El pueblo de Dios como tal, tiene la misión irrenunciable de mostrar el rostro misericordioso del Padre. “Qué hermosos son sobre los montes, los pies del que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación...” (Isaías 52,7). Este pueblo, revestido por la gracia del bautismo, es interpelado a ser “sujeto del anuncio y convocado a ser protagonista de la misión, porque todos somos discípulos misioneros”[1]. Y entre los que caminan, están “ellas”, las mujeres portando ternura, coraje, fortaleza, transitando los senderos que marcaron las discípulas que acompañaron a Jesús.
Hoy, el soplo de Jesús sigue manifestándose como un campo fértil en el corazón de quienes siembran con buena voluntad la cultura de la vida. Es precisamente desde esta vocación donde hacemos eco del clamor de tantas mujeres en el marco del 8 de marzo: entendemos que, en medio de los dolores del mundo, de las injusticias, de los derechos proclamados pero incumplidos, de las violencias a tantas mujeres, de falta de acceso a cubrir las necesidades básicas, de la cultura del descarte; no es posible alcanzar la plenitud de la paz ni la justicia. Ante tanto dolor en el mundo, ellas son referentes de esperanza, fuerza y consuelo; sosteniendo unas a otras, curando heridas, escuchando con oído atento, y atreviéndose a caminar con pies ligeros y corazones abiertos para transformar la sociedad. Desde todos los puntos de nuestro suelo asumen con valentía y audacia la evangelización y los liderazgos comunitarios, haciendo de ellas auténticos testigos de la resurrección. Primerean para estar con los que sufren, aún en medio de situaciones de dificultad nos enseñan que, por medio de Él, podemos atravesar las tinieblas.
El Papa León XIV, nos llama a avivar la esperanza, en Jesús, “sobre todo en la hora de la prueba, cuando la vida parece perder sentido y todo se ve más oscuro”. Permanecer en la esperanza cuando todo atenta contra ella, alentando a otros a una esperanza activa para ser plasmada en acciones concretas, lejos de una vana ilusión “a que todo cambie”. El clamor de quienes sufren no es una espera pasiva, es un altar que nos interpela a ser nosotros la respuesta viva, la mano que abraza y el pan que se reparte. Por eso, vivir la esperanza nos desafía a un profundo proceso de conversión personal y comunitaria.
En esta Cuaresma, nos sumamos al pedido de “escuchar y ayunar”[2]. Escuchar el clamor de los demás en actitud responsable para generar espacios de transformación. Escuchar la realidad como viene, sin prejuicios, ni subestimaciones; y ayunar de aquellas palabras y actitudes capaces de herir y dispersar.
Pedimos a Nuestra Madre de Luján que proteja a las mujeres, y nos fortalezca para tejer en comunidad una cultura de cuidado, respeto y justicia.
Domingo, 8 de marzo de 2026.
Área de las Mujeres
Secretariado Nacional
para los Laicos
Comisión Episcopal para
la Vida, Laicos y Familia
Conferencia Episcopal
Argentina
[1] Comisión
Teológica Internacional, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia
(2018), n. 06, citado en: Secretaría General del Sínodo, Documento Final de la
XVI Asamblea General Ordinaria (26 de octubre de 2024), n. 53.
[2] León
XIV. (2026, 5 de febrero). Mensaje para la Cuaresma 2026: Escuchar y ayunar.
La Cuaresma como tiempo de conversión. vatican.va
