos nuestra jornada de trabajo. Si creemos
que hemos sido creados a imagen y semejanza de este Dios-Comunión, entonces
nuestra fe no puede vivirse en el aislamiento. Y es aquí, exactamente, donde
está el corazón de nuestra Pastoral Social, que no es una "ONG
piadosa" ni un simple departamento de reflexión o beneficencia de la Iglesia.
Es el intento valiente y cotidiano de hacer que nuestra sociedad se parezca un
poco más a la Trinidad. Es el amor trinitario haciéndose carne en las calles,
en los barrios y en las periferias de nuestro mundo.
Veamos
cómo cada una de las personas de la Santísima Trinidad nos impulsa y da forma a
nuestro compromiso social:
*El
Padre nos conduce a la defensa innegociable de la dignidad humana. Es el origen
de la vida, el Creador que ha mirado su obra y ha dicho que "era muy
buena". Para el Padre, no hay hijos de primera y de segunda categoría. Él
no crea material de descarte.
Desde
la Pastoral Social, mirar el mundo con los ojos del Padre significa reconocer
la dignidad inalienable de cada ser humano. Cuando la sociedad descarta al
anciano, ignora al migrante, invisibiliza al pobre o se olvida del que no
produce, está rompiendo el sueño del Padre. Nuestro trabajo social es, ante
todo, un acto de fe en la Creación: es recordarle a cada persona herida por la
injusticia que tiene un Padre que la ama y que su vida tiene un valor sagrado.
*El
Hijo se ensució las manos y quiso quedar reflejado en el rostro de cada ser
humano. No nos amó desde lejos. Se encarnó, asumió nuestra fragilidad humana,
nació en la pobreza y murió en la cruz de los marginados. Él mismo nos dio el
criterio definitivo con el que seremos juzgados: "Tuve hambre, y me dieron
de comer; tuve sed, y me dieron de beber" (Mt 25,35). La Pastoral Social
es ser las manos, los pies y el corazón de Cristo, en este tiempo fantástico de
la historia humana. No nos acercamos al pobre o al vulnerable desde la
superioridad del que da una limosna, sino desde la reverencia del que sabe que
en el rostro del hermano sufriente está el rostro mismo de Cristo. El Hijo nos
enseña que el amor social requiere mancharse las manos, tocar la carne herida
de la humanidad, escuchar historias difíciles, hilvanar sueños e iniciativas
que humanizan y caminar junto a los que sufren y son ignorados.
*El
Espíritu Santo es el motor de la comunión, de la justicia, de la misericordia y
de la paz. Es el amor que une al Padre y al Hijo; es el aliento que da vida y
renueva la faz de la tierra. En un mundo fracturado por el individualismo, la
polarización y el egoísmo, el Espíritu es quien derriba los muros y construye
puentes. En nuestra tarea pastoral, es
el Espíritu Santo quien nos saca de nuestra comodidad y nos empuja a ser una
"Iglesia en salida". Él nos da la valentía para denunciar y sanear
las estructuras de pecado que generan pobreza, sembrando la esperanza con obras
concretas. Es el Espíritu quien nos enseña a tejer redes, a trabajar en
comunidad y a entender que nadie se salva solo.
La
Pastoral Social es, en definitiva, la pedagogía de la Trinidad en el mundo. Es
pasar del "yo" egoísta al "nosotros" solidario y fraterno.
Por
tanto, hermanos, si comulgamos el Cuerpo de Cristo el domingo, pero somos
indiferentes al cuerpo sufriente de Cristo en nuestros barrios el lunes,
nuestra fe está incompleta y enferma. La Trinidad nos llama a salir de nosotros
mismos y ponernos en los zapatos del otro.
Pidámosle
hoy al Padre que nos dé sus ojos para ver la dignidad de todos, al Hijo que nos
preste sus manos para servir con humildad, y al Espíritu Santo que encienda en
nuestra comunidad el fuego del amor activo y transformador. Que nuestra vida y
nuestro compromiso social sean siempre un reflejo vivo, alegre y valiente de la
Santísima Trinidad.
Madre
del Valle y todos los santos y beatos argentinos, ayúdennos a ser ‘iglesia en
salida’, ‘hospital de campaña’, ‘samaritanos alegres y generosos’, verdaderos
discípulos-misioneros de Jesucristo para que la humanidad toda tenga Vida Plena
en Jesucristo. Amén.
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