“El sacerdocio no es una carrera, ni un medio de ascenso social, ni un refugio; es una entrega radical”, dijo el Obispo.
En
la noche del viernes 29 de mayo, el obispo diocesano, Mons. Luis Urbanč, ordenó
sacerdote al joven Carlos Daniel Bazán, durante la Santa Misa que presidió en
el Altar Mayor de la Catedral Basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle,
en el marco del Año Jubilar Diocesano por el Bicentenario del Natalicio del
Beato Mamerto Esquiú.
La
Eucaristía fue concelebrada por sacerdotes del clero catamarqueño, entre ellos
el vicario general, Pbro. Julio Murúa, y el rector del Santuario Catedral,
Pbro. Juan Ramón Cabrera; el rector del Seminario Mayor Nuestra Señora de la
Merced y San José de la Arquidiócesis de Tucumán, Pbro. Fabián Giménez; el
director espiritual, Pbro. Gerardo Diéguez, y sacerdotes del clero tucumano.
Acompañaron
a Carlos Daniel sus padres y hermanos, amigos, religiosas y fieles laicos
provenientes de distintas comunidades parroquiales, particularmente de aquellas
donde vino realizando su experiencia pastoral. También se destacó la
participación de jóvenes que se prepararon para esta Eucaristía con una hora
santa rogando por las vocaciones de especial consagración.
En
el inicio de la ceremonia litúrgica, el Pbro. Julio Quiroga del Pino, párroco
de Santa Rosa de Lima (Capital), dio lectura al decreto correspondiente, mientras
que el Pbro. Diego Manzaraz, responsable de la Pastoral Vocacional Diocesana,
presentó al candidato ante el Obispo.
Al
comienzo de su homilía, Mons. Urbanč expresó que éste “es un día de fiesta para
la Iglesia de Catamarca. Nos congregamos para agradecer y para ser testigos de un
misterio profundo, de un milagro de amor: la ordenación sacerdotal de nuestro
hermano Carlos Daniel Bazán”, a la vez agradeció “a Carlos y Mirta, sus padres,
que han sabido secundar con mucha paciencia y generosidad su largo proceso
formativo inicial. Que el Señor los reconforte y recompense con creces,
bendiciéndolos e iluminándolos en sus decisiones diarias y en la guía y
educación del resto de sus hijos”.
Seguidamente
reflexionó sobre las lecturas escuchadas que “iluminan el sentido de este
ministerio que Carlos está a punto de asumir. Nos hablan del inicio del camino,
del llamado, y de la meta, del modelo supremo de lo que significa ser sacerdote”,
afirmó.
En
torno a la primera lectura, tomada del libro del profeta Jeremías, dijo que “nos
lleva al corazón mismo de la vocación. El Señor le dice al profeta: ‘Antes de formarte en el vientre, te elegí;
antes de que salieras del seno materno, te consagré’. Carlos, estas
palabras resuenan hoy de manera especial para ti. Tu vocación no es un invento
tuyo, no es el resultado de un cálculo o de una ambición personal. Es, ante
todo, un misterio de elección divina. Dios, en su designio inescrutable, ha
puesto su mirada en ti desde la eternidad. Te ha amado primero”.
“Ante
este llamado abrumador, la reacción de Jeremías es muy humana y comprensible: ‘¡Ah,
Señor Dios! Mira que no sé hablar, porque soy un muchacho’. Es la experiencia
de la propia insuficiencia frente a la grandeza de la misión. Es probable que
tú también, en algún momento de tu camino, hayas sentido ese vértigo, esa
sensación de pequeñez, de inutilidad y de indignidad. Pero la respuesta de Dios
a Jeremías es la misma que te da hoy a ti: ‘No digas: “Soy un muchacho”, porque
irás adondequiera que yo te envíe, y dirás todo lo que yo te mande. No les tengas
miedo, porque yo estoy contigo para librarte’", expresó, agregando que “Dios
no elige a los capacitados, sino que capacita a los elegidos. Tu fortaleza no
residirá en tus propias habilidades o en tu elocuencia, sino en la promesa
inquebrantable del Señor: ‘Yo estoy contigo’. El gesto de Dios tocando la boca
de Jeremías es un símbolo poderoso de la gracia sacramental que recibirás”.
Al
meditar sobre la figura del Buen Pastor, aseveró que “el Evangelio de San Juan
nos muestra el modelo y la esencia del ministerio sacerdotal: Cristo, el Buen
Pastor”, y dirigiéndose a Carlos apuntó que “hoy, por mi ministerio y poder
sacerdotal, te configurarás con Cristo, Cabeza y Pastor de la Iglesia. Esto
significa que estás llamado a amar al pueblo de Dios con el mismo amor oblativo
de Jesús. El sacerdocio no es una carrera, ni un medio de ascenso social, ni un
refugio. Es una entrega radical, un ‘dar la vida’ día a día, hasta tu encuentro
definitivo con Dios Padre. Dar la vida por las ovejas significa estar dispuesto
a gastarse y desgastarse por ellas”.
“Como
sacerdote, estás llamado a cultivar una relación personal y constante con
Cristo a través de la oración, la Eucaristía y la Palabra. Solo si conoces
verdaderamente al Pastor supremo, podrás pastorear su rebaño. Te lo repito: es
el Rebaño de Jesucristo, no tuyo… somos administradores y tendremos que dar
cuenta seriamente de la gestión”, señaló, indicando que “el verdadero pastor no
gobierna desde lejos, sino que camina con su pueblo, a veces delante para
guiar, a veces en medio para animar, y a veces detrás para sanar a los heridos,
agobiados, desanimados o desencantados”.
Más
adelante llamó a Carlos a apostar siempre por el estilo de vida sinodal y a
cultivar el vínculo con el Presbiterio, que “nace del mismo sacramento del
Orden... En esta nueva etapa que comienzas, el presbiterio debe ser para ti tu
primera comunidad”.
En
otro tramo invitó a los jóvenes a que “si sienten que el Señor los llama, no
teman responder con generosidad. Hablen con un sacerdote, acérquense a nuestra
Casa de Nazareth, oren y pidan luz. El Señor nunca quita nada, lo da todo”.
“El
mundo necesita testigos del amor de Dios. Necesita manos que bendigan, voces
que perdonen en nombre de Cristo, corazones que acompañen a los que sufren y
celebren la Eucaristía para saciar el hambre del pueblo de Dios. Es una
aventura apasionante, exigente, pero llena de una alegría profunda que el mundo
no puede dar”, enfatizó.
Al
final de su predicación rogó “que María del Valle y el Beato Mamerto Esquiú, te
acompañen siempre en tu ministerio. Que Ella, que pronunció su ‘SÍ’ con total
entrega, te enseñe a ser un instrumento dócil y fecundo en las manos del Señor”.
Rito de consagración
Continuando
con la ceremonia litúrgica, Carlos Daniel prometió obediencia y respeto al
Obispo y a sus sucesores, y se postró en el suelo mientras la asamblea cantaba
las letanías de los santos.
Seguidamente,
se realizó la imposición de las manos por parte del Obispo y de todos los
sacerdotes presentes.
Y
luego de la oración de consagración, el nuevo presbítero fue revestido por sus
padrinos sacerdotes con la estola y la casulla.
A
continuación, el Obispo ungió con el Santo Crisma las manos del nuevo sacerdote,
que ató con un manutergio, simbolizando el sacerdocio eterno, el cual fue
desatado por su madre, a quien se le entregó el paño litúrgico.
En
el momento de la preparación de la mesa eucarística recibió el cáliz y la
patena, y con un fuerte aplauso de los presentes, pasó a formar parte de los
celebrantes en el altar.
La
Eucaristía continuó de la forma acostumbrada; y después de la Comunión, el
flamante sacerdote se consagró a la Virgen del Valle y recibió una bendición
especial del Obispo.
De
esta manera, la Iglesia catamarqueña participó con alegría de este gran
acontecimiento de fe, bajo el amparo de Nuestra Señora del Valle y del Beato
Mamerto Esquiú, a quien celebramos en los 200 años de su nacimiento.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
Querido
Carlos, queridos hermanos y hermanas en Cristo; en especial, queridos jóvenes
que se prepararon a esta celebración por medio de una hora santa, frente a
Jesús Sacramentado.
Hoy
nos hemos reunido llenos de gozo y esperanza, porque es un día de fiesta para
la Iglesia de Catamarca. Nos congregamos para agradecer y para ser testigos de
un misterio profundo, de un milagro de amor: la ordenación sacerdotal de
nuestro hermano Carlos Daniel Bazán. Pero, antes que nada, quiero agradecer a
Carlos y Mirta, sus padres, que han sabido secundar con mucha paciencia y
generosidad su largo proceso formativo inicial. Que el Señor los reconforte y
recompense con creces, bendiciéndolos e iluminándolos en sus decisiones diarias
y en la guía y educación del resto de sus hijos.
Las
lecturas que hemos escuchado iluminan el sentido de este ministerio que Carlos
está a punto de asumir. Nos hablan del inicio del camino, del llamado, y de la
meta, del modelo supremo de lo que significa ser sacerdote.
1. El Misterio de
la Elección (Jeremías 1,4-9)
La
primera lectura, tomada del libro del profeta Jeremías, nos lleva al corazón
mismo de la vocación. El Señor le dice al profeta: "Antes de formarte
en el vientre, te elegí; antes de que salieras del seno materno, te
consagré".
Carlos, estas palabras
resuenan hoy de manera especial para ti. Tu vocación no es un invento tuyo, no
es el resultado de un cálculo o de una ambición personal. Es, ante todo, un
misterio de elección divina. Dios, en su designio inescrutable, ha puesto su
mirada en ti desde la eternidad. Te ha amado primero.
Ante
este llamado abrumador, la reacción de Jeremías es muy humana y comprensible: "¡Ah,
Señor Dios! Mira que no sé hablar, porque soy un muchacho". Es la
experiencia de la propia insuficiencia frente a la grandeza de la misión. Es
probable que tú también, en algún momento de tu camino, hayas sentido ese
vértigo, esa sensación de pequeñez, de inutilidad y de indignidad.
Pero
la respuesta de Dios a Jeremías es la misma que te da hoy a ti: "No
digas: 'Soy un muchacho', porque irás adondequiera que yo te envíe, y dirás
todo lo que yo te mande. No les tengas miedo, porque yo estoy contigo para
librarte".
Dios
no elige a los capacitados, sino que capacita a los elegidos. Tu fortaleza no
residirá en tus propias habilidades o en tu elocuencia, sino en la promesa
inquebrantable del Señor: "Yo estoy contigo". El gesto de Dios
tocando la boca de Jeremías es un símbolo poderoso de la gracia sacramental que
recibirás. El Espíritu Santo purificará tus labios y pondrá su Palabra en tu
boca, para que hables no en tu nombre, sino en el nombre de Cristo.
2. El Modelo del
Buen Pastor (Juan 10,11-16)
Si
Jeremías nos habla del origen del llamado, el Evangelio de San Juan nos muestra
el modelo y la esencia del ministerio sacerdotal: Cristo, el Buen Pastor.
"Yo soy el
buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas". Jesús establece una diferencia
radical entre el pastor verdadero y el asalariado. El asalariado trabaja por
una paga; su interés principal no es el rebaño, sino su propio beneficio. Ante
el peligro, ante la llegada del lobo, el asalariado huye y abandona a las
ovejas.
Carlos, hoy, por mi
ministerio y poder sacerdotal, te configurarás con Cristo, Cabeza y Pastor de
la Iglesia. Esto significa que estás llamado a amar al pueblo de Dios con el
mismo amor oblativo de Jesús. El sacerdocio no es una carrera, ni un medio de
ascenso social, ni un refugio. Es una entrega radical, un "dar la
vida" día a día, hasta tu encuentro definitivo con Dios Padre.
Dar
la vida por las ovejas significa estar dispuesto a gastarse y desgastarse por
ellas. Significa escuchar sus alegrías y sus penas, cargar con sus heridas,
buscar a la oveja perdida y vendar a la herida. Significa estar cerca del
rebaño, ‘con olor a oveja’, como recordaba, a menudo, el Papa Francisco.
3. Conocer y Ser
Conocido
El
Señor añade otra dimensión fundamental: "Yo soy el buen pastor; conozco
a mis ovejas, y las mías me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo
conozco al Padre".
Este
conocimiento no es meramente intelectual; es un conocimiento de amor, de
intimidad profunda. Como sacerdote, estás llamado a cultivar una relación
personal y constante con Cristo a través de la oración, la Eucaristía y la
Palabra. Solo si conoces verdaderamente al Pastor supremo, podrás pastorear su
rebaño. Te lo repito: es el Rebaño de Jesucristo, no tuyo; Él lo formó con su
entrega en la Cruz. Tú, yo y el resto de los sacerdotes cuidamos lo ajeno, como
si fuera nuestro. Por eso, debemos hacerlo mejor que si fuera sólo nuestro.
Somos administradores y tendremos que dar cuenta seriamente de la gestión.
Y,
al mismo tiempo, estás llamado a conocer a las personas que te serán
encomendadas. Conocerlas por su nombre, conocer sus historias, sus luchas y sus
esperanzas. El verdadero pastor no gobierna desde lejos, sino que camina con su
pueblo, a veces delante para guiar, a veces en medio para animar, y a veces
detrás para sanar a los heridos, agobiados, desanimados o desencantados.
4. La Universalidad
de la Misión
Finalmente,
Jesús abre el horizonte de la misión: "Tengo también otras ovejas que
no son de este redil; también a ellas debo traerlas, y escucharán mi voz, y
habrá un solo rebaño, un solo pastor".
El
corazón del sacerdote, a imagen del de Cristo, debe ser un corazón universal,
sin fronteras. No te cierres en las comodidades de lo ya establecido. Sal a
buscar a los que están lejos, a los que sufren, a los que se sienten excluidos
de la misericordia de Dios. Sé un puente de reconciliación y un instrumento de
unidad. Apuesta por el estilo de vida Sinodal. ¡Sé siempre sinodal!
5.- El Vínculo
Indisoluble con el Presbiterio
Sin
embargo, querido Carlos, hoy recibes este don inmenso e inefable, pero no de un
modo aislado. Al imponer mis manos sobre tu cabeza, y al hacerlo después todos
los sacerdotes aquí presentes, no sólo te transmitimos el don del Espíritu
Santo para el ministerio, sino que te acogemos en una familia: el presbiterio
diocesano.
El
sacerdocio no es una vocación para francotiradores espirituales. No eres un
llanero solitario enviado a una misión aislada. Desde este momento, te insertas
vitalmente en un cuerpo, en una comunión sacramental, afectiva y efectiva, con
el Obispo y con cada uno de tus hermanos sacerdotes.
El
Concilio Vaticano II nos recuerda luminosamente que los presbíteros "están
unidos entre sí por íntima fraternidad sacramental" (Presbyterorum Ordinis, 8). Esta fraternidad no es una simple
camaradería humana, ni un mero espíritu de cuerpo, y mucho menos un sindicato o
una coalición de intereses. Es un vínculo que nace del mismo sacramento del
Orden. Comparten un mismo Señor, una misma misión y un mismo ministerio.
En
esta nueva etapa que comienzas, el presbiterio debe ser para ti tu primera
comunidad. En tus hermanos sacerdotes encontrarás:
*Compañeros de yugo: Hombres que conocen el peso y la
alegría del ministerio. Ellos comprenderán tus cansancios, tus ilusiones, tus
decepciones y tus esperanzas mejor que nadie, porque caminan por el mismo
sendero.
*Consejeros y guías: Sobre todo en los sacerdotes
mayores, hallarás la sabiduría de la experiencia, el consejo prudente y el
testimonio de la fidelidad a lo largo de los años. No dudes en acercarte a
ellos, escúchalos y aprende de su camino.
*Hermanos para sostener y ser sostenido: Habrá días luminosos en los que
podrás animar a otros, y días oscuros en los que necesitarás que un hermano te
escuche, te corrija con caridad o, simplemente, rece contigo y por ti. La
fraternidad sacerdotal es un antídoto poderoso contra la soledad y el desánimo,
que son tentaciones frecuentes en el ejercicio de este admirable ministerio.
Cultiva
esta fraternidad, Carlos Daniel. No te aísles en tu parroquia o en tu tarea
pastoral. Participa activamente en los encuentros del presbiterio, reza con tus
hermanos, comparte la mesa y la vida. Sé constructor de comunión, evitando
murmuraciones o divisiones que tanto dañan el Cuerpo de Cristo.
Y
en el centro de esta comunión sacerdotal, está el vínculo con tu Obispo. La
promesa de obediencia y respeto que harás dentro de unos momentos no es una
sumisión servil, sino la expresión de una comunión jerárquica que garantiza que
tu ministerio sea, en verdad y saludablemente eclesial y apostólico. Yo soy tu
padre y tu pastor, y en mí, y en mis sucesores, encontrarás siempre un corazón
abierto para escucharte, guiarte y sostenerte.
6.- Invitación a
los jóvenes:
Y
ahora, permítanme dirigir la mirada a ustedes, los jóvenes que hoy nos
acompañan. Miren a Carlos. Él es un joven como ustedes, con sus sueños, sus
proyectos, sus inquietudes. Pero un día experimentó que el Señor lo miraba con
un amor especial y escuchó esa invitación inconfundible: "Ven y
sígueme".
Quizás
algunos de ustedes sientan hoy una inquietud en el corazón, una chispa que se
enciende al ver este misterio. Quizás se pregunten: "¿Será que Dios me
llama a mí a ser sacerdote?". No tengan miedo a esa pregunta. ¡No la
apaguen con el ruido del mundo ni con las dudas!
El
mundo necesita testigos del amor de Dios. Necesita manos que bendigan, voces
que perdonen en nombre de Cristo, corazones que acompañen a los que sufren y
celebren la Eucaristía para saciar el hambre del pueblo de Dios. Es una
aventura apasionante, exigente, pero llena de una alegría profunda que el mundo
no puede dar.
Si
sienten que el Señor los llama, no teman responder con generosidad. Hablen con
un sacerdote, acérquense a nuestra ‘Casa de Nazareth’, oren y pidan luz. El
Señor nunca quita nada, lo da todo. Y si Él los llama a ser pescadores de
hombres, les aseguro que su vida se llenará de un sentido y una fecundidad
insospechados. ¡Atrévanse a decirle que sí a Jesucristo, Salvador del Mundo,
Gran Amigo y Consejero de los jóvenes, Camino, Verdad y Vida!
Conclusión
Que
la Virgen María, Madre de los sacerdotes, te enseñe a amar a tus hermanos en el
ministerio y a vivir intensamente esta comunión, para que juntos, como un solo
presbiterio, seamos un reflejo vivo del Buen Pastor para el pueblo santo de
Dios.
Recuerda
siempre el consuelo de la promesa de Dios a Jeremías: "Yo estoy
contigo". Y mantén siempre ante tus ojos el modelo supremo de Cristo,
el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas.
Que
María del Valle y el Beato Mamerto Esquiú, te acompañen siempre en tu
ministerio. Que Ella, que pronunció su "SÍ" con total entrega,
te enseñe a ser un instrumento dócil y fecundo en las manos del Señor. Amén.
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