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23 agosto 2026

Alrededor de 650 participantes en el Encuentro Diocesano de Catequistas

“Ser catequista es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre el Amor de Cristo y el corazón de cada persona”, dijo el Obispo.

 

En un clima de mucha alegría, reflexión y compromiso pastoral, este sábado 22 de agosto, se llevó a cabo el Encuentro Diocesano de Catequistas, en Piedra Blanca, departamento Fray Mamerto Esquiú, jurisdicción de la parroquia San José.

Animada por el lema “Como el Beato Mamerto Esquiú, catequistas al servicio de la unidad”, la convocatoria reunió a unos 650 participantes, provenientes de los cuatro Decanatos: Capital, Centro, Este y Oeste de nuestra diócesis, además de una delegación de la comunidad de Cachi, Salta, acompañados por el obispo diocesano Mons. Luis Urbanč; el director diocesano de Catequesis y párroco anfitrión, padre Marcelo Amaya, y sacerdotes de distintas comunidades parroquiales de la diócesis.

La jornada se inició con la animación y un momento de espiritualidad que tuvo como centro la Adoración del Santísimo y la renovación del compromiso del catequista.

La conferencia principal estuvo a cargo del padre Eduardo Navarro, párroco de la parroquia Santa Ana y San Joaquín (Miraflores, Capayán), quien se refirió a “Jesucristo, Sacramento del Padre, y los Sacramentos de la Iglesia”.

Lo abordado fue tratado y compartido en grupos a partir de consignas que ayudaron a elaborar las conclusiones y los aportes que posteriormente serán socializados.

El espacio de formación continuó después del rezo del Ángelus y el almuerzo fraterno, con los nueve talleres: Catequesis y familia, Cultura digital, Bioética, valores de la vida, Compromiso ecológico, Catequesis en las periferias y misión, Catequesis y Biblia, Catequesis para personas con discapacidad, Catequesis y la piedad popular y Catequesis y manejo de las emociones.

Concluidos los mismos, los participantes se dispusieron a iniciar la peregrinación desde la escuela municipal, donde se desarrollaron las actividades, hasta el templo parroquial. Los peregrinos se desplazaron llevando las imágenes de Nuestra Señora de Luján, Patrona de la Argentina, Nuestra Señora del Valle y el Beato Mamerto Esquiú, cantando, rezando y reflexionando, mientras los sacerdotes atendían las confesiones.

A su arribo a la explanada ubicada en la plaza de Piedra Blanca, enfrente del templo San José, se celebró la Santa Misa, presidida por el Obispo y numerosos sacerdotes del Clero diocesano.

En su homilía, Mons. Urbanč se dirigió a los catequistas expresando: “Hoy nos hemos reunido para profundizar sobre la vocación catequística, para encontrarnos y celebrar este precioso servicio en la Iglesia de Jesucristo. Ser catequista no es simplemente enseñar una materia o cumplir con un horario semanal; es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre el Amor de Cristo y el corazón de cada persona”.

Luego afirmó que “esta jornada nos ha servido para mirar de cerca y agradecer una vocación que sostiene de manera silenciosa la vida de las comunidades. Ser catequista no consiste en transmitir un temario ni en actuar como un docente de contenidos religiosos, sino en acompañar procesos humanos, abrazar dudas, testimoniar la fe recibida y hacer espacio para que cada persona descubra su propio camino de fe”.

 

“Un ejercicio artesanal de paciencia”

Asimismo, apuntó que “en un mundo acelerado y saturado de respuestas rápidas, la tarea del catequista se convierte en un ejercicio artesanal de paciencia. Su valor principal radica en saber escuchar antes de hablar, ofreciendo presencia en lugar de fórmulas hechas. Acompañar implica aceptar los ritmos individuales, entender que las preguntas profundas requieren tiempo y que el crecimiento espiritual rara vez es lineal”.

“La enseñanza más duradera de un catequista no está en los libros ni en las dinámicas de grupo, sino en su manera de estar en el mundo. La coherencia, la empatía, la sencillez y la capacidad de acoger la fragilidad ajena son los verdaderos lenguajes de la catequesis. Se enseña lo que se sabe, pero se contagia lo que se vive”, enfatizó.

También señaló que “celebrar este día es reconocer las horas invisibles, el esfuerzo constante y la dedicación generosa de quienes entregan su tiempo al servicio de los demás. Es un llamado a la renovación: a no perder la frescura del primer día, a seguir buscando nuevas formas de comunicar la fe con lenguaje cercano y a recordar que la semilla sembrada con cariño siempre da fruto, aunque no siempre nos toque verlo”.

Destacó que “el Papa Francisco solía recordar que la catequesis no es una mera transmisión de conocimientos teóricos, sino un encuentro vivo con Cristo. El catequista es, ante todo, un testigo. No comunica ideas abstractas; comunica a una Persona: a Jesús de Nazaret”.

 

“Doy gracias a Dios por la vida de cada uno de ustedes”

“Hoy, como obispo, doy gracias a Dios por la vida de cada uno de ustedes, aquí presentes, y por todos los que no pudieron venir. Gracias por las horas dedicadas a preparar los encuentros, por la creatividad para explicar el amor de Dios, por la paciencia infinita y por la sonrisa acogedora”, manifestó.

Y continuó: “En cada salón parroquial, en cada capilla, en aulas de escuelas y en cada comunidad, ustedes están haciendo presente el Reino de Dios. Que la Virgen María, la primera catequista que guardaba todo en su corazón y nos enseñó a hacer ‘lo que Él nos diga’ (Jn 2,5) los guíe, los proteja y renueve siempre la alegría de su servicio eclesial”.

Tras reflexionar sobre la Palabra de Dios proclamada, rogó: “Querida Virgen del Valle, Madre y modelo de los catequistas, te encomiendo la vida y la misión de quienes promueven y enseñan la fe, los catequistas. Guárdalos bajo tu manto, dales un corazón fiel y sencillo para transmitir y testimoniar la Palabra de Dios y ayuda a cada catequizando a encontrarse vivamente con tu Hijo Jesús. De un modo particular te encomiendo a los catequistas enfermos, que recuperen su salud y den testimonio de la confianza puesta en el amor de Dios”.

 

Colecta por la visita del Papa y agradecimiento

En comunión con toda la Iglesia en Argentina, durante la celebración se realizó la colecta destinada a la visita del Papa León XIV, que tiene lugar este fin de semana.

En torno a este acontecimiento, el Obispo invitó a que “nos preparemos para acoger al Santo Padre que viene a confirmarnos en la fe para que la Iglesia que peregrina en Argentina se renueve con esta visita”.

Luego de la bendición, el padre Amaya agradeció “a Dios porque ha sido una hermosa jornada, al Obispo que nos ha acompañado en esta jornada, a todos los sacerdotes y catequistas del Decanato Centro, la Junta de Catequesis, porque ha sido un trabajo en común, con la presencia del Espíritu Santo, que hemos ido haciendo durante todo este tiempo, para llegar a este encuentro de la mejor manera”.

Así concluyó este encuentro diocesano vivido en comunión, reflexión y crecimiento espiritual, en el marco del Año Jubilar por el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Queridos catequistas, hoy nos hemos reunido para profundizar sobre la vocación catequística, para encontrarnos y celebrar este precioso servicio en la Iglesia de Jesucristo. Ser catequista no es simplemente enseñar una materia o cumplir con un horario semanal; es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre el Amor de Cristo y el corazón de cada persona. Esta jornada nos ha servido para mirar de cerca y agradecer una vocación que sostiene de manera silenciosa la vida de las comunidades. Ser catequista no consiste en transmitir un temario ni en actuar como un docente de contenidos religiosos, sino en acompañar procesos humanos, abrazar dudas, testimoniar la fe recibida y hacer espacio para que cada persona descubra su propio camino de fe.

En un mundo acelerado y saturado de respuestas rápidas, la tarea del catequista se convierte en un ejercicio artesanal de paciencia. Su valor principal radica en saber escuchar antes de hablar, ofreciendo presencia en lugar de fórmulas hechas. Acompañar implica aceptar los ritmos individuales, entender que las preguntas profundas requieren tiempo y que el crecimiento espiritual rara vez es lineal.

La enseñanza más duradera de un catequista no está en los libros ni en las dinámicas de grupo, sino en su manera de estar en el mundo. La coherencia, la empatía, la sencillez y la capacidad de acoger la fragilidad ajena son los verdaderos lenguajes de la catequesis. Se enseña lo que se sabe, pero se contagia lo que se vive.

Celebrar este día es reconocer las horas invisibles, el esfuerzo constante y la dedicación generosa de quienes entregan su tiempo al servicio de los demás. Es un llamado a la renovación: a no perder la frescura del primer día, a seguir buscando nuevas formas de comunicar la fe con lenguaje cercano y a recordar que la semilla sembrada con cariño siempre da fruto, aunque no siempre nos toque verlo.

El Papa Francisco solía recordar que la catequesis no es una mera transmisión de conocimientos teóricos, sino un encuentro vivo con Cristo. El catequista es, ante todo, un testigo. No comunica ideas abstractas; comunica a una Persona: a Jesús de Nazaret.

Tres tópicos:

*Escuchar antes de hablar: Para transmitir a Dios, primero hay que haberlo escuchado en la oración, en la Palabra y en la vida cotidiana. Nadie puede dar lo que no tiene.

*Acompañar el camino: La fe se contagia por testimonio y cercanía. Ser catequista implica caminar al ritmo de los niños, jóvenes y adultos, acogiendo sus dudas, sus alegrías y sus dolores.

*Sembrar con paciencia: El catequista siembra la semilla del Evangelio, pero sabe que es el Espíritu Santo quien la hace crecer. Su labor requiere fe, constancia y mucha esperanza.

Hoy, como obispo, doy gracias a Dios por la vida de cada uno de ustedes, aquí presentes, y por todos los que no pudieron venir. Gracias por las horas dedicadas a preparar los encuentros, por la creatividad para explicar el amor de Dios, por la paciencia infinita y por la sonrisa acogedora. En cada salón parroquial, en cada capilla, en aulas de escuelas y en cada comunidad, ustedes están haciendo presente el Reino de Dios. Que la Virgen María, la primera catequista que guardaba todo en su corazón y nos enseñó a hacer "lo que Él nos diga" (Jn 2,5) los guíe, los proteja y renueve siempre la alegría de su servicio eclesial.

 

El mensaje de la Palabra de Dios de este Domingo XXI del tiempo ordinario, parte de una pregunta que no busca información, ni conocer datos, sino que busca que quien es preguntado tome una decisión y responda no desde lo que cree conocer, sino desde el corazón y desde su vida. Pregunta que nos sitúa ante nosotros mismos y nos obliga a tomar postura: «Y, tú, ¿quién dices que soy yo?».

No es una cuestión dirigida sólo a sus discípulos. Es una pregunta que atraviesa los siglos y llega también a cada creyente. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber oído hablar de Él desde niños, admirar sus enseñanzas o incluso participar activamente en la vida de la Iglesia. Pero llega un momento en que no basta con repetir respuestas aprendidas. Urge dar una respuesta personal.

Las lecturas de hoy nos invitan a descubrir que la fe es siempre un don de Dios y una respuesta libre del ser humano. Pedro puede reconocer a Jesús como el Mesías, el Ungido, porque Dios Padre se lo ha revelado. Nosotros también necesitamos abrir el corazón para dejarnos iluminar por Dios y reconocer quién es realmente Jesucristo en nuestra vida.

Es una buena ocasión para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras vidas, …si es que significa algo.

Miren, casi seguro que, allí donde pasan muchas horas cada día, la cuestión de la fe (es decir, ser cristiano y todo aquello que implica) no ocupa, sustancialmente el centro de atención de sus conversaciones.

Probablemente, saben hablar de todo, pero les cuesta hablar de Dios. Expresar sus convicciones religiosas. Manifestar sus creencias. Defender, si la situación lo requiere, la concepción que los cristianos tenemos de la vida, de la familia y de la sociedad desde el Evangelio.

En este proceso de conocer a Cristo, el texto de Romanos nos lleva hasta uno de esos momentos en los que san Pablo deja de argumentar para ponerse a contemplar. Tras reflexionar sobre la misericordia de Dios y su manera de conducir la historia, se da cuenta de que se encuentra ante algo que no se puede encerrar en una explicación. Por ello exclama: «¡qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!» (Rom 11,33). Pablo no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo. Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestros parámetros resulten demasiado cortos y estrechos.

Esto resulta muy importante, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas. A menudo queremos resolver la situación, tenemos la necesidad de entender por qué algo está ocurriendo, por qué Dios ha permitido determinada situación, o por qué el camino de la fe tiene momentos de oscuridad. Este texto nos invita a vivir de otra manera: no desde la necesidad de tener la respuesta, sino desde la confianza.

«¿Quién conoció la mente del Señor?» (Rom 11,34), pregunta Pablo. La pregunta no quiere avergonzarnos, por ser ignorantes, sino liberarnos y reavivar la confianza en Él. No tenemos que usurpar el lugar de Dios, no hace falta llegar a comprenderlo todo. Podemos reconocer nuestros límites y, precisamente desde ahí, confiamos. La humildad de la fe cristiana comienza muchas veces cuando dejamos de exigir a Dios que encaje en nuestros planes y propósitos.

De ahí pasará Pablo al centro de su contemplación: «Él es el origen, guía y meta del universo» (Rom 11,36). Dios no es un elemento más de la vida. Es el origen de la vida, el cimiento sobre el que se edifica todo, y el destino de la vida. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, recibe de Él su significado. Esta concepción también modifica nuestra manera de vivir. La vida deja de entenderse como un derecho personal y se convierte en un don que estamos llamados a cuidar, agradecer y dar.

Por eso el pasaje termina con una alabanza: «A él la gloria por los siglos. Amén». La respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.

Vivir este texto hoy puede significar algo muy concreto: confiar un poco más y controlar un poco menos; aceptar que no tenemos todas las respuestas; agradecer lo recibido; mirar a los demás con humildad y reconocer que Dios puede estar actuando de maneras que no alcanzamos a comprender.

La fe madura no consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras. Ante ese misterio, quizá la mejor respuesta sea sencilla: vivir con confianza, recibir cada día como un regalo y orientar nuestra vida hacia Aquél de quien todo procede y en Quien todo encuentra su plenitud.

Por eso, quizá, con confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones, deficiencias, limitaciones, dificultades, miedos, mezquindades, etc.) hoy debe seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Ungido, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16)… ¿Podremos zafar con una respuesta simple, aprendida de niños? ¿Es eso lo que el Señor espera de cada uno de nosotros? … ¡Vean!  cada uno ha de hacerse esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en la Cruz y dejando hablar al corazón.

Jesús no ha venido al mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida de los que nos decimos creyentes. Jesús no ha nacido para que nos remitamos a las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. Jesús no ha irrumpido, de repente, para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas. Jesús, sobre todo, ha venido para que veamos en Él la mejor fotografía y el mejor rostro que Dios tiene: el AMOR.

En este año 2026, Bicentenario del nacimiento del Beato Esquiú, nuevamente, Jesús espera una respuesta: ¿Qué decimos sobre Él? ¿Lo conocemos profundamente o sólo superficialmente? ¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y sentir en ciertas celebraciones solemnes? … ¿Cuál es tu respuesta?

Querida Virgen del Valle, Madre y modelo de los catequistas, te encomiendo la vida y la misión de quienes promueven y enseñan la fe, los catequistas. Guárdalos bajo tu manto, dales un corazón fiel y sencillo para transmitir y testimoniar la Palabra de Dios y ayuda a cada catequizando a encontrarse vivamente con tu Hijo Jesús. De un modo particular te encomiendo a los catequistas enfermos, que recuperen su salud y den testimonio de la confianza puesta en el amor de Dios. Amén.

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