“Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación tecnológica”, dijo el Obispo tomando el mensaje del Papa León para este día.
Durante la noche del domingo
17 de mayo, el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, presidió la Santa Misa celebrando
la Fiesta de la Ascensión del Señor y la 60° Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales, cuyo lema propuesto por el Papa León XIV en su mensaje para este día es
“Custodiar voces y rostros” ante los riesgos de la Inteligencia Artificial. La Eucaristía
fue concelebrada por el rector del Santuario Catedral, padre Juan Ramón Cabrera,
en el Santuario de Nuestra Señora del Valle y Catedral Basílica.
La ceremonia litúrgica contó
con la participación de comunicadores de distintos medios de comunicación
social, quienes guiaron, proclamaron la Palabra de Dios, elevaron las peticiones
al Padre Celestial y, en el momento de las ofrendas, acercaron los dones del
pan y del vino, para la preparación de la mesa eucarística.
En la primera parte de su
homilía, Mons. Urbanč se refirió a la fiesta litúrgica que celebramos este día afirmando
que “la Ascensión pone de manifiesto la glorificación de la humanidad de Jesús
que ingresa definitivamente en el ámbito divino. Es la coronación del triunfo
de Cristo. Es el punto de llegada definitivo de su Resurrección”.
“Pero, al mismo tiempo, es un
triunfo para la humanidad, porque Jesús nos ha abierto el camino hacia el
Cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a todos los
hombres... Ésta es nuestra Esperanza como cristianos; es lo que esperamos del
Señor al fin de nuestra vida terrenal”.
“La esperanza cristiana nos da
luz propia para caminar hacia la oscuridad del futuro con la certeza de
superarla. Y esta luz no viene ni de la realidad social, ni del talante o
temperamento optimista; sino del fuego del amor de Dios que arde en el propio
corazón. Por eso es una esperanza activa que nos lanza hacia afuera y hacia
adelante; nos mueve a la misión con un horizonte universal, como nos pide Jesús
en el evangelio de hoy: ‘Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio’”,
manifestó.
En otro tramo señaló: “Este
domingo celebramos la 60° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, cuyo
lema es ‘Custodiar voces y rostros’. En su mensaje, el Papa León XIV nos
recuerda que ‘El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada
persona; manifiestan su propia identidad irrepetible y son el elemento
constitutivo de todo encuentro [...] El rostro y la voz son sagrados. Nos han
sido dados por Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a
la vida con la Palabra que Él mismo nos ha dirigido [...] Custodiar los rostros
y las voces significa, en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger
con valentía, determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la
tecnología digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para
nosotros mismos los puntos críticos, las opacidades y los riesgos’ (J.
Ratzinger, Mirar a Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor. EDICEP; Valencia
1990. Pág. 76)”.
El desafío de guiar la innovación digital
“Luego de hacer una valiente
denuncia de los riesgos que conlleva el uso de la Inteligencia Artificial, sin
conciencia ética, propone como desafío para la humanidad una ‘posible alianza’
entre la innovación digital y la custodia de las voces y rostros verdaderamente
humanos”, expresó.
“El desafío que nos espera no
es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y ser conscientes de
su carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en
defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente
ser integrados por nosotros como aliados. Esta alianza es posible, pero
necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y
educación”, dijo.
Tras desarrollar estos
aspectos, indicó que el Santo Padre “concluye su mensaje con un urgente llamado
a toda la humanidad: ‘Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a expresar a
la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la verdad más
profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación
tecnológica’”.
Hacia el final, rogó a Nuestra
Madre del Valle, “que la Solemnidad de la Ascensión de tu Hijo, como también la
de tu Asunción, nos ayuden a mirar hacia arriba, buscando lo bienes del Cielo
(cf. Col 3,1-3), para que un día, cuando nuestro breve peregrinar en esta
tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad,
contigo y todos los santos”.
Asimismo, pidió “que podamos
ver los rostros y escuchar las voces de nuestros hermanos; que nada ni nadie
nos impida verlos y oírlas. Que, dándonos el tiempo para la oración, sepamos
descubrir que los otros son un don de Dios para cada uno, de manera que, todos,
podamos llegar al Cielo. Y que, jamás perdamos de vista, que estamos en el
mundo, pero que no pertenecemos a él, sino al Padre, al Hijo y al Espíritu
Santo”.
Antes de la bendición final,
el Obispo saludó a los comunicadores agradeciendo “todo el bien que hacen
comunicando”, invitándolos a “anunciar la Buena Noticia, que es Cristo, porque
Él es la salvación del mundo”.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos
hermanos:
En algún momento de la vida,
antes o después, hay algunas preguntas que nos tendremos que hacer y responder:
¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Es la muerte lo último y definitivo que me
espera? ¿Hay vida después de la muerte? ¿De qué vida se trata?
Estos punzantes interrogantes
necesitan ser respondidos para poder vivir una vida auténtica, sin engañarnos a
nosotros mismos. Y también, porque de la respuesta que nos demos, marcará el
rumbo de nuestra vida; puesto que no es lo mismo vivir sin Esperanza que tener
la brújula que nos orienta y anima a seguir caminando.
Ahora bien, Jesús, con su
muerte, resurrección y ascensión a los cielos nos ha dado la respuesta a estas
preguntas porque lo que Él ha vivido es un anticipo y un signo de lo que nos
tocará vivir a nosotros. Su Ascensión pone de manifiesto la glorificación de la
humanidad de Jesús que ingresa definitivamente en el ámbito divino. Es la
coronación del triunfo de Cristo. Es el punto de llegada definitivo de su
Resurrección.
Pero, al mismo tiempo, es un
triunfo para la humanidad, porque Jesús nos ha abierto el camino hacia el
cielo, hacia la vida eterna, ya que en su humanidad incluye a todos los
hombres. O sea, gracias a Él, el final de nuestro peregrinar por este mundo
está en el cielo, después de atravesar las fronteras de la muerte. Ésta es
nuestra Esperanza como cristianos; es lo que esperamos del Señor al fin de
nuestra vida terrenal.
Con la Ascensión sucedió algo
nuevo y hermoso: Jesús ha llevado nuestra humanidad, nuestra carne al cielo, la
ha llevado a Dios. Esa humanidad, que había tomado en la tierra, no se ha
quedado aquí. Jesús resucitado tenía su cuerpo humano, la carne, los huesos,
todo. Y, así, estará en Dios para siempre. El lugar que nos espera está
indicado, nuestro destino está ahí, en el Cielo, en la Trinidad Divina. Por
eso, Hoy celebramos “la conquista del cielo”: Jesús que vuelve al Padre, pero
con nuestra humanidad. Y así el cielo es ya un poco nuestro. El Verbo Encarnado
con nuestra humanidad ya está en el Cielo.
Todo este Misterio lo
percibimos por la Fe, que ya nos introduce en la vida eterna prometida, que
aguardamos con ‘alegre Esperanza’, con la certeza de ser amados por Dios, lo
que nos permite superar la angustia propia de quien camina la vida terrena,
afrontándola de un modo positivo y proactivo.
La esperanza cristiana nos da
luz propia para caminar hacia la oscuridad del futuro con la certeza de
superarla. Y esta luz no viene ni de la realidad social, ni del talante o
temperamento optimista; sino del fuego del amor de Dios que arde en el propio
corazón. Por eso es una esperanza activa que nos lanza hacia afuera y hacia
adelante; nos mueve a la misión con un horizonte universal, como nos pide Jesús
en el evangelio de hoy: “Vayan por todo el mundo, anuncien el Evangelio”.
Por otro lado, este domingo
celebramos la 60° Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, cuyo lema es
“Custodiar voces y rostros”. En su mensaje, el Papa León XIV nos recuerda que
“El rostro y la voz son rasgos únicos, distintivos, de cada persona; manifiestan
su propia identidad irrepetible y son el elemento constitutivo de todo
encuentro [...] El rostro y la voz son sagrados. Nos han sido dados por Dios,
que nos ha creado a su imagen y semejanza, llamándonos a la vida con la Palabra
que Él mismo nos ha dirigido [...] Custodiar los rostros y las voces significa,
en última instancia, cuidarnos a nosotros mismos. Acoger con valentía,
determinación y discernimiento las oportunidades que ofrecen la tecnología
digital y la inteligencia artificial no significa ocultar para nosotros mismos
los puntos críticos, las opacidades y los riesgos”. (J. Ratzinger, Mirar a
Cristo. Ejercicios de fe, esperanza y amor. EDICEP; Valencia 1990. Pág. 76).
Luego de hacer una valiente
denuncia de los riesgos que conlleva el uso de la Inteligencia Artificial, sin
conciencia ética, propone como desafío para la humanidad una “posible alianza”
entre la innovación digital y la custodia de las voces y rostros verdaderamente
humanos.
“El desafío que nos espera no
es el de detener la innovación digital sino el de guiarla, y ser conscientes de
su carácter ambivalente. Corresponde a cada uno de nosotros alzar la voz en
defensa de las personas humanas para que estos instrumentos puedan realmente
ser integrados por nosotros como aliados. Esta alianza es posible, pero
necesita fundamentarse en tres pilares: responsabilidad, cooperación y
educación. En primer lugar, la responsabilidad. Según las funciones, esta puede
traducirse en honestidad, transparencia, capacidad de visión, valentía, deber de
compartir conocimientos y derecho a estar informado. Pero, en general, nadie
puede eludir su responsabilidad ante el futuro que estamos construyendo.
Todos estamos llamados a
cooperar. Ningún sector puede afrontar por sí solo el desafío de guiar la innovación
digital y la forma de gobernar la IA. Es necesario, por tanto, crear mecanismos
de protección. Todas las partes interesadas —desde la industria tecnológica a
los legisladores, desde las empresas creativas al mundo académico, desde los
artistas a los periodistas y a los educadores— deben implicarse en construir y
hacer efectiva una ciudadanía digital consciente y responsable. A esto mira la
educación: a aumentar nuestras capacidades personales de reflexión crítica;
evaluar la credibilidad de las fuentes y los posibles intereses que están
detrás de la selección de información que nos llega; comprender los mecanismos
psicológicos que se activan ante ello; a permitir a nuestras familias,
comunidades y asociaciones elaborar criterios prácticos para una cultura de la
comunicación más sana y responsable”. Y concluye su mensaje con un urgente
llamado a toda la humanidad: “Necesitamos que el rostro y la voz vuelvan a
expresar a la persona. Necesitamos custodiar el don de la comunicación como la
verdad más profunda del hombre, hacia la cual orientar también toda innovación
tecnológica”.
Querida Madre del Valle, que
la Solemnidad de la Ascensión de tu Hijo, como también la de tu Asunción, nos
ayuden a mirar hacia arriba, buscando lo bienes del Cielo (cf. Col 3,1-3), para
que un día, cuando nuestro breve peregrinar en esta tierra termine, podamos
vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad, contigo y todos los santos.
Que nos dispongamos con
generosidad a “Ir y a hacer discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a poner en
obra todo lo que Jesús nos ha mandado, con la ayuda imprescindible del Espíritu
Santo, ya que Dios quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos
suyos.
Ayúdanos a entregar nuestro
corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra
alegría, ya que se nos dio la existencia para convertir a cada uno de nosotros
en el santo que Dios ha querido que seamos, poniendo nuestra voluntad en la
Suya.
Que podamos ver los rostros y
escuchar las voces de nuestros hermanos; que nada ni nadie nos impida verlos y
oírlas. Que, dándonos el tiempo para la oración, sepamos descubrir que los
otros son un don de Dios para cada uno, de manera que, todos, podamos llegar al
Cielo.
Y que, jamás perdamos de vista, que estamos en el mundo, pero que no pertenecemos a él, sino al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.
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