En la tarde de este sábado 6 de junio, bajo el lema “Adoremos a Jesucristo, nuestra Paz”, las comunidades parroquiales de Capital se congregaron en el Santuario de Nuestra Señora del Valle y Catedral Basílica, para celebrar la Solemnidad de Corpus Christi, enmarcada en el Año Jubilar con motivo del Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú. La jornada coincidió con el fin de semana en que se realiza la Colecta Anual de Cáritas en comunión con todo el país.
La Santa Misa fue presidida
por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por el vicario
general, padre Julio Murúa; y el rector del Santuario Catedral, Pbro. Juan
Ramón Cabrera; y su par del Santuario de la Gruta, Pbro. Santiago Granillo, y
demás sacerdotes del Decanato Capital.
En el comienzo de la ceremonia
litúrgica, el padre Julio Quiroga del Pino, párroco de Santa Rosa de Lima, dio
lectura al decreto de designación de los nuevos Ministros Extraordinarios de la
Comunión, quienes tendrán la misión de colaborar con los sacerdotes en la
distribución de la Eucaristía durante las misas, o llevándola a los enfermos y
ancianos.
En su homilía, Mons. Urbanč,
luego de hacer referencia a la Solemnidad que se celebraba, preguntó: “¿De qué
tenemos hambre, realmente?” y pasó a señalar que “vivimos en un mundo lleno de
ofertas para saciar nuestros vacíos. Buscamos llenar la vida de ‘me gusta’, de
éxitos, de seguridades materiales o de placeres efímeros” indicando la
sensación se insatisfacción que luego invade.
“El ser humano tiene un hambre
que nada en este mundo puede saciar por completo: hambre de infinito, de amor,
de felicidad y de eternidad. La Eucaristía es el mayor regalo que el Señor
Jesús nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro camino terrenal”,
afirmó entonces.
Pasó luego a referirse a las
lecturas proclamadas, que -dijo- “nos invitan a profundizar en la Eucaristía a
través de una palabra que hoy en día cotiza en baja: recordar. En una cultura
de la inmediatez, donde lo que pasó ayer ya parece viejo, esta celebración nos
grita: ‘Detente, mira hacia atrás, haz memoria y descubre Quién te ha estado
sosteniendo y lo seguirá haciendo’".
Más adelante, manifestó:
“Llegamos al corazón de esta liturgia con el Evangelio (Jn 6,51-58). Jesús se
presenta con un realismo que, en su época, escandalizó a muchos: «El que come
mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Los oyentes se decían: «¿Cómo
puede éste darnos a comer su carne?». Jesús no suaviza su enseñanza, diciendo
‘esto es un bonito símbolo’. Usa un lenguaje crudo porque quiere dejar claro
que su entrega es total, física y real. Él no vino a darnos una doctrina; vino
a darse a sí mismo”. Por eso, afirmó: “Comer su carne significa asimilar su
estilo de vida: su opción por los pobres, su capacidad de perdonar, su
obediencia al Padre. Beber su sangre significa estar dispuestos a amar como Él,
hasta dar la vida si es necesario”.
Posteriormente certificó: “La
Eucaristía es el antídoto contra el miedo a la muerte y al sinsentido. Es la
semilla de eternidad plantada en nuestra frágil humanidad” y propuso: “Al salir
hoy del templo para acompañar a Jesús Sacramentado en torno a la plaza, hagamos
tres compromisos concretos basados en la Palabra de Dios: 1) Hacer memoria:
Dedica un momento esta semana a agradecerle a Dios por tantas Eucaristías en
las que participaste. 2) Construir unidad: Piensa en esa persona de tu entorno
con la que estás distanciado. Recuerda que ambos están llamados a alimentarse
del mismo pan. Haz un gesto de reconciliación y 3) Vivir con esperanza: Que el
recibir la comunión te recuerde que tu destino no es la nada, ni el fracaso, ni
la muerte, ni tu desintegración. Tu destino es la Vida Eterna”.
La
devoción del Beato
A continuación se refirió a la
figura del Beato Esquiú, quien aceptó con humildad no celebrar la Misa hasta
cumplir los 23 años, porque había sido ordenado a los 22. “Mamerto aceptó esta
disposición con una obediencia heroica y un respeto imponente por el misterio
del altar”, expresó. Después indicó: “Para él, tocar el Cuerpo de Cristo, no
era un oficio rutinario; era un milagro que exigía una preparación del corazón
que duraba toda la vida”. Y más adelante aseveró: “Pasaba horas frente al
Sagrario. De esa oración silenciosa extraía la mansedumbre para responder a los
insultos de sus detractores y la firmeza para defender la justicia, la fe
cristiana y a los más pobres. Cuando asumió como Obispo de Córdoba en 1881, una
de sus mayores preocupaciones fue el cuidado espiritual de su clero. En sus
pláticas y escritos, les insistía con vehemencia que priorizaran la Eucaristía
diaria como alimento para la tarea pastoral. Sabía que un sacerdote que no se
alimenta del Pan de Vida y que no pasa tiempo adorándolo, cae fácilmente en la
tibieza, el desánimo y en la tentación”.
Después de otras reflexiones
acerca de la devoción del Beato a la Eucaristía, elevó una oración a la Madre:
“Santísima Virgen del Valle, que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos
transformen en lo que recibimos, para que el mundo, al vernos, pueda saborear
un poco del amor de Dios. Que seamos pan para los que sufren, los olvidados y
los que están solos. Que nos haga artesanos de paz y unidad. Que nos ayude a
reconocer a Jesús en el rostro de los pobres, débiles y marginados. Que, al
recibir su Santísimo Cuerpo de tu amado Hijo divino, seamos sus manos que curan
y abrazan, pies que se dirigen a todos los sufrientes y corazón lleno de
ternura y misericordia, que ama sin poner condiciones ni preferencias. Amén”.
Los cantos litúrgicos
estuvieron a cargo del Coro de la Catedral, dirigido por el profesor Exequiel
Andrada.
Adoración
y procesión
Luego de la Comunión, el
Obispo junto con los sacerdotes y los fieles presentes se arrodillaron delante
del Santísimo Sacramento para adorarlo, y seguidamente se inició la procesión
más importante del año acompañando a Jesús, verdaderamente presente en la
Sagrada Eucaristía.
Bajo una leve llovizna, los
fieles caminaron junto a la Custodia con Jesús sacramentado que fue llevada en
andas por los sacerdotes, alrededor de la plaza 25 de Mayo. En las cuatro
esquinas del principal paseo público de la ciudad se levantaron los monumentos
donde se colocó la Custodia con el Santísimo, que fueron preparados por el Movimiento
Neocatecumenal, el Movimiento Familiar Cristiano, la Pastoral de la Niñez y la
Pastoral de Juventud. Durante el recorrido se elevaron súplicas y canciones.
Cuando arribó al atrio de la
Catedral Basílica, las campanas echaron a vuelo mientras el Santísimo
Sacramento era colocado en el altar. Tras la bendición con la Custodia en alto,
se cerró esta verdadera manifestación pública de fe en Jesús Eucaristía.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos
hermanos:
Nos hemos congregado para celebrar juntos y públicamente la Solemnidad
del Corpus et Sanguis Christi. Es una fiesta que no sólo nos invita a
contemplar un misterio sagrado, sino a hacernos la pregunta del millón: ¿De qué
tenemos hambre, realmente?
Por cierto, que vivimos en un
mundo lleno de ofertas para saciar nuestros vacíos. Buscamos llenar la vida de
‘me gusta’, de éxitos, de seguridades materiales o de placeres efímeros. Pero,
cuando cae la noche, esa sensación de insatisfacción suele regresar. El ser
humano tiene un hambre que nada en este mundo puede saciar por completo: hambre
de infinito, de amor, de felicidad y de eternidad. La Eucaristía es el mayor
regalo que el Señor Jesús nos dejó, para que no pasáramos hambre en nuestro
camino terrenal.
Las lecturas nos invitan a
profundizar en la Eucaristía a través de una palabra que hoy en día cotiza en
baja: recordar. En una cultura de la inmediatez, donde lo que pasó ayer ya
parece viejo, esta celebración nos grita: "Detente, mira hacia atrás, haz
memoria y descubre Quién te ha estado sosteniendo y lo seguirá haciendo".
La primera lectura (Dt 8,2-3.14b-16a),
por medio de Moisés, nos dice: "Recuerda todo el camino que el Señor, tu
Dios, te ha hecho recorrer". Pasaron hambre, frío e incertidumbre, pero
Dios los alimentó con un pan desconocido para ellos: el maná.
El peligro radica no solo en
pasar dificultades; el verdadero peligro es la amnesia espiritual. Cuando las
cosas nos van bien, es muy fácil olvidar el desierto y pensar que nos hemos
salvado solos. El maná era un alimento que enseñaba al pueblo a confiar día a
día. Hoy, la Eucaristía es nuestro maná. Al acercarnos al altar, lo primero que
hacemos es recordar que somos peregrinos y que necesitamos de Dios para no
desfallecer en el camino de la vida.
Gracias a la liturgia hacemos
memoria de cosas importantes, como el pueblo de Dios que debe “recordar” y “no
olvidar”. Podemos recordar la primera vez que recibimos “el Cuerpo de Cristo”,
o la Confirmación, o el Matrimonio o el Orden Sagrado. Momentos de nuestra vida
donde nos hemos “encomendado” a Dios, por una u otra razón, y que nos han marcado;
momentos vividos en familia, con los amigos o con los vecinos. Volvemos a pasar
por el corazón tantas cosas en las que hemos descubierto a Dios cerca de
nosotros y le damos gracias por todo ello. “Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión: que ha reforzado los cerrojos de tus puertas, y ha
bendecido a tus hijos dentro de ti” (Sal 147,12-13).
Lo mismo hace San Pablo en la
segunda lectura (1 Cor 10,16-17) con una pregunta aplastante: "El cáliz de
la bendición... ¿no es comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos,
¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?"
Y más aún, “aunque somos
muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.
Ahora bien, ¿Se podrá decir de
nosotros que formamos “un solo cuerpo”, que hay unidad entre nosotros? ¿O pesan
más nuestras divisiones, nuestras exclusiones y nuestros favoritismos? Es más,
¿se podrá decir que ese Hostia que todos comemos crea en nosotros una unidad de
vida con Aquél a quien recibimos? ¿O simplemente estamos “cumpliendo” y ya
está? ¿Tiene que ver algo nuestra vida de lunes a sábado con lo que durante una
hora celebramos el domingo?
Por tanto, una segunda cosa
importante, hoy, será sentirnos llamados a vivir esa unidad y esa fraternidad
que Jesús nos propone cuando nos da su Cuerpo y su Sangre. Pero no sólo aquí y
ahora, que miramos al que está a nuestro lado y debemos reconocer a un hermano,
sino también allá donde desarrollamos nuestra vida de cada día, donde se nos
presenta el reto de vivir esa unidad y esa fraternidad con las personas con las
que convivimos diariamente, al igual que esto producía en el Beato Mamerto
Esquiú.
La Eucaristía tiene dos
dimensiones inseparables: la vertical (comunión con Dios) y la horizontal
(comunión con el hermano).
Pablo dice algo bellísimo:
"Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo
cuerpo". Por eso, cuando comulgamos, no estamos teniendo un momento
místico y egoísta a solas con Jesús. Estamos diciendo "sí" a formar
parte de una comunidad. No podemos recibir el Cuerpo de Cristo en la boca, si,
al mismo tiempo, destruimos su Cuerpo místico, la Iglesia, con nuestras
divisiones, indiferencia y críticas. El pan se parte para compartirse; nosotros
debemos dejarnos partir para unir a la comunidad.
Llegamos al corazón de esta
liturgia con el Evangelio (Jn 6,51-58). Jesús se presenta con un realismo que,
en su época, escandalizó a muchos: "El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna". Los oyentes se decían: "¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?"
Jesús no suaviza su enseñanza,
diciendo "esto es un bonito símbolo". Usa un lenguaje crudo porque
quiere dejar claro que su entrega es total, física y real. Él no vino a darnos
una doctrina; vino a darse a sí mismo.
*Comer su carne significa
asimilar su estilo de vida: su opción por los pobres, su capacidad de perdonar,
su obediencia al Padre.
*Beber su sangre significa
estar dispuestos a amar como Él, hasta dar la vida si es necesario.
"El que come de este pan
vivirá para siempre". La Eucaristía es el antídoto contra el miedo a la
muerte y al sinsentido. Es la semilla de eternidad plantada en nuestra frágil
humanidad.
Al salir hoy del templo para
acompañar a Jesús Sacramentado en torno a la plaza, hagamos tres compromisos
concretos basados en la Palabra de Dios:
1. Hacer memoria: Dedica un momento esta semana a agradecerle a
Dios por tantas Eucaristías en las que participaste.
2. Construir unidad: Piensa en esa persona de tu entorno con la
que estás distanciado. Recuerda que ambos están llamados a alimentarse del
mismo pan. Haz un gesto de reconciliación.
3. Vivir con esperanza: Que el recibir la comunión te recuerde
que tu destino no es la nada, ni el fracaso, ni la muerte, ni tu
desintegración. Tu destino es la Vida Eterna.
Considero oportuno evocar la
figura del Beato Esquiú, que fue ordenado sacerdote muy joven, a los 22 años.
Sin embargo, el obispo le pidió que esperara a cumplir los 23 para celebrar su
primera misa. Lejos de quejarse o apurarse, Mamerto aceptó esta disposición con
una obediencia heroica y un respeto imponente por el misterio del altar.
Celebró su primera Eucaristía
el 15-5-1849 en el convento franciscano de Catamarca, ofreciéndola por sus
difuntos padres. Para él, tocar el Cuerpo de Cristo, no era un oficio
rutinario; era un milagro que exigía una preparación del corazón que duraba
toda la vida.
En su Diario de Memorias y
Recuerdos, plasmó una reflexión teológica brillantísima sobre la diferencia
entre predicar y celebrar los sacramentos: "En la predicación el hombre
pone algo de su parte, no así en la administración de los Sacramentos, los
cuales son obras totalmente de Dios".
Esquiú fue un orador
brillante, pero reconocía con profunda humildad que sus palabras podían fallar
o estar contaminadas por el ego humano. En cambio, en la Eucaristía, el
sacerdote desaparece para que actúe Cristo. En el altar no hay protagonismos
humanos; es Dios quien se entrega de forma pura y perfecta.
Para él, la comunión no
terminaba con la Misa. Fue un incansable promotor de la devoción al Santísimo
Sacramento fuera de la liturgia. En cada rincón donde ejerció su labor
apostólica (Catamarca, Bolivia, Jerusalén y finalmente como Obispo de Córdoba),
promovió la práctica de la adoración eucarística prolongada.
Pasaba horas frente al
Sagrario. De esa oración silenciosa extraía la mansedumbre para responder a los
insultos de sus detractores y la firmeza para defender la justicia, la fe
cristiana y a los más pobres.
Cuando asumió como Obispo de
Córdoba en 1881, una de sus mayores preocupaciones fue el cuidado espiritual de
su clero. En sus pláticas y escritos, les insistía con vehemencia que
priorizaran la Eucaristía diaria como alimento para la tarea pastoral. Sabía
que un sacerdote que no se alimenta del Pan de Vida y que no pasa tiempo
adorándolo, cae fácilmente en la tibieza, el desánimo y en la tentación.
En Esquiú encontramos un
campeón en ‘hacer memoria’, pues cruzó desiertos físicos y espirituales (como
ser su destierro voluntario y la pobreza extrema), pero su memoria estuvo
siempre fija en la fidelidad de Dios, tal como escuchamos en el libro del
Deuteronomio. Y en una Argentina desangrada por las guerras civiles entre
unitarios y federales, vio en la Eucaristía al ‘único pan’ capaz de hacer de
los ciudadanos ‘un solo cuerpo’. La Eucaristía lo llevó a bregar por la paz
social y la unidad.
El Beato Esquiú es el ejemplo vivo
de que la Eucaristía, cuando se recibe con fe y realismo, no nos aliena del
mundo, sino que nos mete en el barro de la historia para transformarlo desde el
amor y la justicia.
Santísima Virgen del Valle, Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transformen en lo que recibimos, para que el mundo, al vernos, pueda saborear un poco del amor de Dios. Que seamos pan para los que sufren, los olvidados y los que están solos. Que nos haga artesanos de paz y unidad. Que nos ayude a reconocer a Jesús en el rostro de los pobres, débiles y marginados. Que, al recibir su Santísimo Cuerpo de tu amado Hijo divino, seamos sus manos que curan y abrazan, pies que se dirigen a todos los sufrientes y corazón lleno de ternura y misericordia, que ama sin poner condiciones ni preferencias. Amén.
Fotos: facebook e instagram Prensa Iglesia Catamarca / @DiocesisCat / Canal whatsapp: Prensa Diócesis Catamarca
