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16 junio 2009

Emotiva procesión de San Antonio de Padua



Este último sábado, con la participación devota y multitudinaria de fieles, se concretó la procesión que marcó la culminación de las festividades en honor a San Antonio de Padua.
Los chicos de catequesis encabezaron la marcha junto a sus catequistas.
La misma comenzó frente a la sede parroquial, subiendo por Almagro, después por Salta, realizando una parada y oraciones especiales por los enfermos, en el Instituto Médico de la Comunidad, marcando uno de los momentos más emotivos de la procesión.
Posteriormente, se continuó hasta el Hogar de Ancianos Fray Mamerto Esquiú, contándose con la presencia de la mayoría de los internos que salieron ante la visita del Santo.
El trayecto continuó por avenida Belgrano hasta calle Tucumán, para retomar por Almagro y regresar a la parroquia, donde concluyó con la celebración de la Santa Misa.
Todas las actividades fueron presididas y coordinadas por el párroco, Lic. Pbro. Oscar Tapia.

Curso sobre las Cartas de San Pablo
Continuando con la acción pastoral de capacitar a los miembros de la comunidad parroquial, se ofrecerá el curso que sobre Las Cartas de San Pablo, a cargo del párroco Oscar Tapia.
Se trata de un extenso compendio de documentos, que se ofrecen totalmente gratuitos, solamente se cobra $ 1 por el costo del soporte en CD.
Las personas interesadas pueden solicitarlo en la secretaría de la parroquia, ubicada en la esquina de Almagro y Tucumán, todos los días, a partir de las 18.30.

15 junio 2009

“Sólo aceptando a Cristo, presente en la Eucaristía, es posible superar las barreras del odio y la injusticia”




En la tarde del domingo 14 de junio, las comunidades parroquiales de la ciudad capital celebraron al Santísimo Cuerpo y la Preciosísima Sangre de Jesucristo, durante la Santa Misa, presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanč, y concelebrada por sacerdotes de la Diócesis. Una vez finalizado el oficio religioso, realizado en el Paseo General Navarro (La Alameda), los participantes emprendieron la marcha procesional hasta el Santuario y Catedral del Santísimo Sacramento y Nuestra Señora del Valle, donde recibieron la bendición final.
En el transcurso de la celebración litúrgica, el Señor Obispo nombró a los Ministros Extraordinarios de la Comunión, que ayudarán a los sacerdotes por el lapso de un año, en la administración de la Eucaristía durante las celebraciones litúrgicas y a los hermanos enfermos.
Asimismo, la Solemnidad de Corpus Christi coincidió con la Colecta Nacional de Cáritas, que se realizó el todo el territorio diocesano.

Texto de la homilía
Antes que nada, escuchemos lo que Santo Tomás de Aquino dice respecto a esta Solemnidad: “El Hijo único de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, tomó nuestra naturaleza, a fin de que, hecho hombre, divinizase a los hombres. Además, entregó por nuestra salvación todo cuanto tomó de nosotros. Porque por nuestra reconciliación, ofreció sobre el altar de la cruz, su cuerpo como víctima a Dios, su Padre, y derramó su sangre como precio de nuestra libertad y como baño sagrado que nos lava, para que fuésemos liberados de una miserable esclavitud y purificados de todos nuestros pecados.
Pero, a fin de que recordásemos tan gran beneficio, nos dejó, bajo las apariencias de pan y vino, su Cuerpo y su Sangre, como alimento y bebida.
Ya no se nos ofrece para comer, carne de becerros o corderos, como en la antigua Ley, sino el mismo Cristo, verdadero Dios.
No hay sacramento más saludable, pues por él se borran los pecados, se aumentan las virtudes y se nutre el alma con la abundancia de todos los dones espirituales.
Se ofrece, en la Iglesia, por los vivos y por los difuntos, ya que ha sido establecido para la salvación de todos.
En este sacramento gustamos la suavidad espiritual en su misma fuente y celebramos la memoria del inmenso y sublime amor que Cristo mostró en su Pasión.
Por eso, para que la inmensidad de este amor se imprimiese más hondamente en el corazón de los fieles, en la última cena, antes de pasar de este mundo al Padre, Cristo instituyó este sacramento como memorial perenne de su pasión, como cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia”.

Manifestación de nuestra fe
Las lecturas bíblicas que acabamos de escuchar nos ilustran con mucho realismo sobre el Misterio que estamos celebrando: por un lado, la superación de los antiguos ritos; y por otro, la fuerza del nuevo y definitivo rito con las palabras textuales de Jesús: ‘tomen y coman, esto es mi cuerpo’...’tomen y beban, esta es mi sangre’.
La fiesta de hoy es la única manifestación, explícitamente pública, que hacemos de nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en las especies del Pan y del Vino Eucarísticos.
Con la celebración del sacrificio redentor de Cristo y con la procesión que haremos a continuación hacia la catedral basílica queremos proclamar a todos cuantos viven en nuestra ciudad que sólo en Cristo el ser humano encuentra la razón de ser de su existencia y los sufrimientos que ella conlleva; que sólo Cristo es la base de una sociedad más justa, fraterna y solidaria donde haya lugar para todos; que sólo aceptando humildemente a Cristo, verdaderamente presente en las especies sacramentales, es posible superar y erradicar las barreras del odio, la envidia, la injusticia, la mezquindad, el oportunismo, el egoísmo, la mentira, los vicios y la muerte; que sólo en Cristo y por Cristo podrán reinar en nuestra ciudad la concordia, el respeto, la honestidad, el compañerismo y la amistad social.
Como verdadero Cuerpo Místico de Cristo, fortalezcamos y rehagamos, en y desde la Eucaristía, los vínculos del entramado social, tan desarticulado y viciado por intereses que nada tienen que ver con nuestra condición de discípulos-misioneros de Cristo.

La caridad, distintivo de la vida eclesial y social
El misterio de la Eucaristía es el sacramento del amor y de la caridad, verdadera naturaleza del Eterno Dios, Uno y Trino, y por ende, verdadera naturaleza de la Iglesia. Es por ello que la caridad debe ser el distintivo de nuestra vida eclesial y social. Por eso, hoy, en todo el país se hace la colecta de ‘Caritas’, pues el amor hace posible lo humanamente imposible; el amor lo renueva y vivifica todo; el amor suaviza, hace llevadero y da sentido a todo sufrimiento material o espiritual. Seamos generosos en dar y en darnos, pues sólo así se participa fructuosamente de la Eucaristía. De lo contrario es pura hipocresía.
Esta fiesta del Corpus Christi tiene que movilizarnos a aprovechar mejor este tercer año de nuestra preparación a celebrar el Centenario de nuestra Diócesis. Les recuerdo que nos hemos comprometido a iluminar la realidad civil y eclesial con las sabias y abundantes enseñanzas sociales del Magisterio de la Iglesia, que son la puesta en práctica de la predicación de nuestro Señor Jesucristo y que debe observar todo bautizado. Así, luego de estos tres años de preparación, nos habremos puesto a punto para celebrar fecundamente el Centenario de nuestra Iglesia diocesana; Centenario que nos debe catapultar en la apasionante tarea de una Iglesia en permanente estado de misión. Nuestra Madre del Valle estará a nuestro lado para que no perdamos el entusiasmo y siempre nos apoyemos confiadamente en su Hijo Jesús, nuestro Redentor, presente en el alimento eucarístico.

Ministros extraordinarios de la Comunión
En esta celebración nos acompañan hermanos y hermanas del Decanato Capital, a los que concedo, sólo por un año, la facultad de ayudar a los sacerdotes en la distribución de la comunión dentro y fuera de la celebración de la Santa Misa. Ellos serán instituidos en sus respectivas parroquias por medio de un breve rito, según lo disponen las normas litúrgicas.
Por este motivo, exhorto a todos los fieles que sepan valorar y respetar este noble servicio que prestarán quienes, para ello, han sido elegidos y designados.
Y a quienes prestarán este servicio los animo paternalmente a que realicen esta tarea con respeto, dignidad y ejemplaridad en medio de sus hermanos. Sean verdaderos adoradores de Jesús presente en la Eucaristía; dedíquenle generosamente tiempo para estar con Él, intercediendo por los enfermos, necesitados y alejados del amor de Dios. Nunca hagan de este servicio una rutina. Cada vez como si fuera la primera y la última. Es al mismo Hijo de Dios, hecho Hombre, a quien tendrán en sus manos para depositarlo en el corazón de aquellos por quienes Él se inmoló en la Cruz. Profundicen en este inagotable e inefable Misterio, meditando asiduamente las SS.EE. y con la oración fervorosa.

Año sacerdotal
El próximo viernes 19 de junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, en la Basílica de San Pedro, con el rezo de Vísperas, el Papa lanzará el Año Sacerdotal.
Queridos hermanos sacerdotes, somos conscientes de que cada día estamos llamados a la conversión, pero este Año estamos convocados a hacerlo de un modo más enfático junto a cuantos han recibido el don de la Ordenación sacerdotal.
Cabe aquí la pregunta: ¿A qué debemos convertirnos? Simplemente, a ser siempre más auténticamente aquello que somos; conversión hacia nuestra identidad eclesial para que nuestro ministerio sea absolutamente consecuente con dicha identidad, de modo que nuestro "ser" determine nuestro "hacer". Dicho de otro modo: ofrecer el espacio a Cristo, Buen Pastor, para que Él pueda vivir en nosotros y actuar a través nuestro.
Nuestra espiritualidad no puede ser otra que la de Jesucristo, Sumo y Único Sacerdote del Nuevo Testamento.
En este Año, que el Sumo Pontífice oportunamente ha proclamado, buscaremos todos juntos la referencia a la identidad de Cristo, Hijo de Dios, en comunión con el Padre y el Espíritu Santo, hecho Hombre en las entrañas virginales de María; a su misión de revelar al Padre y a su admirable diseño de salvación. Esta misión de Cristo comporta también la construcción de la Iglesia: El Buen Pastor (cfr. Jn. 19, 1-21), que da su vida por la Iglesia (cfr. Ef. 5, 25).
Convertirnos, cada día, para que el estilo de vida de Cristo sea cada vez más el estilo de cada uno de nosotros.

Comprometidos a vivir en comunión
Tenemos que ser para los hombres, es decir, comprometernos a vivir en comunión con el santo y divino amor por la gente; un amor hasta dar la vida (aquí radica la riqueza del sagrado celibato), que obliga a la solidaridad auténtica con los que sufren y con los pobres.
Hemos de ser constructores de la única Iglesia de Cristo, lo que implica vivir fielmente la comunión de amor con el Papa, con los Obispos, con los hermanos sacerdotes y con los fieles. Vivir la comunión como camino jamás interrumpido en el interior del Cuerpo místico. Adentrémonos con entusiasmo y generosidad en este Año para poder exclamar con verdad: "no soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí" (Gal. 2, 20).
En fin, queridos hermanos y hermanas, dejémonos abrazar por el infinito amor de Jesucristo, que se entrega en este inescrutable Misterio de la Eucaristía y, a ejemplo de la Santísima Virgen María, seamos verdaderos adoradores de Dios y testigos de de su inagotable Misericordia, de la que la humanidad siempre tiene necesidad y que, por caminos tantas veces contradictorios, busca encontrar. No nos cansemos de ser ‘cirineos’ que llevan el único alimento sustancioso para la Vida del mundo.


¡Quédate con nosotros, Jesús; danos el pan que nos alimenta para la vida eterna! Libera a este mundo del veneno del mal, de la violencia y del odio que contamina las conciencias. Purifícalo con la potencia de tu amor misericordioso! Así sea.

14 junio 2009

Corpus Christi: Homilía de Mons. Urbanc

Queridos hermanos en Cristo:
Nuevamente nos congrega el gozo de poder celebrar y expresar públicamente nuestra fe y amor en la presencia real de Jesucristo en las apariencias del pan y del vino. Esta convicción lleva una bienaventuranza de Jesús: ‘Felices los que creen sin haber visto’ (Jn 20,29) y ‘más felices si creyendo lo practicamos y enseñamos’.
Por eso, vamos a concentrar toda nuestra atención en la Eucaristía, donde Cristo renueva su entrega de amor y se ofrece totalmente ‘por’ y ‘a’ nosotros. Hoy, nosotros que somos su Iglesia, su Cuerpo, lo proclamamos como el más santo, en su Santísimo Cuerpo y Preciosísima Sangre, ofrecidos amorosa y generosamente.
Para hacernos comprender lo imprescindible de su presencia en la vida de todo hombre, instituyó la Eucaristía en su última cena, diciendo: ‘Tomen y coman, esto es mi Cuerpo; tomen y beban esta es mi sangre’. A partir de dos elementos habituales en toda comida humana, pan y vino, Él dejó el memorial de su Pasión redentora: ‘Hagan esto en memoria mía’. El don de la Eucaristía, que se hace en la Santa Misa, es la verdadera comida que nos alimenta y libera del mal. Este memorial de su Pasión es ‘Eucaristía’, es decir, acción de gracias: sacrificio y banquete a la vez. Y como se comparte el mismo y único cuerpo de Cristo es ‘comunión’.
De allí que, como los primeros mártires, deberíamos exclamar con convicción “sin el domingo no podemos vivir”; ya que cada domingo renovamos y proclamamos la Muerte y Resurrección de Jesucristo hasta que venga por segunda y definitiva vez. No nos basta con nuestra oración privada; es necesario que vivamos y anunciemos públicamente que Jesús venció a la muerte y nos hizo partícipes de su vida inmortal, para expresar así la identidad de nuestra fe y de nuestra Iglesia creyente.
Sólo con la humildad del centurión del Evangelio, reconciliados con Dios, podemos acercarnos a recibirla, repitiendo con piedad sus palabras: “Señor no soy digno que entres en mi casa” (Mt 8,8); sin olvidar que Él es Dios, y que el banquete es también un sacrificio de amor (cf. Juan Pablo II, Ecclesia De Eucharistia, nº 48).
Si el domingo es día de fe y de alegría, también es un día de solidaridad, porque la Eucaristía es el pan de los pobres. La Eucaristía es un llamado a vivir una exigente cultura del compartir.
A esto nos invita cada Eucaristía: a que asumamos "el estilo del amor de Dios" en la atención de los millones de pobres, cuyas necesidades de todo tipo, interpelan la sensibilidad cristiana y nos urgen a actuar en justicia, apremiados por la caridad… ¿Cómo es posible que a la altura de nuestra historia la mayoría de la población en el mundo viva muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana? ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo con todos sus avances y progresos, "haya todavía quien se muere de hambre, quien esté condenado al analfabetismo, quien carece de la asistencia médica más elemental, quien no tiene techo para cobijarse?" (Juan Pablo II). Hemos de tener presente ante nuestros ojos la pobreza estremecedora que aflige de manera radical, no sólo a nuestra Patria, sino a tantas partes del mundo y dejarnos preguntar, sin ninguna clase de retórica: ¿Cómo juzgará la historia a una generación que cuenta con todos los medios necesarios para alimentar a la población entera del planeta y que rechaza hacerlo con una ceguera fratricida? ¿Qué paz pueden esperar unos pueblos que no ponen en práctica el deber de solidaridad?
Gran parte de la humanidad no tiene lo mínimo necesario, que les corresponde en justicia. Se trata de un problema que se plantea a la conciencia de la humanidad. Semejante situación, en la que viven sumidas poblaciones enteras, no constituye solamente una ofensa a la dignidad humana, sino que representa también una indudable amenaza para la paz. Toda la humanidad debe reconocer en conciencia sus responsabilidades ante el grave problema del hambre que no ha conseguido resolver. Se trata de la urgencia de las urgencias… "¡Nunca, nunca más el hambre! Este objetivo puede ser alcanzado. La amenaza del hambre y el peso de la insuficiente alimentación no son una fatalidad ineluctable. La naturaleza no es infiel al hombre en esta crisis" (Pablo VI). No podemos ser infieles los hombres, menos aún los cristianos que nos alimentamos del Pan de la Vida, del Cuerpo de Cristo que da vida, ante esta necesidad primerísima y urgente que llama a nuestra conciencia para obrar conforme a la caridad que se contiene y se nos da en la Eucaristía. Urge que asumamos una actitud y una mentalidad, una forma de entender y vivir la vida, para que lo demos todo y nos demos como Él lo da todo y se da todo. Amar a todos con un amor real y eficaz, amarnos como Él mismo nos ama. "Es la hora de una nueva 'imaginación de la caridad', que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno" (Juan Pablo II). Esto exige y hace posible la participación de la Eucaristía. En el amor del Cuerpo de Cristo tenemos lo necesario para renovar el mundo por el amor.
San Juan Crisóstomo afirmaba: ‘si deseas honrar el Cuerpo de Cristo, no lo desprecies cuando lo encuentres desnudo en los pobres, ni lo honres sólo aquí en el templo, si al salir lo abandonas en el frío y en la desnudez. Porque el mismo Señor, que dijo “Esto es mi cuerpo”, afirmó también “Tuve hambre y no me dieron de comer” y “siempre que dejaron de hacerlo a uno de estos pequeños, a mí en persona me lo dejaron de hacer” (cf. Homilías sobre el Evangelio de Mateo 50, 3-4: PG 58,508.509).
Estas palabras nos recuerdan, el deber de hacer de la Eucaristía la ocasión donde la fraternidad se convierta también en solidaridad, donde los últimos sean los primeros por el aprecio y el afecto, y se pueda continuar así el milagro de la multiplicación de los panes (cf. Juan Pablo II, Día del Señor, nº 71). Si tenemos más, ayudemos y compartamos más; si Dios nos ha dado más talentos y dones, compartámoslos con nuestros hermanos, poniendo en juego toda la creatividad de la vida.
¿Acaso no será oportuno que cultiváramos una actitud de entrega y de servicio visitando durante el domingo a un enfermo, o dedicando alguna hora a sentir que estamos al servicio de nuestro hermano, u ofreciéndonos como voluntarios, o invitando a comer a alguna persona sola, incluso de nuestra propia familia?... Así nuestra fe en la presencia viva de Jesús en la Eucaristía impregnará toda la vida, y podremos decir que hasta el sacerdote, que vive de su amor a la Eucaristía, constatará que su comunidad de creyentes, crece en fervor y solidaridad.
Además, la Eucaristía es un llamado a trasmitir y anunciar el mensaje del Evangelio, es decir, es la fuente y la culminación de la misión. Ella nos capacita y transforma para que salgamos a visitar las casas, a misionar y a anunciar a Cristo vivo, esperanza de la gloria.
Atraigamos hacia Jesús a otros hermanos nuestros. A la luz de la Eucaristía, aprendamos a vivir en la unidad y a valorar toda chispa del Evangelio que brilla entre nosotros. No esperemos tanto que sea una llama perfecta, sino que se pueda avivar e impulsar, renovando y encauzando lo que tenemos, y, sobre todo, sirviendo, para unir y vivir personalmente y en comunidad los dones que distribuye el Señor.
Otro aspecto digno de ser reconsiderado es que Cristo, a través de los signos, se acerca a nosotros y se une a nosotros. Los signos, sin embargo, representan de manera clara cada uno de los aspectos particulares de su misterio y, con su manera típica de manifestarse, nos quieren hablar para que aprendamos a comprender algo más del misterio de Jesucristo. Durante la procesión y en la adoración, nosotros miramos a la Hostia consagrada, la forma más sencilla de pan y de alimento, hecho simplemente con algo de harina y de agua. La oración con la que la Iglesia durante la liturgia de la Misa entrega este pan al Señor lo presenta como fruto de la tierra y del trabajo del hombre. En él queda recogido el cansancio humano, el trabajo cotidiano de quien cultiva la tierra, de quien siembra, cosecha y finalmente prepara el pan. Sin embargo, el pan no es sólo un producto nuestro, algo que nosotros hacemos; es fruto de la tierra y, por tanto, es también un don. El hecho de que la tierra dé fruto no es mérito nuestro; sólo el Creador podía darle la fertilidad. Y ahora podemos también ampliar algo esta oración de la Iglesia, diciendo: el pan es fruto de la tierra y al mismo tiempo del cielo. Presupone la sinergia de las fuerzas de la tierra y de los dones de lo alto, es decir, del sol y de la lluvia. Y el agua, de la que tenemos necesidad para preparar el pan, no la podemos producir nosotros. En un período en el que se habla de la desertización y en el que escuchamos denunciar el peligro de que los hombres y los animales mueran de sed en las regiones sin agua, volvemos a darnos cuenta de la grandeza del don del agua y de que no podemos proporcionárnoslo por nosotros mismos. Entonces, al contemplar más de cerca este pequeño pedazo de Hostia blanca, este pan de los pobres, se nos presenta como una síntesis de la creación. Se unen el cielo y la tierra, así como actividad y espíritu del hombre. La sinergia de las fuerzas que hace posible en nuestro pobre planeta el misterio de la vida y de la existencia del hombre nos sale al paso en toda su maravillosa grandeza. De este modo, comenzamos a comprender por qué el Señor escoge este pedazo de pan como su signo. La creación con todos sus dones aspira más allá de sí misma hacia algo que es todavía más grande. Más allá de la síntesis de las propias fuerzas, más allá de la síntesis de naturaleza y espíritu que en cierto sentido experimentamos en el pedazo de pan, la creación está orientada hacia la divinización, hacia los santos desposorios, hacia la unificación con el Creador mismo.
En la fiesta del Corpus Christi contemplamos sobre todo el signo del pan. Nos recuerda también la peregrinación de Israel durante los cuarenta años en el desierto. La Hostia es nuestro maná con el que el Señor nos alimenta, es verdaderamente el pan del cielo, con el que Él verdaderamente se entrega a sí mismo. En la procesión, seguimos este signo y de este modo le seguimos a Él mismo. Y le pedimos: ¡guíanos por los caminos de nuestra historia! ¡Vuelve a mostrar a la Iglesia y a sus pastores siempre de nuevo el camino justo! ¡Mira a la humanad que sufre, que vaga insegura entre tantos interrogantes; mira el hambre física y psíquica que le atormenta! ¡Da a los hombres el pan para el cuerpo y para el alma! ¡Dales trabajo! ¡Dales luz! ¡Dales tu mismo ser! ¡Purifícanos y santifícanos a todos nosotros! Haznos comprender que sólo a través de la participación en tu Pasión, a través del «sí» a la cruz, a la renuncia, a las purificaciones que tú nos impones, nuestra vida puede madurar y alcanzar su auténtico cumplimiento. Reúnenos desde todos los confines de la tierra. ¡Une a tu Iglesia, une a la humanidad lacerada! ¡Danos tu salvación!
En un mundo como el nuestro, en que el hombre trata de prescindir de Dios y saciarse de bienes efímeros y con tantos "panes terrenos", el hombre perece, se quiebra, se debilita porque le falta el Pan vivo de Dios, la Carne, la Persona de Cristo que sólo puede saciarle. El hombre se rompe, la humanidad se cuartea por pretender vivir sólo de esos panes que no llenan. Sólo Dios sacia, sólo Cristo en persona llena; sin Él, además, nada podemos; sin Él no daremos frutos abundantes de verdadera humanidad, como Dios la quiere: justa, pacífica, misericordiosa, compasiva, capaz de amar sin límite y de perdonar, de decir la verdad, de defender la vida, con la libertad de los hijos de Dios, basada en la verdad que se realiza en el amor. Necesitamos de la Eucaristía, queridos hermanos; necesitamos permanecer en Cristo, para que su vida esté en nosotros; necesitamos que Él viva en nosotros, que Él sea nuestra vida, como en Pablo, y que todo lo consideremos pérdida y basura comparado con Cristo (cf. Flp 3,8-9), ¡Esto sí que cambia el mundo! ¡Esto sí que es una verdadera revolución con futuro para el hombre! ¡El futuro está en la Eucaristía, porque Cristo es el único futuro!, el centro de todo. Todo se recapitula en Él, 'es el fin de la historia humana, punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización, centro del género humano, gozo de todos los corazones y plenitud de sus aspiraciones'” (Juan Pablo II). Sin la Eucaristía no somos cristianos, ni permaneceremos cristianos. Sólo una Iglesia fuertemente eucarística, sólo unos fieles cristianos que se alimenten de la Eucaristía, que vivan de la Eucaristía, es decir, de Cristo y permanezcan en Él, unidos a Él, serán una Iglesia y unos cristianos vivos y valientes con capacidad para aportar lo verdaderamente importante de verdad, de amor, de libertad, de paz, de defensa del hombre y de su dignidad, de humanidad, de Dios, en definitiva, que es lo que necesita este mundo que languidece, perece y muere precisamente sin Dios. "En el sacramento de la Eucaristía el Salvador, encarnado en el seno de María hace veinte siglos, continúa ofreciéndose a la humanidad como fuente de vida divina" que es la que el hombre necesita para vivir.
En el texto del Evangelio que se ha proclamado, ante el apremio de los Doce de despedir a la gente para que vaya a buscarse algo de comer, Jesús los reprende, ordenándoles: ‘Denles ustedes mismos de comer’ (Lc 9,12-13). También nosotros debemos hacer nuestra esta exhortación, ya que la comida que debemos distribuir hoy en nuestra Catamarca, como Iglesia Centenaria, consiste en saber escuchar, estar cerca del que sufre, pasa hambre y carece de trabajo, corregir al que yerra, tener paciencia, educar a nuestros niños, adolescentes y jóvenes, cuidar la vida, el matrimonio y la familia, ser honestos y laboriosos, profundizar nuestra fe y asumir las enseñanzas sociales de la Iglesia, ser constructores de una sociedad más justa, fraterna y solidaria, salir al encuentro de los alejados, marginados, excluidos y expulsados de los bienes materiales, culturales y espirituales que Dios nos ha dado; en síntesis, ser verdaderos ‘discípulos-misioneros’.
Finalmente, quiero agradecer a mis hermanos sacerdotes la celebración diaria y dominical de la Eucaristía, así como la dedicación para que los fieles puedan reconciliarse con Dios. También agradezco a todas las parroquias de nuestra diócesis en las que se adora a Jesús y se invita a hacerlo siempre con renovado fervor. Junto con ellos, como el discípulo predilecto, que estaba junto a Jesús en la última Cena, queremos seguir contemplando y alimentándonos del amor infinito de su corazón, y beber del manantial mismo de su gracia.
¡Bendito y adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

12 junio 2009

Para docentes que hacen curso sobre Doctrina Social

Se solicita a los señores docentes que participan del curso sobre “Principios y valores en la formación transversal docente desde la Doctrina Social de la Iglesia”, que envíen a la brevedad su dirección de e-mail a mariamar@cedeconet.com.ar.
Dicho curso dio inicio el pasado 29 y 30 de mayo y la siguiente clase será el 26 y 27 de junio; y se desarrolla en el salón del Hospedaje del Peregrino, ubicado en San Martín 400.
El mismo está organizado por la Vicaría Episcopal de Educación y el Instituto Superior San Pío X, respondiendo a la iniciativa del Equipo Diocesano de Pastoral Social, en el marco del Tercer Año de preparación a la celebración del Centenario de la Diócesis de Catamarca, en 2010.
La capacitación está destinada a los docentes de todos los niveles educativos, y comprende 112 horas cátedra, según resolución Nº 350 del ministerio de Educación y Tecnología de la provincia. La modalidad es semipresencial.