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lunes

Mensaje de Cuaresma de Mons. Urbanc

Año 2014

Queridos hijos y hermanos Catamarqueños:
                El Miércoles 5 de Marzo comienza el tiempo litúrgico de la santa Cuaresma. Por eso, les escribo para ayudarles a comprender un poco más la riqueza de estos días de Gracia que Dios, Padre Misericordioso, nos concede para parecernos más a Jesucristo, su Hijo y nuestro Salvador.
En primer lugar, algunas consideraciones acerca del significado de la Cuaresma en la Tradición cristiana.
Son 40 días de penitencia, ejercicio de la caridad y oración (ver Mateo 6,1-34) para prepararnos a la gran fiesta de la Pascua. Una ocasión favorable para arrepentirnos, personal y comunitariamente, de nuestros pecados y para cambiar algo de nosotros, de modo que seamos mejores y vivamos más cerca de Cristo.
La duración de la Cuaresma está basada en el símbolo del número 40 en la Biblia. En ésta, se habla de los 40 días del diluvio, de los 40 años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los 40 días de Moisés y de Elías en la montaña, de los 40 días que pasó Jesús en el desierto antes de comenzar su vida pública, de los 400 años que duró la estancia de los judíos en Egipto.
En la Biblia, el número 4 simboliza el universo material y, seguido de ceros, significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, con sus pruebas y dificultades.

La Cuaresma se inicia con el rito de la imposición de ceniza (Miércoles de Ceniza) y concluye con la Institución de la Eucaristía, el Jueves Santo. A lo largo de estos días, sobre todo en la liturgia del domingo, hacemos un esfuerzo por recuperar el ritmo y estilo de verdaderos creyentes para vivir como hijos de Dios.
El color litúrgico es el morado que significa luto y penitencia.
En la Cuaresma, Cristo mismo nos llama a cambiar de vida. Y, nuestra Madre, la Iglesia, por su misión, nos invita a vivir la Cuaresma como un camino hacia Jesucristo, escuchando la Palabra de Dios, orando, compartiendo con el prójimo y haciendo obras buenas, de manera que, por el cultivo de una serie de actitudes cristianas, tomemos conciencia del daño que nos causa el pecado y nos decidamos a seguir fielmente a Jesús.
Si bien, cada día, durante toda la vida, hemos de arrojar de nuestros corazones el odio, el rencor, la envidia y los celos que se oponen a nuestro amor a Dios y a los hermanos; en Cuaresma, nos ejercitamos más empeñosamente en el perdón y la reconciliación fraternas y, además, profundizamos en el significado y aprecio de la Cruz de Jesús, y a tomar nuestra cruz con alegría para alcanzar la gloria de la resurrección.
La sugestiva ceremonia de la ceniza, que se impone en forma de cruz en la cabeza del penitente y que se obtuvo quemando los ramos de olivo bendecidos el Domingo de Ramos pasado para significar la vinculación de la Cuaresma con la Pascua, eleva nuestras mentes a la realidad eterna de Dios, principio y fin de nuestra existencia. La conversión es un volver a Dios, valorando las realidades terrenales bajo la luz indefectible de su verdad. Una valoración que implica una conciencia cada vez más diáfana del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia.
Es muy importante meditar sobre el significado de las palabras que el sacerdote puede decir cuando impone la ceniza: “Conviértete y cree en el Evangelio” (cf. Mc 1,15), o “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19), ya que invitan a la conversión y a la aceptación gozosa de Jesucristo o a considerar desde nuestra caducidad y fragilidad la necesidad del Amor misericordioso de Dios.
Por último, algunas enseñanzas del Papa Francisco para pensarlas en esta Cuaresma y vivirlas en filial sintonía con quien nos guía como Vicario de Cristo en la tierra:
*“Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza”.
*“Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como quien da limosna de lo que le sobra. ¡El amor de Cristo no es esto!”.
*“Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria”.
*“Los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”.
*“Tres clases de miseria: a) Material: es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.
                                                         b) Moral: nos convierte en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud.
                                                          c) Espiritual: radica en el alejamiento de Dios y en el rechazo de su Amor. Si creemos que no necesitamos a Dios porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso”.
*“La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué deberíamos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. La verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele”.
Con la ilusión de haberles ayudado en algo para que la Gracia de esta Cuaresma fructifique en la vida de cada uno de ustedes y por ende en la sociedad toda, los invito también a rezar y a hacer penitencia rogando a Dios que nos ilumine para poder superar los múltiples problemas que aquejan a nuestras familias, a la educación de los niños, adolescentes y jóvenes, al cuidado de nuestros enfermos y ancianos, a la seguridad de cada ciudadano, a la valoración del trabajo y a la consolidación de la sociedad toda por el camino del amor, la justicia y la paz social.
Mons. Luis Urbanč