Durante la noche del martes 14
de abril, tercer día del Septenario en honor de Nuestra Señora del Valle,
rindieron su homenaje autoridades y empleados del Ministerio de Salud; Salud
pública y privada: sanatorios, hospitales, Maternidad, Círculo Médico, Colegio
de Profesionales en Psicomotricidad de Catamarca, Colegio Profesional de
Enfermería, farmacéuticos, odontólogos, kinesiólogos, anestesistas, psicólogos,
bioquímicos, SAME, ECA y EMICA, OSEP, geriátricos, Liga de Lucha contra el
Cáncer (Lalcec), Asociación de Trabajadores de la Sanidad (ATSA), Sanidad
Municipal, Pastoral de la Salud, Pastoral de las Adicciones, ONG Corazón con
Agujeritos y Soles.
La Santa Misa fue presidida
por el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por el padre Juan
Ramón Cabrera, rector del Santuario Catedral.
Participaron autoridades provinciales,
encabezadas por la ministra de Salud Johana Carrizo, junto con la secretaria de
Planificación Daniela Ayala, la secretaria de Medicina Preventiva Silvia Bustos
y la secretaria de Salud Mental Florencia Acosta; la secretaria de Salud de
Capital Ana Fernanda Lagoria; empleados de distintas áreas de la Salud.
Los alumbrantes tuvieron a su
cargo la guía de la ceremonia litúrgica, la proclamación de la Palabra de Dios
y, en el momento del ofertorio, acercaron al altar elementos que serán destinados
a la atención de los peregrinos, junto con los dones del pan y del vino.
En su homilía, Mons. Urbanč,
luego de dar la bienvenida y pedir a la Virgen “que reciban por su intercesión
las gracias que necesitan para ser verdaderos cirineos de los enfermos”,
reflexionó en torno al tema del día, afirmando que “la sinodalidad y la misión
son interdependientes, constituyendo el camino que Dios espera de la Iglesia en
el tercer milenio: caminar juntos (sinodalidad) para evangelizar (misión). Esta
espiritualidad, guiada por el Espíritu Santo, exige conversión pastoral para
pasar de un modelo de ‘mantenimiento’ a una Iglesia en salida, participativa y
corresponsable, donde la escucha, el diálogo y el discernimiento comunitario
son fundamentales para llevar el Evangelio al mundo”.
Asimismo, puntualizó que “la
sinodalidad no es una moda, sino la forma de ser de la Iglesia desde sus
orígenes, reflejada en el Concilio de Jerusalén y en la participación de todos
los bautizados. Tres pilares tiene el camino sinodal que estamos transitando:
Comunión, Participación y Misión. La sinodalidad sin misión se vuelve
autorreferencial, es ‘una sinodalidad enferma’, mientras que la auténtica
sinodalidad misionera busca la corresponsabilidad de todos los miembros del
Pueblo de Dios en la evangelización, la catequesis, la liturgia y la caridad”.
“Una Iglesia sinodal es una
Iglesia de la escucha atenta a las necesidades del mundo, la Palabra de Dios y
el Espíritu Santo. Se busca promover una ‘conversación en el Espíritu’ y la
valoración de la diversidad de carismas. Por eso, conlleva reformar y renovar
las estructuras pastorales: parroquias, diócesis, prelaturas, etc., para que
sean más participativas y menos burocráticas, fomentando una ‘igualdad radical
en dignidad’ entre laicos, religiosos y jerarquía. En un mundo dividido, el
caminar juntos se convierte en un testimonio de unidad, paz y esperanza”, resaltó.
“La misión, en este contexto,
no es sólo hacer cosas, sino vivir la misión con un estilo sinodal: saliendo al
encuentro, sanando heridas y compartiendo la alegría del Evangelio como Iglesia
de puertas abiertas. Esto pasaba en los primeros tiempos, cuando la Iglesia
estaba recién fundada y se esperaba el regreso de Jesús de forma inmediata”, manifestó.
Más adelante, afirmó que “Jesús
Resucitado ofrece al ámbito de la Salud, un mensaje de esperanza integral,
afirmando que el dolor y la muerte no tienen la última palabra. Propone una
sanidad que trascienda lo físico para incluir lo espiritual, viendo en cada
proceso curativo un ‘renacer de la carne’ y un ‘encuentro con la Vida’”.
“La Resurrección es el remedio
contra toda desesperanza y toda tristeza, asegurando que la fragilidad humana
puede ser transformada por el poder de Dios. Revaloriza el cuerpo humano; la
salud no es sólo ausencia de enfermedad, sino la dignificación de la persona.
Las llagas del Resucitado se convierten en sello de su amor y cercanía con los
enfermos. Muestra que el modelo terapéutico del Resucitado implica proximidad,
mirada y tacto (humanización de la asistencia), superando los procesos
puramente burocráticos o diagnósticos. Evidencia que el mandato del Resucitado
no se limita a curaciones milagrosas, sino que insta a la promoción de la salud
integral y a la compañía de los más frágiles y abandonados. Proclama que Jesús
está vivo, y, por eso, es la salud de los enfermos y la promesa de una victoria
final sobre el dolor y la enfermedad. E invita a los profesionales de la salud
a trabajar con compasión, reconociendo que cada acto de cuidado puede traer
esperanza y nueva vida a los débiles, ancianos y enfermos”, expresó.
Finamente, pidió a la Madre
misericordiosa “por todos los enfermos: alivia sus dolores, renueva sus fuerzas
y, si es la santa voluntad de Dios, que les devuelva la salud completa. Pon tus
manos maternales sobre sus heridas, cuerpo y alma, y concédeles esperanza”.
También rogó especialmente “por
los médicos, enfermeros, paramédicos y todo el personal sanitario. Sé su guía
en la oscuridad y consuelo en la aflicción. Ilumina sus mentes para que sean
instrumentos de tu amor, dales sabiduría para curar y fortaleza para cuidar de
los más frágiles”.
Al finalizar la ceremonia
litúrgica, el Obispo se encaminó hacia el Paseo de la Fe, donde bendijo al
personal de Salud y las ambulancias que sirven para el traslado de los
enfermos. Acompañaron este momento las autoridades presentes en la Santa Misa y
fieles en general.
TEXTO
COMPLETO DE LA HOMILÍA
Queridos
devotos y peregrinos:
En este tercer día del septenario se nos
propuso que reflexionemos para ser, junto con María y el Beato Esquiú, una
iglesia sinodal y misionera.
Doy la bienvenida a quienes trabajan
en el ámbito de la salud, que han venido a honrar a la Madre Celestial. Que
reciban por su intercesión las gracias que necesitan para ser verdaderos
cirineos de los enfermos.
La sinodalidad y la misión son
interdependientes, constituyendo el camino que Dios espera de la Iglesia en el
tercer milenio: caminar juntos (sinodalidad) para evangelizar (misión). Esta
espiritualidad, guiada por el Espíritu Santo, exige conversión pastoral para
pasar de un modelo de ‘mantenimiento’ a una Iglesia en salida, participativa y
corresponsable, donde la escucha, el diálogo y el discernimiento comunitario
son fundamentales para llevar el Evangelio al mundo.
La sinodalidad no es una moda, sino la forma de
ser de la Iglesia desde sus orígenes, reflejada en el Concilio de Jerusalén y
en la participación de todos los bautizados.
Tres pilares tiene el camino sinodal que
estamos transitando: Comunión, Participación y Misión. La sinodalidad sin
misión se vuelve autorreferencial, es "una sinodalidad enferma",
mientras que la auténtica sinodalidad misionera busca la corresponsabilidad de
todos los miembros del Pueblo de Dios en la evangelización, la catequesis, la
liturgia y la caridad.
Una Iglesia sinodal es una Iglesia de la
escucha atenta a las necesidades del mundo, la Palabra de Dios y el Espíritu
Santo. Se busca promover una "conversación en el Espíritu" y
la valoración de la diversidad de carismas.
Por eso, conlleva reformar y renovar las
estructuras pastorales: parroquias, diócesis, prelaturas, etc., para que sean
más participativas y menos burocráticas, fomentando una "igualdad
radical en dignidad" entre laicos, religiosos y jerarquía.
En un mundo dividido, el caminar juntos se
convierte en un testimonio de unidad, paz y esperanza.
La misión, en este contexto, no es sólo hacer
cosas, sino vivir la misión con un estilo sinodal: saliendo al encuentro,
sanando heridas y compartiendo la alegría del Evangelio como Iglesia de puertas
abiertas.
Esto pasaba en los primeros tiempos, cuando la
Iglesia estaba recién fundada y se esperaba el regreso de Jesús de forma
inmediata. Nadie guardaba, porque todos estaban convencidos de que no sería
necesario. Así, pues, todo lo tenían en común y ninguno llamaba suyo nada. Eran
tiempos felices en los que la ambición personal estaba supeditada al bien
común. “Los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32).
¿Algún parecido con la situación de nuestras
comunidades?
Veamos… Frente a ese templo magnífico, que
presume riqueza por todos lados, lleva una existencia precaria esa otra comunidad,
que puede que no tenga siquiera templo y que, además, subsiste a, duras penas,
el día a día. ¿Podríamos decir que todo se distribuye según lo que cada uno
necesita? ¿No será más bien la situación que S. Pablo enrostra a los Corintios
que, celebrando la Cena del Señor, unos están ebrios, mientras otros pasan
hambre? (1Cor 11,20-21).
Creo que ésta es la situación de la Iglesia de
hoy. Muchos hermanos, bautizados o no, pasan mucha necesidad, mientras otros
hermanos gastan ingentes fortunas en boato, lujo y despilfarro. ¿Tiene algún
sentido vestir o coronar de oro y riqueza a imágenes, que no tienen frío, al
lado de un indigente que no tiene ropa para abrigarse? ¿Tiene esto algún
sentido cristiano?... “El Señor reina vestido de majestad”, dice el
salmista (Sal 92,1), pero, cómo lo vivimos en la Semana Santa: su vestido fue
la desnudez total, su cetro, unos clavos en sus manos; su corona, espinas, y su
trono, una cruz. Ése es el lujoso uniforme de nuestro Rey.
Ahora bien, ¿Cómo hemos llegado a esta
situación?
Jesús nos dice, a través de Nicodemo, que
tenemos que nacer de nuevo. Ciertamente parece complicado, pero si distinguimos
el nacimiento carnal del nacimiento espiritual, empezaremos a entender lo que
Jesús nos quiere decir. Desde luego no nos dice que tengamos que volver al seno
materno, para nacer de nuevo físicamente, sino nacer del Espíritu. En verdad
nos cuesta entenderlo porque “hablamos de lo que sabemos y testificamos de
lo que hemos visto”. Y eso no lo hemos experimentado.
Nos toca “nacer del Espíritu” y, como en su
momento, Nicodemo, nos preguntamos cómo puede ser eso, cuando las palabras de
Jesús no nos ayudan demasiado, ya que al hablarnos de las cosas de la tierra
parece que nos cuesta creerle y, si nos habla de las celestiales, la oscuridad
es total. Solamente con un ejercicio de fe absoluta, podemos fiarnos de las
palabras de Jesús y tratar de entender lo que nos dice. Es claro que nadie ha
subido al cielo y bajado después, salvo el mismo Jesús. Los humanos estamos en
una oscuridad total. Puede que estudiemos muchas teologías, que hablemos largo
y tendido de los misterios de Dios, pero no dejarán de ser palabras, puras
teorías sin apoyo empírico. Seguramente terminaremos diciendo, como Santo Tomás,
que “todo lo que hemos pensado sobre Dios, es pura paja”, porque la realidad de
Dios queda fuera de las posibilidades de nuestras pobres y limitadas mentes.
Termina Jesús dándonos un preanuncio de su
muerte: el Hijo del Hombre tiene que ser elevado, como hizo Moisés con la
serpiente de bronce, para que, si nuestra fe sabe mirarlo y verlo, podamos
aspirar a la vida eterna.
Ése es nuestro sentido, nuestra orientación
vital. La fe es nuestra única luz; sólo mediante ella podremos decir con
convicción: “Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios y solo tú puedes
dármelo a conocer y salvarme”, “porque la santidad es el adorno de tu casa” (Sal
92,5).
Ahora bien, ¿qué ofrece Jesús Resucitado al
ámbito de la salud?
Sin
duda, un mensaje de esperanza integral, afirmando que el dolor y la muerte no
tienen la última palabra. Propone una sanidad que trascienda lo físico para
incluir lo espiritual, viendo en cada proceso curativo un "renacer de la
carne" y un “encuentro con la Vida”.
La Resurrección es el remedio contra toda
desesperanza y toda tristeza, asegurando que la fragilidad humana puede ser
transformada por el poder de Dios. Revaloriza el cuerpo humano; la salud no es
sólo ausencia de enfermedad, sino la dignificación de la persona. Las llagas
del Resucitado se convierten en sello de su amor y cercanía con los enfermos.
Muestra que el modelo terapéutico del Resucitado implica proximidad, mirada y
tacto (humanización de la asistencia), superando los procesos puramente burocráticos
o diagnósticos. Evidencia que el mandato del Resucitado no se limita a
curaciones milagrosas, sino que insta a la promoción de la salud integral y a
la compañía de los más frágiles y abandonados. Proclama que Jesús está
vivo, y, por eso, es la salud de los enfermos y la promesa de una victoria
final sobre el dolor y la enfermedad. E invita a los profesionales de la
salud a trabajar con compasión, reconociendo que cada acto de cuidado puede
traer esperanza y nueva vida a los débiles, ancianos y enfermos.
Amada Virgen del Valle, Salud de los Enfermos,
que acompañaste a Jesús en el camino del Calvario y permaneciste junto a la
Cruz, acoge nuestros sufrimientos y únelos a los de tu Hijo.
Madre misericordiosa, te pedimos por todos los
enfermos: alivia sus dolores, renueva sus fuerzas y, si es la santa voluntad de
Dios, que les devuelva la salud completa. Pon tus manos maternales sobre sus
heridas, cuerpo y alma, y concédeles esperanza.
Te rogamos especialmente por los médicos,
enfermeros, paramédicos y todo el personal sanitario. Sé su guía en la
oscuridad y consuelo en la aflicción. Ilumina sus mentes para que sean
instrumentos de tu amor, dales sabiduría para curar y fortaleza para cuidar de
los más frágiles.
¡Madre de los Enfermos, ruega por ellos y por
nosotros! Amén.
¡¡¡Viva la Virgen del Valle!!!
¡¡¡Viva el Beato Mamerto Esquiú!!!
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