“Ser catequista es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre el Amor de Cristo y el corazón de cada persona”, dijo el Obispo.
En
un clima de mucha alegría, reflexión y compromiso pastoral, este sábado 22 de
agosto, se llevó a cabo el Encuentro Diocesano de Catequistas, en Piedra Blanca,
departamento Fray Mamerto Esquiú, jurisdicción de la parroquia San José.
Animada
por el lema “Como el Beato Mamerto Esquiú, catequistas al servicio de la
unidad”, la convocatoria reunió a unos 650 participantes, provenientes de
los cuatro Decanatos: Capital, Centro, Este y Oeste de nuestra diócesis, además
de una delegación de la comunidad de Cachi, Salta, acompañados por el obispo
diocesano Mons. Luis Urbanč; el director diocesano de Catequesis y párroco
anfitrión, padre Marcelo Amaya, y sacerdotes de distintas comunidades parroquiales
de la diócesis.
La
jornada se inició con la animación y un momento de espiritualidad que tuvo como
centro la Adoración del Santísimo y la renovación del compromiso del catequista.
La
conferencia principal estuvo a cargo del padre Eduardo Navarro, párroco de la
parroquia Santa Ana y San Joaquín (Miraflores, Capayán), quien se refirió a “Jesucristo,
Sacramento del Padre, y los Sacramentos de la Iglesia”.
Lo
abordado fue tratado y compartido en grupos a partir de consignas que ayudaron
a elaborar las conclusiones y los aportes que posteriormente serán socializados.
El
espacio de formación continuó después del rezo del Ángelus y el almuerzo fraterno,
con los nueve talleres: Catequesis y familia, Cultura digital, Bioética,
valores de la vida, Compromiso ecológico, Catequesis en las periferias y misión,
Catequesis y Biblia, Catequesis para personas con discapacidad, Catequesis y la
piedad popular y Catequesis y manejo de las emociones.
Concluidos
los mismos, los participantes se dispusieron a iniciar la peregrinación desde
la escuela municipal, donde se desarrollaron las actividades, hasta el templo
parroquial. Los peregrinos se desplazaron llevando las imágenes de Nuestra
Señora de Luján, Patrona de la Argentina, Nuestra Señora del Valle y el Beato
Mamerto Esquiú, cantando, rezando y reflexionando, mientras los sacerdotes atendían
las confesiones.
A
su arribo a la explanada ubicada en la plaza de Piedra Blanca, enfrente del
templo San José, se celebró la Santa Misa, presidida por el Obispo y numerosos
sacerdotes del Clero diocesano.
En
su homilía, Mons. Urbanč se dirigió a los catequistas expresando: “Hoy nos
hemos reunido para profundizar sobre la vocación catequística, para
encontrarnos y celebrar este precioso servicio en la Iglesia de Jesucristo. Ser
catequista no es simplemente enseñar una materia o cumplir con un horario semanal;
es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre el Amor de
Cristo y el corazón de cada persona”.
Luego
afirmó que “esta jornada nos ha servido para mirar de cerca y agradecer una
vocación que sostiene de manera silenciosa la vida de las comunidades. Ser
catequista no consiste en transmitir un temario ni en actuar como un docente de
contenidos religiosos, sino en acompañar procesos humanos, abrazar dudas,
testimoniar la fe recibida y hacer espacio para que cada persona descubra su
propio camino de fe”.
“Un ejercicio artesanal de paciencia”
Asimismo,
apuntó que “en un mundo acelerado y saturado de respuestas rápidas, la tarea
del catequista se convierte en un ejercicio artesanal de paciencia. Su valor
principal radica en saber escuchar antes de hablar, ofreciendo presencia en
lugar de fórmulas hechas. Acompañar implica aceptar los ritmos individuales,
entender que las preguntas profundas requieren tiempo y que el crecimiento
espiritual rara vez es lineal”.
“La
enseñanza más duradera de un catequista no está en los libros ni en las
dinámicas de grupo, sino en su manera de estar en el mundo. La coherencia, la
empatía, la sencillez y la capacidad de acoger la fragilidad ajena son los
verdaderos lenguajes de la catequesis. Se enseña lo que se sabe, pero se
contagia lo que se vive”, enfatizó.
También
señaló que “celebrar este día es reconocer las horas invisibles, el esfuerzo
constante y la dedicación generosa de quienes entregan su tiempo al servicio de
los demás. Es un llamado a la renovación: a no perder la frescura del primer
día, a seguir buscando nuevas formas de comunicar la fe con lenguaje cercano y
a recordar que la semilla sembrada con cariño siempre da fruto, aunque no
siempre nos toque verlo”.
Destacó
que “el Papa Francisco solía recordar que la catequesis no es una mera
transmisión de conocimientos teóricos, sino un encuentro vivo con Cristo. El
catequista es, ante todo, un testigo. No comunica ideas abstractas; comunica a
una Persona: a Jesús de Nazaret”.
“Doy gracias a Dios por la vida de
cada uno de ustedes”
“Hoy,
como obispo, doy gracias a Dios por la vida de cada uno de ustedes, aquí
presentes, y por todos los que no pudieron venir. Gracias por las horas
dedicadas a preparar los encuentros, por la creatividad para explicar el amor
de Dios, por la paciencia infinita y por la sonrisa acogedora”, manifestó.
Y
continuó: “En cada salón parroquial, en cada capilla, en aulas de escuelas y en
cada comunidad, ustedes están haciendo presente el Reino de Dios. Que la Virgen
María, la primera catequista que guardaba todo en su corazón y nos enseñó a
hacer ‘lo que Él nos diga’ (Jn 2,5) los guíe, los proteja y renueve siempre la
alegría de su servicio eclesial”.
Tras
reflexionar sobre la Palabra de Dios proclamada, rogó: “Querida Virgen del
Valle, Madre y modelo de los catequistas, te encomiendo la vida y la misión de
quienes promueven y enseñan la fe, los catequistas. Guárdalos bajo tu manto,
dales un corazón fiel y sencillo para transmitir y testimoniar la Palabra de
Dios y ayuda a cada catequizando a encontrarse vivamente con tu Hijo Jesús. De
un modo particular te encomiendo a los catequistas enfermos, que recuperen su
salud y den testimonio de la confianza puesta en el amor de Dios”.
Colecta por la visita del Papa y
agradecimiento
En
comunión con toda la Iglesia en Argentina, durante la celebración se realizó la
colecta destinada a la visita del Papa León XIV, que tiene lugar este fin de
semana.
En
torno a este acontecimiento, el Obispo invitó a que “nos preparemos para acoger
al Santo Padre que viene a confirmarnos en la fe para que la Iglesia que peregrina
en Argentina se renueve con esta visita”.
Luego
de la bendición, el padre Amaya agradeció “a Dios porque ha sido una hermosa
jornada, al Obispo que nos ha acompañado en esta jornada, a todos los sacerdotes
y catequistas del Decanato Centro, la Junta de Catequesis, porque ha sido un
trabajo en común, con la presencia del Espíritu Santo, que hemos ido haciendo
durante todo este tiempo, para llegar a este encuentro de la mejor manera”.
Así concluyó este
encuentro diocesano vivido en comunión, reflexión y crecimiento espiritual, en el
marco del Año Jubilar por el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto
Esquiú.
Queridos catequistas,
hoy nos hemos reunido para profundizar sobre la vocación catequística, para
encontrarnos y celebrar este precioso servicio en la Iglesia de Jesucristo. Ser
catequista no es simplemente enseñar una materia o cumplir con un horario
semanal; es un llamado profundo a ser eco de la voz de Dios y un puente entre
el Amor de Cristo y el corazón de cada persona. Esta jornada nos ha servido para
mirar de cerca y agradecer una vocación que sostiene de manera silenciosa la
vida de las comunidades. Ser catequista no consiste en transmitir un temario ni
en actuar como un docente de contenidos religiosos, sino en acompañar procesos
humanos, abrazar dudas, testimoniar la fe recibida y hacer espacio para que
cada persona descubra su propio camino de fe.
En un mundo acelerado y
saturado de respuestas rápidas, la tarea del catequista se convierte en un
ejercicio artesanal de paciencia. Su valor principal radica en saber escuchar
antes de hablar, ofreciendo presencia en lugar de fórmulas hechas. Acompañar
implica aceptar los ritmos individuales, entender que las preguntas profundas
requieren tiempo y que el crecimiento espiritual rara vez es lineal.
La enseñanza más
duradera de un catequista no está en los libros ni en las dinámicas de grupo,
sino en su manera de estar en el mundo. La coherencia, la empatía, la sencillez
y la capacidad de acoger la fragilidad ajena son los verdaderos lenguajes de la
catequesis. Se enseña lo que se sabe, pero se contagia lo que se vive.
Celebrar este día es
reconocer las horas invisibles, el esfuerzo constante y la dedicación generosa
de quienes entregan su tiempo al servicio de los demás. Es un llamado a la
renovación: a no perder la frescura del primer día, a seguir buscando nuevas formas
de comunicar la fe con lenguaje cercano y a recordar que la semilla sembrada
con cariño siempre da fruto, aunque no siempre nos toque verlo.
El Papa Francisco solía
recordar que la catequesis no es una mera transmisión de conocimientos
teóricos, sino un encuentro vivo con Cristo. El catequista es, ante todo, un testigo.
No comunica ideas abstractas; comunica a una Persona: a Jesús de Nazaret.
Tres tópicos:
*Escuchar antes de
hablar: Para
transmitir a Dios, primero hay que haberlo escuchado en la oración, en la
Palabra y en la vida cotidiana. Nadie puede dar lo que no tiene.
*Acompañar el
camino: La fe se
contagia por testimonio y cercanía. Ser catequista implica caminar al ritmo de
los niños, jóvenes y adultos, acogiendo sus dudas, sus alegrías y sus dolores.
*Sembrar con
paciencia: El
catequista siembra la semilla del Evangelio, pero sabe que es el Espíritu Santo
quien la hace crecer. Su labor requiere fe, constancia y mucha esperanza.
Hoy, como obispo, doy
gracias a Dios por la vida de cada uno de ustedes, aquí presentes, y por todos
los que no pudieron venir. Gracias por las horas dedicadas a preparar los
encuentros, por la creatividad para explicar el amor de Dios, por la paciencia
infinita y por la sonrisa acogedora. En cada salón parroquial, en cada capilla,
en aulas de escuelas y en cada comunidad, ustedes están haciendo presente el
Reino de Dios. Que la Virgen María, la primera catequista que guardaba todo en
su corazón y nos enseñó a hacer "lo que Él nos diga" (Jn 2,5) los guíe, los proteja y renueve siempre la alegría
de su servicio eclesial.
El mensaje de la
Palabra de Dios de este Domingo XXI del tiempo ordinario, parte de una pregunta
que no busca información, ni conocer datos, sino que busca que quien es
preguntado tome una decisión y responda no desde lo que cree conocer, sino
desde el corazón y desde su vida. Pregunta que nos sitúa ante nosotros mismos y
nos obliga a tomar postura: «Y, tú, ¿quién dices que soy yo?».
No es una cuestión
dirigida sólo a sus discípulos. Es una pregunta que atraviesa los siglos y
llega también a cada creyente. Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús, haber
oído hablar de Él desde niños, admirar sus enseñanzas o incluso participar
activamente en la vida de la Iglesia. Pero llega un momento en que no basta con
repetir respuestas aprendidas. Urge dar una respuesta personal.
Las lecturas de hoy nos
invitan a descubrir que la fe es siempre un don de Dios y una respuesta libre
del ser humano. Pedro puede reconocer a Jesús como el Mesías, el Ungido, porque
Dios Padre se lo ha revelado. Nosotros también necesitamos abrir el corazón
para dejarnos iluminar por Dios y reconocer quién es realmente Jesucristo en
nuestra vida.
Es una buena ocasión
para preguntarnos, cada uno sinceramente, que significa Jesús en nuestras
vidas, …si es que significa algo.
Miren, casi seguro que,
allí donde pasan muchas horas cada día, la cuestión de la fe (es decir, ser
cristiano y todo aquello que implica) no ocupa, sustancialmente el centro de
atención de sus conversaciones.
Probablemente, saben
hablar de todo, pero les cuesta hablar de Dios. Expresar sus convicciones
religiosas. Manifestar sus creencias. Defender, si la situación lo requiere, la
concepción que los cristianos tenemos de la vida, de la familia y de la
sociedad desde el Evangelio.
En este proceso de
conocer a Cristo, el texto de Romanos nos lleva hasta uno de esos momentos en
los que san Pablo deja de argumentar para ponerse a contemplar. Tras
reflexionar sobre la misericordia de Dios y su manera de conducir la historia,
se da cuenta de que se encuentra ante algo que no se puede encerrar en una
explicación. Por ello exclama: «¡qué abismo de riqueza, de sabiduría y de
conocimiento el de Dios!» (Rom 11,33). Pablo
no dice que la fe sea irracional ni tampoco que no debamos buscar razones para
entenderla. Lo que sí afirma es que Dios siempre será más grande de lo que
podemos pensar sobre Él. Podemos conocer algo de Dios, podemos llegar a
descubrir, reconocer su amor, experimentar su presencia, pero nunca agotarlo.
Hay una profundidad en su misterio que hace que nuestros parámetros resulten
demasiado cortos y estrechos.
Esto resulta muy
importante, cuando la vida no se ajusta a nuestras expectativas. A menudo
queremos resolver la situación, tenemos la necesidad de entender por qué algo
está ocurriendo, por qué Dios ha permitido determinada situación, o por qué el
camino de la fe tiene momentos de oscuridad. Este texto nos invita a vivir de
otra manera: no desde la necesidad de tener la respuesta, sino desde la
confianza.
«¿Quién conoció la
mente del Señor?» (Rom 11,34), pregunta Pablo. La pregunta no
quiere avergonzarnos, por ser ignorantes, sino liberarnos y reavivar la
confianza en Él. No tenemos que usurpar el lugar de Dios, no hace falta llegar
a comprenderlo todo. Podemos reconocer nuestros límites y, precisamente desde
ahí, confiamos. La humildad de la fe cristiana comienza muchas veces cuando
dejamos de exigir a Dios que encaje en nuestros planes y propósitos.
De ahí pasará Pablo al
centro de su contemplación: «Él es el origen, guía y meta del universo» (Rom 11,36). Dios no es un elemento más de la vida.
Es el origen de la vida, el cimiento sobre el que se edifica todo, y el destino
de la vida. Todo lo que somos, todo lo que tenemos, recibe de Él su
significado. Esta concepción también modifica nuestra manera de vivir. La vida
deja de entenderse como un derecho personal y se convierte en un don que
estamos llamados a cuidar, agradecer y dar.
Por eso el pasaje
termina con una alabanza: «A él la gloria por los siglos. Amén». La
respuesta al misterio de Dios no es solamente buscar explicaciones, sino
también aprender a adorar. La alabanza nace cuando descubrimos que nuestra vida
no depende únicamente de nuestras fuerzas y que, incluso cuando no vemos el
camino completo, podemos ponernos en manos de Dios.
Vivir este texto hoy
puede significar algo muy concreto: confiar un poco más y controlar un poco
menos; aceptar que no tenemos todas las respuestas; agradecer lo
recibido; mirar a los demás con humildad y reconocer que Dios puede
estar actuando de maneras que no alcanzamos a comprender.
La fe madura no
consiste en tenerlo todo claro. Consiste en seguir caminando cuando no todo
está claro, sabiendo que detrás de nuestra limitada mirada existe un Dios cuya
sabiduría y misericordia son mucho mayores que las nuestras. Ante ese misterio,
quizá la mejor respuesta sea sencilla: vivir con confianza, recibir cada día
como un regalo y orientar nuestra vida hacia Aquél de quien todo procede y en Quien
todo encuentra su plenitud.
Por eso, quizá, con
confianza. como hizo entonces Pedro, nuestra Iglesia (con contradicciones,
deficiencias, limitaciones, dificultades, miedos, mezquindades, etc.) hoy debe
seguir respondiendo a la pregunta de Cristo: “Tú, Señor, eres el Ungido, el
Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16)…
¿Podremos zafar con una respuesta simple, aprendida de niños? ¿Es eso lo que el
Señor espera de cada uno de nosotros? … ¡Vean!
cada uno ha de hacerse esta pregunta a solas, mirando a Jesús clavado en
la Cruz y dejando hablar al corazón.
Jesús no ha venido al
mundo para ser coreado en pancartas y luego ser olvidado en el estilo de vida
de los que nos decimos creyentes. Jesús no ha nacido para que nos remitamos a
las actas de la historia y comprobemos que, en verdad, existió. Jesús no ha irrumpido,
de repente, para que lo ensalcemos como un defensor de las causas perdidas.
Jesús, sobre todo, ha venido para que veamos en Él la mejor fotografía y el
mejor rostro que Dios tiene: el AMOR.
En este año 2026, Bicentenario
del nacimiento del Beato Esquiú, nuevamente, Jesús espera una respuesta: ¿Qué
decimos sobre Él? ¿Lo conocemos profundamente o sólo superficialmente?
¿Escuchamos su Palabra o simplemente asistimos a su lectura? ¿Estamos en
comunión con Él, o somos unos amigos interesados que sólo lo saben vivir y
sentir en ciertas celebraciones solemnes? … ¿Cuál es tu respuesta?
Querida Virgen del
Valle, Madre y modelo de los catequistas, te encomiendo la vida y la misión de
quienes promueven y enseñan la fe, los catequistas. Guárdalos bajo tu manto,
dales un corazón fiel y sencillo para transmitir y testimoniar la Palabra de
Dios y ayuda a cada catequizando a encontrarse vivamente con tu Hijo Jesús. De
un modo particular te encomiendo a los catequistas enfermos, que recuperen su
salud y den testimonio de la confianza puesta en el amor de Dios. Amén.
