«Nunca más» a la violencia de la dictadura y «siempre más» a una democracia justa
“…la
libertad sola, la
independencia pura no ofrecían más que el choque, disolución, nada; pero
cuando los pueblos, pasado el vértigo consiguiente a una transformación
inmensa, sosegada la efervescencia de
mil intereses encontrados […] se aúnan y levantan sobre su
cabeza el libro de la ley, y vienen todos trayendo el don de sus fuerzas, e
inmolando una parte de sus
libertades individuales,
entonces existe una
creación magnífica que reboza vida, fuerza, gloria y prosperidad…”[1]
Beato Mamerto Esquiú – Homilía del 9 de Julio de
1853.
Hermanas y hermanos
de nuestra querida
Nación argentina:
En estos días se cumplirán los cincuenta años de aquel 24 de marzo de 1976
que marcó, en un ambiente general de violencia, el inicio de esa oscura noche
en nuestra historia: la tragedia del terrorismo de Estado que se prolongó por
siete largos años hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando finalmente
recuperamos la democracia[2]. Hoy decimos de manera rotunda:
«nunca más» a la violencia
de la dictadura y «siempre
más» a una democracia justa.
Reconocemos la gravedad
de lo acontecido en esos años
violentos y comprendemos que la memoria exige una autocrítica, de la sociedad y
la Iglesia presente en ella, que ayude a redescubrir y reconstruir el sentido
de la fraternidad entre los argentinos. Queremos
ser Nación sigue siendo un anhelo y una oración con la cual imploramos la
ayuda de Dios para poder hacer realidad esta meta que nos cuesta realizar,
tanto ayer como hoy.
1. Una memoria íntegra y luminosa
Ahora bien, como nos recuerda el papa Francisco en la
encíclica Fratelli Tutti, sabemos que
“Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta
la página diciendo
que ya hace tiempo que sucedió y que
hay que mirar hacia adelante.
¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y
luminosa. Necesitamos mantener «viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras
el horror de lo que
sucedió» que despierta y preserva de esta manera
el recuerdo de las víctimas,
para que la conciencia humana
se fortalezca cada vez más
contra todo deseo de dominación y destrucción”[3]. Tengamos
bien presente que mutilar la historia
abre la puerta a la posibilidad de repetir los mismos errores.
Hacer memoria, en cambio, nos permite comprometernos con
los desafíos del presente y orientarnos hacia un futuro mejor. Que esta memoria
sea íntegra y luminosa en cuanto sea
posible es algo que estamos llamados a intentar, una y otra vez, porque “la
verdad nos hará libres” (Jn 8, 31-32).
¿Qué es lo que no podemos
olvidar? El dolor de los familiares
que enfrentan la muerte violenta de un hijo o pariente, sabiendo que ese dolor
se multiplica si se trata de un "desaparecido", al no poder tocar su
cuerpo, ni llorar ante él.
La libertad para una Nación nunca se
construye por la vía de la violencia y la violación de los derechos
humanos de otros hermanos y hermanas. La memoria del terrorismo de Estado ha de conducirnos hacia una vida democrática
más justa.
2. Queremos ser Nación, una comunidad nacional en hermandad
Por
ello es necesario afirmar con el Papa Francisco que “Construir la amistad social no solo exige el acercamiento entre grupos
que tomaron posiciones diferentes en algún período histórico difícil, sino
también un renovado encuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables
de la sociedad… Un compromiso incansable para reconocer, proteger y restaurar
concretamente la dignidad, tan a menudo olvidada o ignorada, de nuestros
hermanos y hermanas, para que puedan verse como los principales protagonistas
del destino de su nación”[4].
La democracia tiene que
acertar con su finalidad última que es el bien común, que es incluir a todos en
el camino de la plenitud humana. El desarrollo humano integral es, hoy, el
nuevo nombre de los derechos humanos. Un desarrollo que abarque a todos porque
mientras una parte importante de nuestro pueblo sufre la miseria, ¿cómo podemos ser felices? La democracia
se envilece cuando deja a alguien afuera, cuando no protege a niñas, niños,
adolescentes y jóvenes de la amenaza del consumo problemático y el tráfico de
personas. Una democracia justa no puede ser indiferente a las necesidades
básicas de la canasta familiar y al deterioro creciente del trabajo digno.
Más vida democrática
significa, entonces, asumir el valor del trabajo como uno de los ejes centrales
de la cuestión social, pues este no solo aporta dignidad, sino que permite que
cada ciudadano "ponga el hombro" en la construcción de una patria de hermanas
y hermanos. Cuando las instituciones democráticas favorecen la creación de trabajo digno para los adultos y aseguran
una educación de calidad para niñas, niños, adolescentes y jóvenes, están
llevando adelante, en definitiva, la mejor política de seguridad.
3.
La verdad nos
hará libres
Es clave recordar que la
verdadera libertad va de la mano con
la fraternidad y con una
efectiva igualdad que permite
a todos vivir con dignidad. Solo cuando eso se vuelve realidad, una nación es
verdaderamente libre y auténticamente democrática. Por eso, cuando en el Himno
cantamos «Oíd el ruido de rotas cadenas», no estamos celebrando una realidad
consumada, sino una aspiración que aún debemos alcanzar.
Ahora bien, vivimos una época con una tendencia
creciente al autoritarismo; un tiempo en que
los populismos de distinto signo explotan la angustia de los ciudadanos, pero no representan el remedio de una vida buena. Un tiempo en que va predominando
una ideología de la supervivencia del más fuerte sobre el más débil, cuando la
fortaleza de la democracia debería manifestarse en el cuidado a los más
frágiles.
Frente a esto, es necesario
rehabilitar una política que ponga la economía al servicio de la dignidad
humana, que promueva la paz y que cuide nuestra casa común, empezando por
preservar el aire puro y las fuentes
de agua dulce y potable.[5] Para ello, es imprescindible recuperar
el diálogo sincero,
desinteresado y honesto al servicio de una verdadera amistad social. Es que “Un
país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera
constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de
comunicación”[6].
Se trata de un diálogo que sabe respetar, no excluye a nadie y que, por ser
cultural, no puede dejar de ser político y social.
Tenemos que volver a elegir el diálogo para abordar los conflictos y los desacuerdos, sin caer en polarizaciones estériles. ¡Del insulto
de cada día al que piensa distinto,
líbranos, Señor! Se torna
peligroso acentuar la culpa ajena para proclamar la propia inocencia y
justificar una agresión indeterminada. Debemos renunciar a todo tipo de violencia, sabiendo que su espiral
comienza con el discurso
y escala hacia la acción.
No podemos naturalizar la violencia en las redes sociales,
en nuestros barrios, en el Congreso de la Nación.
Como nos invita el Papa León XIV, es necesario abstenerse de utilizar palabras que
afecten y lastimen al prójimo: “Empecemos
a desarmar el lenguaje, renunciando
a las palabras hirientes,
al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden
defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por
aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre
amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates
políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas.
Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”[7].
Conclusión
Hoy como ciudadanos volvemos a decir: «Nunca más» a la violencia
de la dictadura y «Siempre más» a una democracia justa. El sistema
democrático se funda en una convivencia de hermanas
y hermanos bajo el irrestricto respeto a la dignidad humana. Con sus ventajas y
desafíos, la democracia siempre tendrá como axioma la custodia de la vida.
Cualquier afrenta o violencia contra la dignidad
de la persona es, en esencia, una agresión que destruye al sistema mismo.
La democracia prohíbe rotundamente la eliminación del adversario, no
admite el derramamiento de sangre y sustituye la lucha cuerpo a cuerpo por el
debate cívico.
Aquí es clave, entonces, una presencia inteligente y eficiente del Estado que vele por la dignidad de las personas, la igualdad de todos los ciudadanos y garantice su participación plena en la vida
de la comunidad. La Constitución Nacional es la ley suprema, si en todo el
territorio del país se garantizaran los derechos
y se cumplieran las obligaciones que esta manda,
todos viviríamos con mayor
dignidad. En la carta magna está la base de todo proyecto
de Nación que se precie de tal. Un proyecto estratégico de
desarrollo, que abra un horizonte de mayor dignidad, paz social, trabajo y
prosperidad, privilegiando a las puntas de la vida: los ancianos y los niños, daría lugar a la esperanza activa
y la no violencia que tanto necesitamos.
Con todo cariño pedimos al Señor que bendiga nuestra patria y a la Virgen de Luján que no nos suelte de
la mano en la búsqueda del bien común y la solidaridad con los más débiles.
Los obispos
reunidos en la 202° Comisión Permanente
Conferencia
Episcopal Argentina
Buenos
Aires, 10 de marzo de 2026
[1] Cf.
Sermón de Fray Mamerto Esquiú del 9 de julio de 1853.
[2] Cf. Galli, Durán, Liberti, Tavelli. LA VERDAD LOS HARA LIBRES. La Iglesia
Católica en la espiral de violencia en la Argentina 1966-1983. Tomos 1-3.
[3] Francisco. Fratelli Tutti N° 249.
[5] Cf. Francisco. Laudato Sí.
N° 27-31.
[6] Francisco. Fratelli Tutti N° 199.
[7] León XIV. Mensaje de
Cuaresma 2026.
