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Disertación y Homilías del Legado Papal

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Centenario de la Diócesis de Catamarca
Celebración eucarística en la Catedral Basílica
20 de agosto de 2010

Conmovidos por las palabras de Jesucristo sobre el mandamiento más grande de la Ley, le pedimos a Nuestra Señora del Valle que ella abra nuestra inteligencia y nuestros corazones para que escuchemos las palabras de vida eterna de su querido Hijo, dispuestos a comprenderlas y a cumplirlas, como ella siempre lo hizo como su Madre y su Discípula primera. Nuestro deseo es compartir en esta Eucaristía y en las celebraciones del Centenario de la Diócesis la bienaventuranza que Nuestro Maestro y Señor le dedicó a ella y a quienes acogen su espiritualidad: “Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28; ver Mt 7, 6s).
Las palabras de Jesucristo que han sido proclamadas encierran al mismo tiempo la síntesis de cuanto enseña el Antiguo Testamento acerca del mandamiento del amor, y la nueva dimensión que Jesucristo le confiere, al unir de manera admirable e inesperada el amor a Dios con el amor al prójimo.
El diálogo con el doctor de la ley ocurre hacia el final del ministerio público de Jesús. Los fariseos, los herodianos y los saduceos lo ponen a prueba. Intentan obtener de él una palabra que les permita acusarlo ante el pueblo o ante la autoridad romana, ya sea de ignorancia, de adhesión o desobediencia al Cesar, o de negación de la autoridad de Moisés, del gran Liberador y amigo de Dios, que les entregó los mandamientos que el Seños le daba a su pueblo, como su Dios.
Esta vez son los fariseos los que reúnen, sabiendo que Cristo había dejado callados a los saduceos. Para ponerlo a prueba le hacen una pregunta de capital importancia, valiéndose de un doctor de la ley, quien lo llama “Maestro”, y lo interroga sin ningún preámbulo: “¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley”.
Jesucristo no lo duda. ¡Quién conocía mejor que Él los libros sagrados! Por eso cita un texto del libro Deuteronomio muy querido y respetado en su pueblo. Es Moisés, legislador y pastor de su pueblo, quien hace confluir su propia experiencia en el primer mandamiento del Sinaí. Hasta nuestros días, este texto es el comienzo de una de las oraciones preferidas de la piedad judía. Reza así: “Escucha Israel: Yahvéh es nuestro Dios, sólo Yahvéh. Amarás a Yahvéh con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza”. (Dt 6, 4s, ver Mc 12, 29-31)
Jesucristo citó el primero de los mandamientos de la religión del amor. Es la única respuesta del ser humano y de todo el pueblo elegido que es coherente con la revelación que Dios le hizo a Moisés, cuando le manifestó su nombre. Exclamó que Él es un “Dios misericordioso y clemente, tardo a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes”. (Ex 34, 5s)
¡Cuántas veces habrá conversado Jesucristo con su madre María sobre esta enseñanza de Moisés, que compenetraba la vida del hogar de la Sagrada Familia de Nazareth, y que quiere compenetrar la vida de nuestros hogares! Como en ninguna otra familia, en ella se contemplaba el rostro amoroso del Padre. Vivían para amarlo y agradecerle su amor con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas. El alma del Magnificat es el amor de Dios y el amor a Dios, que guía y gobierna a su pueblo. Seguramente ya antes que Juan lo escribiera en una de sus cartas, la convicción más honda de la Sagrada Familia era que “Dios es amor”, y que nuestro amor, es respuesta al suyo, “porque Él nos amó primero”. (1 Jn 4, 8 y 19)
El doctor de la Ley había preguntado tan sólo por un mandamiento, por el mayor de todos. Para él, la respuesta ha sido la exacta. Ya no espera más de Jesucristo. Pero lo había llamado “Maestro”. Ahora recibe de Jesús la oportunidad de ser discípulo. Siempre es así. Esperamos una respuesta suya y nos sorprende, superando nuestras expectativas con su gran sabiduría. Con razón dejaba asombrados a quienes lo escuchaban y acudían multitudes a recibir sus enseñanzas, porque les hablaba con autoridad, no como sus escribas (ver Mt 7, 28s). Es lo que nos ocurre también a nosotros cuando lo escuchamos con oídos y corazón de discípulos. Ilumina nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras comunidades y nuestros proyectos con su palabra, sobrepasando por mucho lo que esperábamos de él. Nos aporta la luz, la esperanza y la paz de la sabiduría y de los proyectos de Dios.
Para sorpresa de los fariseos que lo escuchaban, al mandamiento del amor a Dios, que calificó como “el más grande y el primer mandamiento”, agregó otro mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, y anotó: “de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. También del amor al prójimo dependen toda la Ley y los Profetas. Con sus palabras, Jesucristo ha evocado uno de los muchos preceptos que encontramos en el Levítico sobre el amor a los pobres, sobre la justicia, sobre la venganza y el rencor. Concluían esas prescripciones dadas por Dios a Moisés (ver Lv 19, 1ss) con unas palabras que las resumían: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (v. 18 y 34). Y como solía ocurrir con los preceptos difíciles, de inmediato encontramos la firma de Dios: “Yo, Yahvéh”.
Son muchas las leyes que los hombres tratan de evadir cuando las encuentran de difícil cumplimiento. Seguramente muchos no querían desearle a todo prójimo lo mismo que se deseaban para sí, y además procurárselo en la medida de sus posibilidades, tampoco evitar a los demás lo que no quisieran que perjudicase su propia vida. Por eso, un grupo numeroso de israelitas muy piadosos, que vivían en tiempos de Jesús, tal vez hasta por un motivo religioso, tenía una norma clara: “Amarás a todos los hijos de la luz y odiarás a todos los hijos de las tinieblas”. Habían reducido la noción de prójimo. No había que amarlos a todos. Unos eran próximos y otros del todo opuestos o inexistentes. Esto explica la pregunta que un fariseo le hizo a Jesús, cuando hablaron de este tema: “Y ¿quién es mi prójimo” (Lc 10, 29).
Conocemos la enseñanza del Señor. Se valió de la parábola del buen samaritano. Éste atendió a un malherido en un asalto, que no era de su pueblo ni compartía con él las mismas creencias religiosas, es decir, que pudo haberlo tratado como un extraño y no como prójimo. Jesucristo rechazó la pregunta del doctor de Ley. No cabe preguntar “quién es mi prójimo”, como si unos lo fueran y otros no. Su respuesta fue muy diferente: Nunca evadas la posibilidad que Dios te ofrece de amar y servir a quien no te resulte cercano, diciendo ¿quién es mi prójimo? Opta por otra actitud: ¡Sé tú próximo para el que necesite tu ayuda y tu dedicación! ¡Sé misericordioso con él!
Resulta imposible imaginar esa pregunta -¿quién es mi prójimo?- en los labios de la Virgen del Valle. Al cantar la Salve con ese gran santo mariano, San Bernardo, cuya fiesta se celebra en este día, la invocamos como Nuestra Señora del Valle de Lágrimas, y por eso, como Nuestra Señora de la Misericordia y la Esperanza. Sabiendo que Dios hace salir el sol, y también caer la lluvia, sobre buenos y malos (ver Mt 5, 5, 43ss), y que su Hijo nos propuso que perdonáramos y amáramos aun a los que nos odian (ver Lc 6, 27), ella siempre quiere ser Madre y Reina de todos. Ella se acerca con preocupación y ternura aun a los más lejanos, a todos los pecadores, porque no tienen vino, como los esposos de Caná de Galilea. Necesitan oír la voz de la Inmaculada, que implora para ellos la benevolencia y los dones de su Hijo, y les propone que también ellos “hagan lo que Él les diga”.
Pero no es ésta toda la novedad del mensaje de Jesús. Enseñó algo totalmente nuevo. Después de afirmar que el amor a Dios es el mayor y el primero de los mandamientos, añadió que el segundo, el amor al prójimo sin discriminar a nadie, “es semejante a éste”.
La razón, sin la luz de la fe, podría pensar lo contrario, como si el amor a Dios y el amor al prójimo pertenecieran a dos ámbitos diferentes y muy distantes entre sí. En efecto, ¿cómo asemejar el amor a Dios, al Creador y Señor del cielo y de la tierra, a Aquél que es siempre Bueno, sin mancha alguna de maldad, con el amor a la creatura, al prójimo, que es limitado, imperfecto, autor de cosas buenas y malas?
Pero no debemos reducir a escala humana la sabiduría y la bondad de Dios. ¿Qué habría sido de nosotros, si la Virgen hubiera rechazado el mensaje del arcángel Gabriel el día de la anunciación, porque no sería compatible la maternidad con la virginidad? Pero ella se abrió al poder de Dios, para quien nada es imposible, y creyó, colaborando con su aceptación del misterio. También en el relato del evangelio estamos ante el misterio del plan de Dios. Fue Jesús quien nos dijo claramente que el mandamiento del amor al prójimo es semejante al primer mandamiento. Lo aceptamos porque todo lo que Él dice es verdadero. Él es la Verdad. A nosotros nos cabe abrir nuestra mente y nuestro corazón y hacerle un amplio espacio a su verdad, para que sea la nuestra. En realidad, el amor al prójimo no es de un orden diferente y distante del amor a Dios. Ambos amores se compenetran.
¿Acaso no amamos a Dios, que es Padre de toda la familia humana, cuando amamos a sus hijos? ¿Acaso no amamos al Creador, cuando amamos a quienes son su imagen y semejanza? ¿Acaso no amamos a Jesucristo, cuando amamos al Santo Padre, a los obispos y sacerdotes y a todos los que reflejan su amor pastoral, y cuando amamos a todos los que él amó hasta el extremo de dar su vida por ellos? ¿Acaso no nos manifestó que lo estamos amando y sirviendo a Él, cada vez que le prestamos un servicio a los que no tienen comida, bebida o vestido, a los que esperan nuestra visita en su lecho de enfermo y en las cárceles, a los que anhelan ser acogidos por ser forasteros? ¿Acaso no aman a Dios, que hizo alianza con ellos y está con ellos en la familia que formaron, cuando el esposo ama a la esposa y ambos a sus hijos? ¿No amamos a Dios cuando, por amor a los alejados y a los que se apartaron de la fe, salimos como misioneros, a anunciar la Buena Noticia del amor de Dios, de la Pascua de Jesucristo, y de su paz?

¡Qué grande es la felicidad de Nuestra Señora, que nos conduce al Valle de las bienaventuranzas y del amor, cada vez que recordamos esta enseñanza de su Hijo, nuestro hermano y Salvador!
Pero en medio de las turbulencias de nuestro tiempo, ¿podemos abrigar tanta esperanza de amor y felicidad? ¿Podemos hacerlo, cuando son tantos los bautizados que en otras latitudes y también en nuestros países proponen doctrinas y leyes contrarias a los caminos de vida y felicidad que nos muestra el Señor?
En realidad, en muchos lugares del mundo la cultura de la vida, la fidelidad, la familia y la paz, está siendo reemplazada por la contra cultura de la muerte, la corrupción, la ruptura de relaciones y la violencia. Muchos pueblos podrían llegar a decir, como en la lectura del profeta Ezequiel que hemos escuchado: “Se han secado nuestros huesos y se ha desvanecido nuestra esperanza. Estamos perdidos”.
Por eso, acogemos con confianza la promesa que hizo el Señor, que ya cumplió el día de Pentecostés, y que sigue renovando a lo largo de la historia de la Iglesia: “Yo pondré mi espíritu en ustedes y vivirán.”
¡Qué grande es la misión de esta Iglesia particular de Catamarca! Vivificada por el Espíritu, quiere ser una Iglesia que venera a la Sma. Virgen como su madre y modelo; se ha propuesto vivir en comunión con el Santo Padre y con su Obispo diocesano, acogiendo todos los carismas que Dios le regala; y está dispuesta a hacer de cada parroquia, de cada comunidad y de cada familia una casa y una escuela de discípulos misioneros del Señor, para que el pueblo catamarqueño y de las diócesis que peregrinan al Santuario tenga vida, y la tenga en abundancia.
Así sea.

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21 de Agosto de 2010

CONVERSIÓN PASTORAL
DE LA IGLESIA DIOCESANA
A LA LUZ DE APARECIDA

Catamarca, 21 de agosto de 2010

El encuentro con Jesucristo y la conversión personal para vivir en su seguimiento, son el alma de toda nuestra labor pastoral. Pensemos en la conversión de las personas que Dios nos confía y también en la nuestra. Sobre todo, al inicio de la Cuaresma. Al imponer las cenizas, invitamos con convicción: “¡Conviértete y cree en el Evangelio!”. Mediante el sacramento de la reconciliación, es Dios quien nos perdona para convertirnos a Jesucristo y a la vida nueva que Él nos ofrece. Y todos nuestros esfuerzos pastorales alientan a las personas a no transitar por los caminos del pecado, que no conducen al amor y al servicio de Dios y del prójimo, sino a valorar el amor sobreabundante de Dios, que nos llama y nos invita a vivir en comunión con Él y con los hermanos, siguiendo al Buen Pastor e impregnando nuestra existencia con los sentimientos de Cristo.

I. LA CONVERSIÓN PERSONAL

Pero no olvidemos que la conversión personal tiene una profunda interrelación con la renovación y reforma de la sociedad. El Papa Juan Pablo II decía que “la conversión, esto es, el retorno a Dios, debe ser una actitud constante del cristiano” , y siempre tiene su raíz en Dios, en el descubrimiento de “su misericordia, es decir, de ese amor que es paciente y benigno a medida del Creador y Padre: el amor al que Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, es fiel hasta las últimas consecuencias en la historia de la alianza con el hombre: hasta la cruz, hasta la muerte y la resurrección de su Hijo” . Agregaba el Papa que nos convertimos “al modo de pensar de Dios, a su modo de amar” , y que “el tejido social de la Iglesia y del mundo se reformará y renovará sólo cuando la conversión sea interior y personal” . Explicitó más adelante este pensamiento, añadiendo que “la necesaria reforma de las estructuras opresivas económicas y políticas en el mundo no puede hacerse sin la conversión de los corazones” . Exponía el Santo Padre que la fecundidad de la conversión en el ámbito social, brota de la profunda repercusión interior que causa toda verdadera conversión. Afirmó asimismo que la conversión a Dios también es “el eterno camino de la liberación del hombre. Es el camino de volverse a encontrar a sí mismo en la verdad plena de la propia vida y de las propias obras” .

Aparecida presenta la conversión como el segundo paso del proceso de formación de los discípulos misioneros con estas palabras: “La Conversión es la respuesta inicial de quien ha escuchado al Señor con admiración, cree en Él por la acción del Espíritu, se decide a ser su amigo e ir tras de Él, cambiando su forma de pensar y de vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida. En el Bautismo y en el sacramento de la Reconciliación se actualiza para nosotros la redención de Cristo” (DA 278b). A continuación Aparecida expone el tercer paso, el discipulado: “La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina. Para este paso es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental, que fortalecen la conversión inicial y permiten que los discípulos misioneros puedan perseverar en la vida cristiana y en la misión en medio del mundo que los desafía”. (DA 278c)

Podemos constatarlo, también en nuestra existencia: la conversión personal e interior a partir del encuentro con Jesucristo vivo es el paso fundamental, y ciertamente inicial, de la vida nueva en Cristo de sus discípulos. Más aún, ese encuentro encierra un dinamismo sorprendente, ya que Jesucristo, haciendo presente en el mundo el Reino de Dios, comparte con nosotros su misión, que abarca todas las dimensiones de lo que es humano. Leemos en Aparecida:

“El plazo se ha cumplido. El Reino de Dios está llegando. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15). La voz del Señor nos sigue llamando como discípulos misioneros y nos interpela a orientar toda nuestra vida desde la realidad transformadora del Reino de Dios que se hace presente en Jesús. Acogemos con mucha alegría esta buena noticia. Dios amor es Padre de todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y razas. Jesucristo es el Reino de Dios que procura desplegar toda su fuerza transformadora en nuestra Iglesia y en nuestras sociedades. En Él, Dios nos ha elegido para que seamos sus hijos con el mismo origen y destino, con la misma dignidad, con los mismos derechos y deberes vividos en el mandamiento supremo del amor. El Espíritu ha puesto este germen del Reino en nuestro Bautismo y lo hace crecer por la gracia de la conversión permanente gracias a la Palabra y los sacramentos”. (DA 382)

En verdad, la conversión a Jesucristo se expresa en todos los campos de la existencia humana, también en la acción transformadora del “tejido social de la Iglesia y del mundo”, que nos desafía.


II. LA CONVERSIÓN PASTORAL

Sin lugar a dudas, estamos de acuerdo con esta descripción del proceso de conversión, que se aparta de una concepción intimista de la conversión y de la vida cristiana, ya que despliega su responsabilidad por el mundo, para que nuestros pueblos tengan vida en Cristo. Pero nos quedan algunas preguntas: ¿Cómo se relaciona lo conocido y expuesto acerca de la conversión personal con una conversión pastoral? ¿Qué implica este proyecto? ¿Cuándo nació? ¿Cuáles son las dimensiones de esta conversión pastoral?

Nos sorprende que la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, celebrada en Santo Domingo el año 1992, ya propuso una conversión pastoral. En el número 30 leemos que la Nueva Evangelización es:

“Nueva en su expresión. Jesucristo nos pide proclamar la Buena Nueva con un lenguaje que haga más cercano el mismo Evangelio de siempre a las nuevas realidades culturales de hoy. Desde la riqueza inagotable de Cristo, se han de buscar las nuevas expresiones que permitan evangelizar los ambientes marcados por la cultura urbana e inculturar el Evangelio en las nuevas formas de la cultura adveniente. La Nueva Evangelización tiene que inculturarse más en el modo de ser y de vivir de nuestras culturas, teniendo en cuenta las particularidades de las diversas culturas, especialmente las indígenas y afroamericanas. (Urge aprender a hablar según la mentalidad y cultura de los oyentes, de acuerdo a sus formas de comunicación y a los medios que están en uso). Así, la Nueva Evangelización continuará en la línea de la encarnación del Verbo. La Nueva Evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser coherente con el Concilio. Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de salvación universal.”

El texto es notable. Se refiere claramente a una conversión de la acción pastoral de la Iglesia. A ella le exige que tome en cuenta el lenguaje y la cultura de quienes recibirán la Buena Nueva. Es una conversión hacia una pastoral inculturada. Sin embargo, al final del párrafo encontramos un salto cualitativo en su contenido. Ya no se refiere tan sólo a la cultura, propone una conversión pastoral más amplia, una coherencia pastoral con el Concilio Vaticano II, que ha de tocarlo todo y a todos, de manera que la Iglesia sea percibida y actúe con claridad como sacramento de salvación universal.

El término acuñado en Santo Domingo, “conversión pastoral de la Iglesia”, no fue asumido en todo el Continente. Desde Aparecida, sin embargo, este término, que lo encontramos tan sólo cuatro veces en el documento conclusivo, ya tiene un eco profundo en nuestras Iglesias particulares. ¿En qué reside la diferencia?

Me atrevo a avanzar cuatro razones. La primera: el espíritu de comunión que caracterizó a la Vª Conferencia general abrió los corazones a una acogida entusiasta de todas sus conclusiones. La segunda: ésta vez la conversión pastoral se refiere explícitamente a un contenido novedoso, si bien constitutivo del Pueblo de Dios, que nos saca de nuestra inercia: se refiere directamente a la Iglesia misionera. Por obra del Espíritu Santo, que responde a las voces del tiempo, estamos redescubriendo esta novedad del Evangelio: la Iglesia siempre es misionera. La tercera razón puede ser ésta: Todo el proyecto pastoral del documento, si queremos que en el futuro no sea letra muerta sino una realidad viva y verdadera, implica una conversión pastoral en la vida, las comunidades, las obras y las iniciativas de la Iglesia. La cuarta: La situación actual de la Iglesia y de la sociedad nos desafía profundamente. Ella exige que reflexionemos sobre la calidad de nuestra pastoral, y que la convirtamos en un instrumento adecuado, ágil y convincente que prolongue con trasparencia y vigor el modo y el estilo de Jesús de ser Pastor.

Reflexionemos, en primer lugar, sobre la conversión pastoral que exige Aparecida para ser coherentes con la dimensión misionera de la vocación cristiana. Después reflexionaremos sobre otras dimensiones de la misma conversión pastoral.

A. Conversión pastoral: Iglesia en misión permanente

El despertar del espíritu misionero

Aparecida tiene clara conciencia de la situación de innumerables bautizados cuya pertenencia a la Iglesia no se expresa en la liturgia dominical, tampoco en la oración con la Palabra de Dios o en la recepción frecuente de los sacramentos, ni en la participación viva en una comunidad cristiana. También es consciente del preocupante aumento del número de latinoamericanos y caribeños que no están bautizados. Sabe además que un número importante de personas que fueron bautizadas en la Iglesia católica, al perder contacto con la riqueza de la vida, la oración y la acción pastoral de su Iglesia (DA 225), han buscado respuesta a su sed de Dios en otras confesiones religiosas, generalmente en otras comunidades cristianas. Todo esto, y el escaso número de evangelizadores que parten en misión “ad gentes”, cuestiona el espíritu misionero de la Iglesia latinoamericana y caribeña.

En muchas diócesis, sin embargo, en comunidades parroquiales, movimientos apostólicos, itinerarios de conversión, colegios y comunidades de universitarios, gracias a Dios, está ocurriendo un despertar del ardor misionero. Pero estos brotes no ocurren con la frecuencia y la amplitud que corresponden a nuestra universal vocación misionera. Por eso, le pedimos al Espíritu Santo que irrumpa entre nosotros, haciendo nuevas todas las cosas, sacudiendo de la Iglesia todo letargo que frena su vocación misionera.

ser misionero ¿un privilegio de algunos?

Aparecida asume el mandato misionero de Jesucristo, el día de su ascensión a los cielos: “¡Vayan y hagan discípulos a todas las gentes!” (Mt 28, 19). A quienes ya eran discípulos los envió como misioneros para que hicieran discípulos. Aparecida nos recuerda que en nuestro Continente es urgente que cada católico asuma que quien es llamado por Cristo como discípulo, es enviado por Él como misionero. Ser misionero no es algo que se agrega al discipulado. Ya “en virtud del bautismo estamos llamados a ser discípulos misioneros de Jesucristo”, como lo explicó el Santo Padre en su discurso inaugural. “Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4, 12). En efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay futuro.” (DI 3)

Esta afirmación del Sto. Padre sobre la unión indisoluble entre el llamado al discipulado y el envío misionero, la recogió la Vª Conferencia general en los números 144 y 145 del documento conclusivo:

“Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión, al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como Él es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porque es la extensión testimonial de la vocación misma.” (DA 144)
ser misionero, ¿una ardua tarea?
El párrafo citado de Aparecida habla del “encargo” misionero. Nos honra este encargo, mediante el cual Cristo confía en nosotros y nos asocia a su misión evangelizadora. Pero no nos equivoquemos. No es tan sólo un encargo o una tarea. La acción y la responsabilidad misioneras también son un impulso casi incontenible, una inclinación personal que suscita alegría, un fuerte dinamismo que nace y crece en quien realmente es discípulo. Así lo expresa Aparecida:
“Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro. La misión no se limita a un programa o proyecto, sino que es compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad a comunidad, y de la Iglesia a todos los confines del mundo (cf. Hch 1, 8).” (DA 145)
una dimensión bastante olvidada

¿Cuáles son las asociaciones que afloran en nuestra memoria cuando hablamos de las misiones que conocimos o en las cuales participamos en el siglo recién pasado? ¿Cuál era su objetivo? Al menos en mi patria, muchas misiones en los campos perseguían la administración de los sacramentos del bautismo, la confesión, la confirmación y el matrimonio a quienes “estaban en deuda con la Iglesia”. Otras misiones en ciudades, predicadas por notables misioneros, querían remecer a los cristianos que habían caído en la tibieza y conducirlos al sacramento de la penitencia, como asimismo lograr que la fe de todos fuera más coherente en el cumplimiento de los mandamientos y en las obras de caridad. Eran grandes retiros, sin silencio, cuyas predicaciones conmovían a los fieles y los impulsaban a ser mejores cristianos. En los últimos decenios se han abierto camino otras pedagogías misioneras, en las cuales han participado religiosas y numerosos laicos.

Remontándose a la práctica de los primeros cristianos -por ejemplo, a la acción misionera de Andrés, cuando le habló a su hermano Simón sobre Jesucristo-, Aparecida nos dice en el texto que acabamos de leer, que es tal la alegría y la gratitud que surgen del encuentro con Cristo y de la conciencia de pertenecer a él, que la misión no se limita a un programa o un proyecto. La misión consiste sobre todo en compartir la experiencia del acontecimiento del encuentro con Cristo, y testimoniarlo y anunciarlo de persona a persona, de comunidad en comunidad, hasta los confines de la tierra.

Ser coherente con esta dimensión esencial de toda acción misionera, en la cual tienen cabida todos los bautizados y no sólo los sacerdotes, los diáconos, los religiosos y las religiosas, es otro aspecto de la conversión pastoral que queremos promover con la inspiración del Espíritu Santo.

una pedagogía pastoral
para cumplir con la misión de hacer discípulos

La conversión pastoral también incide en nuestra manera de entender y de actualizar la acción misionera. Quienes participaron en la Conferencia de Aparecida quisieron recorrer los caminos de Jesucristo con ojos, oídos y corazón de discípulos. Les fue claro que Jesucristo no hizo “proselitismo”. No pasó por el mundo para ganar adeptos y adquirir un gran liderazgo. Él sentía compasión por la muchedumbre que lo seguía, al verla como ovejas sin pastor. Pasó por el mundo haciendo el bien: expulsaba a los demonios, curaba a los enfermos que le traían, y a todos les abría las puertas del Reino con sus enseñanzas y, en definitiva, con su Pascua y el envío del Espíritu Santo. Así respondía a sus esperanzas: a su sed de verdad y de bien, de comunión y de paz, a su sed de Dios. Todos quedaban asombrados por su bondad y su sabiduría.

Por eso, la pedagogía pastoral que asume Aparecida, se basa en la pedagogía de Jesús, y es parte de nuestra conversión pastoral. Pone especial énfasis en las búsquedas de las personas en nuestro tiempo como punto de partida del encuentro con el Señor. Así lo hizo Jesucristo, el primer Enviado del Padre, el primer Misionero. Leamos el número 244 del documento conclusivo:

“La naturaleza misma del cristianismo consiste, por lo tanto, en reconocer la presencia de Jesucristo y seguirlo. Ésa fue la hermosa experiencia de aquellos primeros discípulos que, encontrando a Jesús, quedaron fascinados y llenos de estupor ante la excepcionalidad de quien les hablaba, ante el modo cómo los trataba, correspondiendo al hambre y sed de vida que había en sus corazones. El evangelista Juan nos ha dejado plasmado el impacto que produjo la persona de Jesús en los dos primeros discípulos que lo encontraron, Juan y Andrés. Todo comienza con una pregunta: “¿qué buscan?” (Jn 1, 38). A esa pregunta siguió la invitación a vivir una experiencia: “vengan y lo verán” (Jn 1, 39). Esta narración permanecerá en la historia como síntesis única del método cristiano.”
Ya en ese primer encuentro la invitación de Cristo es invitación-respuesta. Quiere satisfacer el anhelo de los dos discípulos de Juan de conocerlo y estar con Él. El Documento conclusivo vuelve más adelante sobre el mismo tema, con palabras que son válidas para los formadores de discípulos y para los misioneros:
“Quienes serán sus discípulos ya lo buscan (cf. Jn 1, 38), pero es el Señor quien los llama: “Sígueme” (Mc 1, 14; Mt 9, 9). Se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda, y se ha de propiciar el encuentro con Cristo que da origen a la iniciación cristiana. Este encuentro debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del kerygma y la acción misionera de la comunidad.” (DA 278a)
Esta afirmación, dicha casi al pasar, es decisiva para el efecto pedagógico del encuentro: “se ha de descubrir el sentido más hondo de la búsqueda”. Si lo conocemos, no nos será difícil anunciar a las personas que lo buscan a Jesucristo “Camino, Verdad y Vida” no sólo de manera genérica, sino además conforme a su cultura, a su historia y a su personalidad. Podremos presentarles a Jesucristo como su camino, su verdad y su vida. Así les será fácil escuchar de sus labios la invitación a seguirlo.
Esta invitación la escuchamos desde muy niños en el seno de nuestras familias. Siendo la iglesia doméstica el primer lugar de encuentro con Jesucristo, y siendo ella el valor más querido por nuestros pueblos, Aparecida nos pide que la preocupación por ella sea “uno de los ejes transversales de toda la acción evangelizadora de la Iglesia”. (DA 432ss; 302s)
con la Virgen María, implorando un nuevo Pentecostés,
hacia una Iglesia Misionera

Como fruto del encuentro con Jesucristo vivo y de su seguimiento como discípulos, vamos hacia un despertar misionero en toda nuestra Iglesia en América Latina y el Caribe, en el cual cada Juan Diego, llamado por su nombre, salga a evangelizar con la Biblia en la mano y con la imagen de la Virgen María, como aparece en el tríptico que nos regaló el Santo Padre en Aparecida.

“Junto con ella, queremos estar atentos una vez más a la escucha del Maestro, y, en torno a ella, volvemos a recibir con estremecimiento el mandato misionero de su hijo: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28, 19). Lo escuchamos como comunidad de discípulos misioneros, que hemos experimentado el encuentro vivo con Él y queremos compartir todos los días con los demás esa alegría incomparable.” (DA 364)

Con razón, quienes leen una y otra vez el documento conclusivo con mucha alegría y esperanza, constatan que la Vª Conferencia general fue celebrada junto a un santuario, en el cual se venera a la patrona de uno de nuestros países, Nuestra Señora Aparecida, que cumple allí su misión de ser madre de un pueblo y de conducirlo a Jesús, escuchando sus penas y sus esperanzas, e intercediendo por él. De hecho, los miembros de la Asamblea no quisieron dedicarle a Nuestra Señora tan sólo un capítulo del documento. Querían que la confianza que los católicos latinoamericanos ponen en su poder de intercesión, la gratitud a ella por su amor a Jesucristo y a nuestros pueblos, y la inspiración que recibimos de su vida y su misión, brotara como una fuente de vida en todo el documento. Apreciar debidamente el espíritu mariano de nuestros pueblos, y desplegarlo en todas sus dimensiones humanas y religiosas, comunitarias y sociales, fue un propósito que acompañó a esta Conferencia general desde los años de su preparación, y es parte de la conversión pastoral. María de Nazareth no es sólo un cariño muy valioso de nuestro pueblo, es un programa humano y pastoral.

El Mensaje final de la Asamblea une la visión misionera de la Iglesia, con la misión del Espíritu Santo de hacer nuevas todas las cosas, enviando a evangelizar hasta todos los rincones del mundo y de las culturas. No tendría sentido hablar de una conversión pastoral, si no nos dedicáramos a ella implorando con María Santísima, la Reina del Cenáculo, un nuevo Pentecostés, para ser permanentemente testigos de Jesucristo.

la conversión pastoral es misionera

Consciente de que nuestras estructuras pastorales y la gran mayoría de nuestras comunidades no forman misioneros ni impulsan hacia la misión, Aparecida pide una conversión pastoral: que impregnemos todo lo nuestro de espíritu y voluntad misionera. En efecto, la necesidad, la amplitud y la profundidad de esta renovación, exige una verdadera conversión pastoral que lo abarque todo, si queremos ser coherentes con nuestra “firme decisión misionera”, ya que ésta

“debe impregnar todas las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis, parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier institución de la Iglesia. Ninguna comunidad debe excusarse de entrar decididamente, con todas sus fuerzas, en los procesos constantes de renovación misionera, y de abandonar las estructuras caducas que ya no favorezcan la transmisión de la fe.” (DA 365)
“La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial” (NMI 12) con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera.” (DA 370)
Al igual que Santo Domingo, la Conferencia de Aparecida no olvida que esta conversión pastoral debe hacerse en el contexto de una sociedad y de un mundo cuya cultura experimenta e impulsa profundos cambios. Por eso agrega:
“La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus miembros. Su vida acontece en contextos socioculturales bien concretos. Estas transformaciones sociales y culturales representan naturalmente nuevos desafíos para la Iglesia en su misión de construir el Reino de Dios. De allí nace la necesidad, en fidelidad al Espíritu Santo que la conduce, de una renovación eclesial, que implica reformas espirituales, pastorales y también institucionales.” (DA 367)
“La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo al servicio de la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir “lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias” (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta.” (DA 366)
Como lo hemos visto, Aparecida quiso ser fiel a la acción del Espíritu Santo y a los desafíos del tiempo. Por eso, volviendo su mirada y su corazón al inicio del cristianismo, se preguntó una y otra vez, ¿cómo inició Jesucristo la formación de los discípulos misioneros? En nuestro caso, ¿cómo formó misioneros?
No podemos simplificar la respuesta, pero una cosa salta a la vista. Jesucristo formó misioneros siendo él mismo misionero, Enviado del Padre, primer Evangelizador, en todas las circunstancias de su vida pastoral. A la luz de su ejemplo, nunca podremos lograr el despertar misionero de todos los bautizados, si los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, consagrados seculares, dirigentes de movimientos eclesiales, enviásemos a los laicos como discípulos misioneros a golpear todas las puertas y a compartir la Buena Noticia de Jesucristo, y después de enviarlos nos quedáramos en casa, planificando los próximos pasos de la acción pastoral. Una cosa es clara: no lo hizo así nuestro Maestro y Señor. Los enriqueció con su ejemplo, y les envió su Espíritu, realmente misionero.

B. Conversión pastoral: Iglesia formadora de discípulos
La conversión pastoral no abarca tan sólo el ardor misionero. Si el enviado no tuviera conciencia de haber sido llamado por Cristo a ser discípulo suyo, si esa vocación no lo sobrecogiera, la conversión misionera reposaría sobre arena. El compromiso misionero que suscita el Espíritu Santo, se basa en la fuerza interior de quienes viven con ardor su vocación discipular, y están dispuestos a hacer lo que el Señor les pida. Pero, ¿están todas nuestras comunidades enfocadas a formar discípulos de Jesucristo? En muchas comunidades de nuestra Iglesia no es así. Por eso, la conversión pastoral misionera exige una conversión discipular de la pastoral. En efecto,
“La conversión pastoral requiere que las comunidades eclesiales sean comunidades de discípulos misioneros en torno a Jesucristo Maestro y Pastor.” (DA 368)
todo comienza con el encuentro con una Persona

Una afirmación del Papa Benedicto XVI, en su carta encíclica Deus Caritas est, orientó todas nuestras reflexiones en Aparecida: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” .

No podemos cansarnos en insistir en ello: la fuerza y la orientación del compromiso misionero nacen del encuentro con Jesucristo vivo que nos llama a ser sus discípulos. Nada lograría nuestra Iglesia con instruir y enviar misioneros, enseñándoles técnicas de persuasión, si éstos no se hubieran encontrado con Jesucristo, no hubieran acogido su llamado, y no hubieran dado un sí de todo corazón a la vocación a ser sus discípulos misioneros compartiendo lo que han visto, oído y vivido.
¿también con los santos?
Lo primero, entonces, es el encuentro personal con Jesucristo que nos llama por nuestro nombre y nos envía. Este encuentro puede estar precedido de un encuentro con la Sma. Virgen o con un gran santo, tal como ocurrió con Andrés y Juan, que antes de llegar a Cristo, encontraron a Juan Bautista. En estos casos, el amor a la Virgen será la puerta de ingreso al amor que ella misma le tiene a Jesucristo, y conducirá al encuentro con Él, que es la base de nuestra fe. En una vida, colmada de encuentros con Cristo y con sus amigos los santos, de manera especial con su Sma. Madre, crece la fecundidad del compromiso con Él y con el Padre en el Espíritu Santo, como asimismo con su misión a favor de los hombres. Por este camino llegamos a ser discípulos de Jesucristo y a vivir como tales. Ésta es la experiencia y el proyecto de cada misionero que entrega su vida para hacer discípulos de Cristo, con la gracia de Dios.
conducimos hacia Aquél que esperan
Pero nunca pensemos que anunciamos un ser extraño a las personas que no lo conocen. Jesucristo es el esperado por todo ser humano. Desde el inicio de nuestra existencia, tenemos una vocación que nos es común: fuimos llamados a encontrarnos con Él, y a encontrar en Él, con Él y por Él, la santidad y la felicidad que buscamos. Por eso, Él responde a nuestra esperanza como nadie podría hacerlo. En efecto, a cada uno de nosotros nos pregunta “¿Qué buscas?” (Jn 1, 38), y sabiendo que buscamos su cercanía y amistad, para cada uno tiene esa maravillosa respuesta, que satisface todas nuestras búsquedas: “Ven y verás, ven a mi casa, que es la casa de mi Padre, donde moro y donde hay muchas moradas” (ver DA 244, 245, 276). Él vendrá a morar en ti, te amará, te enriquecerá con su sabiduría y te enviará como misionero.
Benedicto XVI, con el amor a la verdad que lo caracteriza, en su discurso inaugural en Aparecida el día 13 de mayo de 2007, habló de la tragedia que se esconde en ignorar a Cristo. “Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad”. (DI 3) Por eso “Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede haber recibido cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).
una prioridad insustituible
Para nuestra pedagogía pastoral una cosa es clara: Si nuestras comunidades no fueran, antes que nada, escuelas que conducen al encuentro vivo con Jesucristo y a permanecer en Él, comprometidos con su persona y su misión como discípulos suyos que oran y buscan la santidad misionera, de nada serviría cubrir todas las paredes de nuestras salas y templos con consignas misioneras, y programar cientos de cursos y actividades sobre métodos misioneros para desinstalar a los fieles de su pasividad, y hacerlos heraldos de la Buena Nueva.
Por eso, el Mensaje final de Aparecida afirmó que “Todos en la Iglesia estamos llamados a ser discípulos y misioneros. Es necesario formarnos y formar a todo el Pueblo de Dios para cumplir con responsabilidad y audacia esta tarea” (M 3). Con estas palabras asumió el Mensaje el desafío que la Asamblea percibió desde sus inicios, en el número 14 de las conclusiones:
“Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo.”
Este desafío vale para todas nuestras parroquias. Ya en la preparación de Aparecida, entre los anhelos más grandes de la Iglesia en nuestro continente, apareció la urgencia de hacer una “valiente acción renovadora de las parroquias” (DA 170ss), que están llamadas a ser “células vivas de la Iglesia, y lugares privilegiados en los que la mayoría de los cristianos tienen una experiencia concreta de Cristo y de la Iglesia” (DA 304)
lugares de encuentro con Jesucristo
Debido al reto fundamental mencionado, muchas diócesis del Continente se propusieron como primera tarea de la Misión Continental, preparar a los misioneros y alimentar su disponibilidad, conduciendo a los lugares de encuentro con Jesucristo: a todos ellos. Es una tarea que numerosas diócesis se han propuesto abordar durante años, de manera que los encuentros con el Señor y Maestro sean personales y duraderos. Con gran entusiasmo los sacerdotes, las religiosas y los laicos han participado en seminarios sobre la “lectio divina” y en jornadas y retiros sobre la liturgia y la Eucaristía como lugares de encuentro con Jesucristo. Es impresionante constatar con cuanta alegría acceden así a un encuentro más personal con Cristo. Y lo mismo seguirá ocurriendo en relación a los otros lugares de encuentro. Pienso en el sacramento de la reconciliación, en el servicio a los pobres, en los encuentros con cada cristiano, con cada religiosa y cada sacerdote, que ponen todo su empeño en reflejar a Cristo, pienso en la participación en comunidades que se reúnen en el nombre del Señor, especialmente en las familias cristianas que quieren ser iglesias domésticas, y en las innumerables comunidades que recorren el camino de los peregrinos “per Mariam ad Jesum”. No puedo olvidar a las diferentes formas de la religiosidad popular, como lugares de encuentro con el Señor, a las cuales Aparecida les dedica tan hermosas reflexiones, escritas por teólogos y pastoralistas argentinos, siendo el primero de ellos, el mismo Cardenal Jorge Mario Bergoglio. Recordemos asimismo el discernimiento de los signos del tiempo, como también el acompañamiento espiritual, como lugares de encuentro con Jesús, Señor de la Vida y de la Historia: de la gran Historia y de todas las historias personales y comunitarias.
¿No es también ésta una gran conversión pastoral, la conversión pastoral fundante de todas las demás? Aparecida nos pide que todas nuestras comunidades, más allá de sus tareas y actividades específicas -sean éstas el servicio a la catequesis, la preocupación por la participación, la belleza y el canto en las celebraciones litúrgicas, por el compromiso social o por las comunicaciones sociales- sean consecuentes con la misión que más las caracteriza en medio del mundo: ser lugares de encuentro y de comunión con Dios y con su Hijo, Jesucristo; y ser verdaderas escuelas que conducen a los discípulos a los diferentes lugares de encuentro, para que sean conocidos y frecuentados, aprendiendo a hallar a Jesús, a estar a solas con él, a dialogar con él.
programación pastoral, oración y santidad
Ello implica, además, ser una respuesta viva a la invitación que nos hizo Su Santidad Juan Pablo II, en Novo Millennio Ineunte (ver N° 30 y siguientes), de poner toda la programación pastoral bajo el signo de la santidad. Ésta es una opción llena de consecuencias.
“Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, «¿quieres recibir el Bautismo?», significa al mismo tiempo preguntarle, «¿quieres ser santo?» Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: «Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (Mt 5,48).”
“Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona.” “Para esta pedagogía de la santidad es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración.” “Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el arrebato del corazón. Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios.”
numerosas consecuencias pastorales
Hacer de nuestras comunidades verdaderas escuelas del encuentro con Jesucristo y de la oración, como asimismo de la formación de discípulos, nos pide elaborar y promover verdaderos procesos de iniciación a la vida cristiana; hacerlo desde las pedagogías de Jesús del encuentro y del acompañamiento, partiendo del testimonio y el Kerygma, centradas en la Palabra, en un clima de comunión, acogedor y fraterno, preocupadas de la formación integral de cada persona y de las búsquedas y necesidades de todos , ¿no es éste un gran desafío, una verdadera conversión pastoral? También nos pide elaborar y promover procesos de crecimiento de la vida en Cristo, recurriendo a los lugares de encuentro con Él, de manera especial a la Eucaristía, para sellar con el Señor una alianza definitiva, para amarlo y servirlo viviendo como Él y compartir, allí por donde vayamos, el gozo de habernos encontrado con Él y la transformación que ha realizado en nuestras vidas. ¿No es también ésta una oportunidad insustituible para forjar, con la ayuda de Dios, una conversión pastoral?
no se trata de un encuentro cualquiera
Como lo sabemos, de la calidad del encuentro con Jesucristo depende la conversión personal y la conversión pastoral. Por eso Aparecida evoca la calidad del encuentro con Jesús de los primeros cristianos:
“Quienes se sintieron atraídos por la sabiduría de las palabras de Jesucristo, por la bondad de su trato y por el poder de sus milagros, por el asombro inusitado que despertaba su persona, acogieron el don de la fe y llegaron a ser discípulos de Jesús. Al salir de las tinieblas y de las sombras de muerte (Cf. Lc 1, 79), su vida adquirió una plenitud extraordinaria: la de haber sido enriquecida con el don del Padre. Vivieron la historia de su pueblo y de su tiempo, y pasaron por los caminos del Imperio Romano, sin olvidar nunca el encuentro más importante y decisivo de su vida que los había llenado de luz, de fuerza y de esperanza: el encuentro con Jesús, su roca, su paz, su vida.” (21)

despierta asombro, vida, generosidad y gratitud

No se trata de un encuentro cualquiera, superficial, de paso, como con un lejano o un extraño. Y aquí consignamos uno de los principales desafíos para nuestras comunidades: suscitar un encuentro tan personal y profundo con Jesucristo, que impacte, conmueva, cuestione, renueve y vitalice a quienes se acercan a su persona y a su misión, de modo que vivan la alianza que Él selló con cada uno de nosotros, amándonos hasta el extremo, la alianza de amor y de paz. Hemos de presentar la persona, las palabras, las acciones y la misión de Cristo con toda su verdad, su belleza, su poder y su bondad, como Amén del Padre a las promesas de Dios (ver 2 Co 1, 20) y a nuestras búsquedas. El encuentro vivo y personal con Jesucristo, es fuente de agua viva (ver Jn 7, 37s) que da vida nueva a los discípulos misioneros. De ella surge el atractivo del testimonio, la generosidad de las iniciativas y el ardor misionero. Buscamos, en último término, abrirle más y más espacio, con la gracia de Dios, al ‘protagonismo del Espíritu’, ya que nuestra unión con Cristo es obra suya; también nuestra conversión en discípulos misioneros.

Debemos procurar que cuanto hagamos por presentar y anunciar a Jesucristo, conduzca a un encuentro tan profundo y personal con Él, que lleve a todos los cristianos a un profundo estupor por la bondad, la sabiduría, el poder de una persona que mucho más que admirable, es digna de ser adorada. Según lo descubrimos en los relatos de los evangelios, el estupor es condición necesaria para una conversión verdadera, para fundar la vida sobre la única Roca que es Cristo.

Se basa en una realidad asombrosa. Más allá de las cosas, más allá de los tiempos, hay Alguien, el Hijo de Dios, que quiso ser parte de la humanidad, pasarse a este lado de la realidad, introducirse así en nuestra historia para dar sentido pleno a la vida de cada uno: Dios, el Hacedor, quiso encarnarse y desposarse con su criatura (ver Is 54, 5). Es un hecho asombroso, que nos conmueve y sobrecoge profundamente. Por eso el Apóstol de los Gentiles no predicaba sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Lo que debe llenar de estupor a ésta y a cualquiera generación, es el realismo de un Dios que busca hasta a las personas que pueden parecer más insignificantes, porque nadie es insignificante para Él. Y las busca para establecer una relación personal con cada uno, una alianza, hasta el punto que cada persona pueda decir como san Pablo: “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Ga 2, 20). Como decía un santo chileno, san Alberto Hurtado, “el que mira el rostro de Cristo una vez, no lo olvida jamás”. No lograría su objetivo la conversión pastoral si no lograra suscitar un profundo asombro por la persona, las enseñanzas, el amor y las obras de Jesús.

Quien ha tenido la experiencia del encuentro con Cristo y de su sobrecogedor amor, naturalmente pasa del estupor a la gratitud (ver DA 6-8, 17s, 20-29, 102-128). Ser llamados a la plenitud de la vida, no por méritos sino por gracia, es lo más revolucionario en la historia religiosa de la humanidad. Y ante el favor de Dios totalmente inmerecido, no cabe otra respuesta que la alabanza, la contemplación, la acción de gracias y la colaboración con sus obras. Encontrarnos con Él es encontrar el tesoro escondido, la perla preciosa de la historia y de nuestros pueblos. Por eso, el acorde fundamental de nuestro espíritu tiene que ser la gratitud y la alegría, el acorde del Magnificat (ver DA 14 final, y 18).

un nuevo modo de escuchar, de actuar, de vivir y de sufrir

Con la gratitud, tenemos acceso a un nuevo modo de escuchar y de vivir. Quien con asombro y gratitud se pone a los pies del Maestro, no puede querer otra cosa que no sea tener sus mismos sentimientos y beber de su sabiduría para asemejarse a Él, haciéndolos realidad en su propia vida, en sus proyectos y en su medio. En el verdadero discipulado está el único remedio contra la incoherencia de vida que tantas veces amenaza la existencia del cristiano. Uno de los elementos de esta incoherencia es el rechazo de la cruz. Por eso me detengo en ella.

Parte esencial de nuestra identidad cristiana es la experiencia de la cruz. El sufrimiento es parte de nuestra existencia. Son muchas las adversidades, los errores, las enfermedades, los efectos del pecado propio y de los pecados de otros, que nos golpean y tenemos que enfrentar. El proyecto de una conversión pastoral incluye la cercanía, el apoyo y el consuelo a todos los que sufren. Pero incluye, además, que nuestras comunidades sean escuelas de discípulos que se niegan a sí mismos, que toman su cruz cada día, y siguen al Maestro y Señor (ver Lc 9, 23). Las adversidades y los golpes queremos aprender a verlos como una purificación de nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, como una ayuda para que sean heroicos, es decir, para que tengan el sello y la hondura de la santidad. Por eso, más que abatirnos, debieran estimular nuestra vocación discipular y misionera. La experiencia de la cruz está también en lo más íntimo de nuestro corazón, cuando experimentamos nuestra radical debilidad a la hora de hacer frente al mal. Así sucedió en el Calvario, aparentemente el fracaso más estrepitoso de Dios. Y, sin embargo, cumbre y fuente inagotable de su amor infinito. Como misioneros debemos bendecir al Señor por la pobreza de nuestros medios, por los fracasos y por las debilidades, pues todo ello la Providencia divina lo quiere o permite “para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros” (2 Co 4, 7).

nuestra propia identidad viva

La conversión pastoral nos conduce así al redescubrimiento de nuestra propia identidad como discípulos misioneros de Cristo, tal como lo experimentó san Pablo y, por cierto, todos los discípulos fieles al Señor, según lo narran los Evangelios. Tiene que dejar una profunda huella en nuestro espíritu el hecho de reconocernos como ‘llamados y convocados’, pues no somos nosotros los que elegimos a Cristo, sino que “Él nos eligió a nosotros”.

Así como descubrimos la espiritualidad de la ‘comunión’, tan bellamente expresada por el Santo Padre Juan Pablo II en su Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, Aparecida nos invita a avanzar también por el camino de la espiritualidad de la ‘vocación al discipulado misionero’, de la ‘formación a través del encuentro y el seguimiento de Cristo”, y de la ‘misión’ de todo cristiano para la vida del mundo.


C. Conversión pastoral: Iglesia comunión
Al menos desde el Jubileo del año 2.000 estamos abocados a otra de las grandes tareas que implica la conversión pastoral al inicio del tercer milenio. Hemos tomado cada vez más conciencia de que nuestra vida despierta y crece, en camino a la santidad, cuando dejamos que el amor de Dios -expresado de manera eminente en la Eucaristía- nos penetre, nos sobrecoja, nos una, nos transforme y nos oriente al amor al prójimo, despertando en nosotros toda la belleza y las potencialidades de nuestra hermosa vocación: ser imagen y semejanza misteriosa de un Dios que es amor, que es comunión.

En Aparecida tuvo un eco poderoso la exhortación del Papa Juan Pablo II, al término del año jubilar:

“Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.” (NMI, 43)

Este llamado a la comunión resuena en Aparecida como un fruto de la vocación al discipulado. En verdad,

“La vocación al discipulado misionero es con-vocación a la comunión en su Iglesia. No hay discipulado sin comunión. Ante la tentación, muy presente en la cultura actual de ser cristianos sin Iglesia y las nuevas búsquedas espirituales individualistas, afirmamos que la fe en Jesucristo nos llegó a través de la comunidad eclesial y ella “nos da una familia, la familia universal de Dios en la Iglesia Católica. La fe nos libera del aislamiento del yo, porque nos lleva a la comunión” .” (DA 156. Ver DA 157ss)

No cabe duda alguna: el espíritu de comunión con Dios y con los hermanos fue el alma de la Vª Conferencia general. Mantener ese espíritu y abrirnos a la acción del Espíritu Santo para que él compenetre a todas nuestras comunidades, es otro de los grandes desafíos de nuestra conversión pastoral.

vivir la comunión

En efecto, nos despedimos de Nuestra Señora Aparecida con una experiencia gozosa de comunión y participación, que hizo madurar entre nosotros éste y tantos otros frutos del Concilio. Nos enriqueció esa admirable vivencia en la cual la comunión con la Sma. Trinidad se entrelaza en todo momento con la comunión entre los hermanos.

Realmente, nos sentimos y vivimos como “un pueblo reunido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” , llamado a ser “en Cristo como un sacramento, o signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” , encontrando nuestro fundamento y sustento en la comunión con la Trinidad . Precisamente “la experiencia de un Dios uno y trino, que es unidad y comunión inseparable, nos permite superar el egoísmo para encontrarnos plenamente en el servicio al otro” (DA 240).

Con ese espíritu -con la colaboración de laicos, religiosos, religiosas, diáconos permanentes y sacerdotes diocesanos- preparamos la Vª Conferencia general durante largos y apretados meses. Así encaminaron su trabajo y sus reuniones preparatorias miles y miles de comunidades a lo largo del Continente y en El Caribe, que se interiorizaron del temario y elaboraron sus aportaciones. Con ese mismo ánimo trabajaron las conferencias episcopales que conforman el Consejo Episcopal Latinoamericano, el CELAM, y colaboraron con nosotros 50 diócesis de los Estados Unidos, como asimismo algunas de Canadá y Europa.

Selló el espíritu de comunión que caracterizó ese tiempo, la presencia del Santo Padre en Brasil, sus palabras junto al santuario y su discurso inaugural, al inicio de la Asamblea. En él unió magistralmente su enseñanza, llena de verdad evangélica, con la cual confirmaba e iluminaba nuestra fe, con un trato cordial, colmado de cercanía fraterna y de esperanza.

Fue él quien abrió el espacio interior que caracterizó a la Vª Conferencia: espacio de comunión fraterna, de confianza en la acción del Espíritu Santo y en los hermanos y hermanas, y de libertad evangélica; espacio que se abría en comunión con Dios cada mañana en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía en el santuario, y en la conclusión de los trabajos, durante la oración de vísperas.

Vivir y trabajar en comunión todas las jornadas, suponía reconocer en los demás la aceptación viva de su vocación, su misión y sus carismas a los ojos de Dios en bien de la Iglesia y de nuestros pueblos. Sólo reconociendo en los demás que Cristo salió a su encuentro y los llamó, que ellos quieren permanecer en su amor y buscan la unidad querida por el Señor, como asimismo cooperar con su sabio plan de amor; sólo así, la pluralidad de los miembros de una Asamblea como la nuestra logra vivir una profunda experiencia de comunión.

En nuestro caso, la comunión abarcaba también a la multitud de peregrinos que llegaban al santuario de Nuestra Señora, y a los católicos de nuestras diócesis que seguían las celebraciones litúrgicas y el trabajo por los medios de comunicación social, y nos apoyaban con su oración. Así logramos colaborar, también con ellos, compartiendo su esperanza.

construir la comunión

Para prolongar este espíritu, Aparecida invitó expresamente a todos los pastores a hacer suya esta conversión, de modo que vivan y promuevan una espiritualidad de comunión y participación,

“proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades” . (DA 368)

Esta vivencia fuerte de comunión y participación con Dios y con los hermanos, fue el fundamento de la conversión pastoral que experimentamos en la Vª Conferencia. Y ella nos invita a vivirla a todos los cristianos, conscientes de la gran fuerza misionera que tiene la comunión.

De hecho, la Iglesia “atrae” cuando vive en comunión, pues los discípulos de Jesús serán reconocidos si se aman los unos a los otros como Él nos amó (ver Rm 12, 4-13; Jn 13, 34).” (DA 159) El mismo Jesús se lo pide al Padre en su insistente oración: “Padre que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado… y que yo les he amado a ellos como tú me has amado a mí” (Jn 17, 21 y 23). Sin duda, la comunión con Dios y con los hermanos es la acción misionera más convincente. Por eso Aparecida, en el llamado a la conversión pastoral, nos invita a ser “como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (DA 370) Y en su Mensaje final concreta el desafío pastoral diciéndonos:
“La alegría de ser discípulos y misioneros se percibe de manera especial donde hacemos comunidad fraterna. Estamos llamados a ser Iglesia de brazos abiertos, que sabe acoger y valorar a cada uno de sus miembros. (…) Nos proponemos reforzar nuestra presencia y cercanía. Por eso, en nuestro servicio pastoral, invitamos a dedicarle más tiempo a cada persona, escucharla, estar a su lado en sus acontecimientos importantes y ayudar a buscar con ella las respuestas a sus necesidades. Hagamos que todos, al ser valorados, puedan sentirse en la Iglesia como en su propia casa” .

Recordamos, por último, un texto del documento conclusivo en el que Aparecida sintetiza de algún modo las implicaciones de la conversión pastoral que hemos comentado, y nos introduce a la dimensión de nuestra última reflexión.
“Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17, 21).” (DA 362)

D. Conversión pastoral: Para que tengan vida en Cristo
Como todos sabemos, el llamado que nos hace el Espíritu en Aparecida es a “ser y hacer” discípulos misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan Vida. Y es que el proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre, el Reino de la Vida. Ésta es la propuesta de Jesucristo y el contenido fundamental de la misión, la oferta de una vida plena para todos. Por eso, nos dice Aparecida, “la doctrina, las normas, las orientaciones éticas, y toda la actividad misionera de la Iglesia, deben dejar transparentar esta atractiva oferta de una vida más digna, en Cristo, para cada hombre y para cada mujer de América Latina y de El Caribe.” (DA 361) Otro gran desafío para nuestra conversión pastoral.
“para que tengan vida y vida en abundancia”
Causa admiración con qué fuerza la “vida nueva en Cristo” y la instauración del Reino de la vida (DA 367), son un eje central de las conclusiones de Aparecida. Evangelizar, ser testigo y portador de la Buena Noticia, no es una acción que implique tan sólo el anuncio de un mensaje espiritual. Hemos sido enviados para que la vida nueva en Cristo sea la riqueza mayor de nuestros pueblos. Ello implica una opción por todas las dimensiones de la vida y por las condiciones más favorables a la vida, ya que hemos asumido la misión de Cristo, que vino a este mundo como el Señor de la Vida a proclamar e inaugurar el Reino de la vida, para que todos “tengan vida y la tenga en abundancia” (Jn 10,10).
El discurso inaugural del Santo Padre abrió todo el horizonte de la vida, recordando las enseñanzas de Populorum Progressio, y precisando que con la vida divina, de la cual Cristo nos hace partícipes, ha de desarrollarse también “en plenitud la existencia humana, en su dimensión personal, familiar, social y cultural”, y que la respuesta al gran desafío de la pobreza y la miseria hace “inevitable hablar del problema de las estructuras, sobre todo de las que crean injusticia”.
El Documento de Aparecida, con la fuerza de este compromiso con la vida en Cristo, no vacila en llamar por su nombre los males y las amenazas de nuestro mundo y nuestras propias incoherencias con la vocación recibida. Se plantea ante ellas con crudo realismo, ya sea ante las injusticias corrosivas de la sociedad, las diferentes formas de violencia, las marginaciones, las adicciones que socavan toda dignidad, los graves delitos contra las personas y contra la moral, las voracidades y las carencias económicas, las inconsistencias políticas, las decadencias culturales, las insuficiencias educacionales, etc.
Los obispos, confrontados con tantas expresiones de la contra cultura de la muerte, convocan a superarlas. Para ello, invitan vigorosamente a hacer propia la pasión por la vida en Cristo de nuestros pueblos. A ella dedica toda la tercera parte del Documento. En efecto, la opción fundamental por la vida nueva es determinante: enfoca la perspectiva para ver la situación de nuestros pueblos, de sus culturas y de sus familias, nos ofrece un criterio insustituible de discernimiento y evaluación, y numerosas prioridades para actuar decididamente en la construcción del Reino de Dios. Todo un programa de conversión pastoral.
la opción por la vida
La opción por la vida, por la instauración del Reino de la Vida, tiene ya en sí misma una dimensión profundamente misionera. Optar por la Vida es optar por Cristo, que es la Vida. Pero el compromiso radical con la vida en Cristo implica, también, otras opciones y dimensiones, profundamente relacionadas, que el documento de Aparecida nos presenta en 166 números, y que, aunque no las vamos a desarrollar dado el tiempo disponible, queremos al menos enunciar algunas por la incidencia que tienen para nuestra conversión y acción pastoral.
En Aparecida optamos no sólo por los derechos del hombre y la sociedad, sino, además, por su entera dignidad y por su vida en plenitud. La opción por la Vida es una opción por el Reino de Dios y por la promoción de la dignidad humana (380-390), e implica necesariamente la opción preferencial por los pobres y excluidos, que es una opción cristológica y debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales (391-398). Ambas opciones nos piden una renovada pastoral social para la promoción humana integral (399-405) y la globalización de la solidaridad y la justicia internacional (406), y nos instan a detenernos a contemplar en los “rostros sufrientes que nos duelen” el rostro de Cristo y a servirlo en ellos, haciéndonos prójimos de los malheridos de nuestra sociedad (407-430). Es una opción por el matrimonio y la familia, por los niños y los jóvenes, por los ancianos y por la misión de la mujer, pero también por la responsabilidad del varón y del padre de familia (431-463). Esta opción por la cultura de la vida y por la misma vida, implica preocuparnos por el nicho de esta vida en la naturaleza y por la ecología humana (464-475).
La opción por la vida es, también, una opción por la evangelización de la cultura y de las diversas culturas de nuestros pueblos (476-480), que implica para los fieles laicos, en medio de las realidades temporales, realizar su misión específica de transformar el mundo con los criterios del Evangelio (481-519), para hacer posible la unidad y fraternidad de nuestros pueblos, construyendo caminos de justicia y equidad, de reconciliación y solidaridad (520-546).
Y nos unimos así a la exclamación con que concluye el Mensaje final de Aparecida: “¡Que este Continente de la esperanza también sea el Continente del amor, de la vida y de la paz!”
No es difícil de comprender, pues, la seriedad de la invitación que nos hace Aparecida a la conversión pastoral, a renovar y reformar las estructuras e instituciones pastorales que sean necesarias para la adecuada vivencia y transmisión de la fe hoy en nuestros pueblos (ver DA 365 y 367). Sin olvidar, que “no se trata sólo de estrategias para procurar éxitos pastorales, sino de la fidelidad en la imitación del Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos, deseoso de comunicar vida en cada rincón de la tierra.” (DA 372)

III. UN NUEVO PENTECOSTÉS

Como toda conversión, más aún, por tratarse de una acción que supera nuestras fuerzas y nuestra limitada sabiduría, que exige encontrar la voz del Señor en la historia, y postula la intervención de su ilimitado poder, sólo puede ser obra del Espíritu Santo. También nuestra, pero tan sólo si la asumimos como pobres instrumentos suyos, disponibles a su voz y su conducción.
Conscientes de que la realización del programa pastoral que nos proponemos no será una mera obra, ni tan sólo un deseo nuestro, ni únicamente una firme resolución, Aparecida afirma, casi como conclusión del documento:

“Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cf. Mt 28, 20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos “areópagos” de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia.” (DA 548)
Las grandes orientaciones pastorales de Aparecida claman por un espíritu nuevo. Nos invitan a ser, como Iglesia en Latinoamérica y El Caribe un gran Cenáculo sin fronteras, una casa de insistente y confiada oración. En esa Iglesia-Cenáculo… queremos unirnos a la oración de María Santísima, de los ángeles y de los santos con un corazón y una sola alma, implorando una nueva irrupción del Espíritu Santo, un nuevo Pentecostés. Convertidos en audaces discípulos misioneros de Cristo, con la fuerza del viento, del hálito y del fuego del Espíritu, queremos salir por las puertas del Cenáculo e invitar a otros para que entren en él y sean también enviados por el Señor, de modo que el Pueblo de Dios viva “en estado permanente de misión”. (DA 551)

Reunidos en el Cenáculo con María, Nuestra Señora del Valle, que ha hecho tantos milagros en esta querida diócesis suya, imploramos un nuevo Pentecostés para la Iglesia que camina en Catamarca, y le pedimos a Ella, “como madre, perfecta discípula y pedagoga de la evangelización, que nos enseñe a ser hijos en su Hijo y a hacer lo que Él nos diga (ver Jn 2, 5)”. (DA 2)





Centenario de la diócesis de Catamarca
Eucaristía solemne del 21 de agosto de 2010



Dios nuestro Padre nos ha congregado en este Predio Ferial para celebrar en esta solemne Eucaristía el Centenario de la querida diócesis de Catamarca. Es la Acción de Gracias del Pueblo de Dios, a cuyos miembros Dios ha encomendado funciones y servicios muy diferentes a favor de la iglesia y de la sociedad. Es la Acción de Gracias al Padre por la Pascua de Nuestro Señor Jesucristo, y por toda la vida que Él nos ha regalado, al amarnos hasta el extremo de dar su vida por nosotros. Nos acompañan los obispos de diócesis hermanas, todos ellos sucesores de los apóstoles. Con toda razón podemos decir que también el Santo Padre está cerca de nosotros con su afecto, su oración y su bendición apostólica.

Representando a las comunidades de la diócesis están con nosotros muchas imágenes de Cristo, como también de santas y santos patronos que llegaron como imágenes peregrinas, manifestando que este día es una gran fiesta también en el cielo. Nos acompañan quienes han vivido su fe como miembros de esta familia diocesana, y ya llegaron a la Patria celestial. Y con honda emoción hemos recibido la imagen coronada de la Virgen del Valle. Viene a celebrar la fiesta de la diócesis a la cual ella misma dio vida, inspiración y grandeza.

¡Cuántas veces ustedes han peregrinado a su santuario! En esas peregrinaciones, como lo expresa magistralmente el documento conclusivo de Aparecida, recogiendo la experiencia viva de la Iglesia en América Latina (ver 259s), se podían reconocer Pueblo de Dios en camino. En ellas ustedes celebraban el gozo de sentirse inmerso en medio de tantos hermanos, caminando juntos hacia Dios que nos espera. Cristo mismo se hacía peregrino, caminando resucitado entre todos sus hermanos, particularmente entre los débiles y los pobres. La decisión de partir hacia el santuario siempre fue una confesión de fe, el caminar ha sido un verdadero canto de esperanza, y la llegada, un encuentro de amor. La mirada de los peregrinos de Nuestra Señora del Valle se depositó sobre su imagen, símbolo de la ternura y la cercanía de Dios. Al ingresar a su santuario, el amor se detenía, para contemplar el misterio de la misericordia de Dios, de la maternidad bondadosa de María y el de cada uno de sus hijos, y para disfrutarlo en silencio.
¡Cuántas veces quedó la carga del dolor y de los sueños en sus manos y en su corazón de Madre y de Reina! La súplica sincera fluyó confiadamente, como la mejor expresión de un corazón que quería renunciar a la autosuficiencia, reconociendo que solo nada puede. En cada visita a la imagen bendita de la Virgen Morena, un breve instante condensó una rica experiencia espiritual. En su santuario, durante tantos años como peregrinos, Dios les ha regalado una vivencia profunda del misterio que nos supera, no sólo el misterio de la trascendencia de Dios, sino también de su Iglesia. En su santuario, y ante su imagen en el hogar, en la parroquia y en muchas instituciones, son innumerables las decisiones que han marcado sus vidas, después de haber gustado el amor de Dios, para corresponder a él con generosidad. En el santuario de la Virgen del Valle, las paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de amor, igualmente historias de los incontables dones que Dios le ha regalado a su Iglesia, a toda la Provincia Catamarqueña, y a la Patria. En el acogimiento de la Sma. Virgen del Valle hemos tenido la más hermosa experiencia de la Iglesia Madre, que nos acoge y nos enseña a ser discípulos misioneros y a vivir en comunión.
He mencionado estos dones, entre muchos otros que agradecemos esta tarde, y que invitan a alabar a Dios y a recordar con profunda gratitud el don de la fe, el regalo de las iniciativas generosas en el campo de la catequesis y la misericordia, de la educación, la salud y la infancia, el trabajo y el servicio público, como asimismo en el ámbito de la generosidad de tantas mujeres y hombres de fe, de ancianos y jóvenes que aman a nuestro Señor y a su Sma. Madre, que han querido servirlos y hacer grande la Patria, esforzándose por alcanzar la santidad y por servir a los más necesitados. Entre ellos, recordamos con mucha admiración a Fray Mamerto Esquiú, hombre de Dios y de su pueblo.
Recordar cien años de historia ha sido para la diócesis una ocasión propicia para preparar esta celebración con profunda alegría y gratitud. Pero, como lo recordaba el Santo Padre en su mensaje, la celebración del Centenario de la Diócesis no los motiva solamente a recordar el pasado. He sido testigo en estos días del maravilloso regalo de una fe viva y cordial, profunda a la vez que operante, que les ha hecho el Padre Dios a través del amor a Nuestra Señora del Valle, y de la cercanía cordial al Santo Padre. Este don significa para cada uno de ustedes, para sus famitas y sus escuelas, también para las autoridades civiles y para quienes velan por el orden público, un regalo maravilloso que perdura en el tiempo y da a quienes veneran a Nuestra Señora una riqueza extraordinaria.

¿Qué mensaje nos entregan las lecturas que hemos escuchado en este día sábado? ¿Cuáles con los valores que reafirman y cuál el horizonte que presentan para nuestro futuro?

La primera lectura de esta Eucaristía, tomada del profeta Ezequiel nos recuerda una de sus impactantes visiones. Es la gloria del Dios de Israel que regresa al Templo, a la Casa del Señor. Después de haber sido él mismo su santuario durante el cautiverio en tierra extranjera (Ez 11, 16), regresa a la tierra prometida para habitar en el nuevo templo que le edificaran los hijos de su pueblo.

El Señor habita en medio de su templo, pero sobre todo es el santuario vivo que acoge a su pueblo. El mismo Señor Jesús es nuestro santuario, el que vino a poner su morada entre nosotros, el que nos acoge, nos arraiga en su corazón y en la verdad del Padre, nos habla y nos escucha, nos da hogar y nos forma como sus discípulos, pone su Espíritu en nuestro corazón, y nos envía como misioneros suyos, para que amemos a los más desvalidos y afligidos, luchemos por la justicia y la paz, y comuniquemos nuestra alegría de conocerlo y ser sus amigos a todos los que no lo conocen, de modo que puedan entrar a su Reino.

No queremos olvidarlo: Él es nuestra Casa. Y los catamarqueños serán siempre un pueblo feliz y acogedor, si sus familias, verdaderas iglesias domesticas, santuarios de la vida y de la paz, prolongan la experiencia de la acogida y la transformación interior que experimentamos en la Casa de Dios y de la Virgen del Valle. El amor de Dios que les entregó la imagen de la Madre morena, antes que a nadie, a los indígenas y a los pobres, quiere seguir inspirando el respeto a la dignidad de los más pequeños, y la caridad a todos los hermanos.

El relato del Evangelio confirma el camino de esta Iglesia, alejado de la vanidad, el orgullo y la incoherencia entre la vida y la fe. Muchas veces lo he escuchado en estos días. Ustedes se consideran un pueblo humilde, interior, sincero en sus palabras y en sus acciones, lejos de la vanagloria y de la artificialidad de una vida sedienta de honores y reconocimientos externos.

Es el camino de Jesús, la vía que recorremos con la sencillez de la Virgen María y la verdad del Señor. Nunca han puesto su felicidad en la vanidad de ser saludados en las plazas, de ocupar el primer lugar en las asambleas, de hacerle la vida más dura y difícil al prójimo, de adquirir muchos títulos y dignidades. La grandeza de un discípulo de Jesucristo está en pasar por este mundo en pos de su Maestro. Él no vino a ser servido sino a servir con la sencillez de quien es capaz de postergarse, de no exigir un trato conforme a su propia dignidad de Dios, sino de hacerse pequeño –en Belén, en el Pan de vida y en la cruz, y de prestar los servicios más humildes, como fue el lavarles los pies a los apóstoles, para que los demás tuvieran vida y felicidad, y experimentaran el amor de Dios.

Dios confirma en esta celebración el espíritu mariano de este pueblo, y nosotros imploramos, con una hermosa oración a Nuestra Señor, “Aseméjanos a ti, y enséñanos a caminar por la vida tal como tú lo hiciste, fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría. En nosotros recorre nuestro tiempo, preparándolo para Cristo, Jesús.”

Naturalmente, quien quiere vivir como Nuestra Señora, que escogió una imagen pequeña para ser recordada y venerada por ustedes, no exige títulos que indiquen grandeza, importancia, influencia y poder. No exige ser tratado de “Padre”, de “Doctor”, de “Conductor” del Pueblo. Sólo quiere servir como hermano, para que cada uno despliegue la dignidad que Dios le dió y pueda vivir y servir conforme a ella. El discípulo recuerda las palabras de Jesucristo: “No he venido a ser servido sino a servir”. Es cierto, a muchas personas Dios les pide que sirvan a sus hermanos administrando bien la autoridad que les confía para que protejan a los más desvalidos y promuevan el bien común. Lo hace en la sociedad de múltiples maneras, lo hace en la familia y en la iglesia. Pero la conciencia de sí mismos no debe acercarlos a los poderosos de este mundo, a aquellos que Dios derriba de sus tronos para que aprendan a ser hijos de Dios y hermanos de los hombres, y no opriman a nadie con su poder, como cantó la Virgen María en el Magnificat.

Cuando Jesucristo nos pide que no llamemos a nadie ni Padre, ni Maestro ni Jefe, lo hace para recordar dos verdades vivificantes: La primera: Uno es el Padre, el Maestro y el Pastor. Esa condición es propia de Dios. Él es el Señor de la Historia y de la Vida, Él nos enseña los caminos de la felicidad y la vida, Él nos conduce a través de las dificultades, los dolores y las alegrías a la paz en esta vida, y a la vida y el amor en su plenitud, cuando nos llame a su Reino. ¿Y nosotros? En primer lugar somos hijos, discípulos, ovejas que escuchan la voz de su Pastor y le siguen. En primer lugar, somos todos iguales, porque somos hijos, discípulos y testigos, llenos de admiración por las obras de Dios, y simples hijos que han recibido la gracia y la dignidad de ser colaboradores de Dios, vale decir, colaboradores de su sabiduría, su misericordia y su poder, que superan infinitamente las obras de los hombres, cuando se apartan del plan del amor de Dios.

Esta verdad caracteriza al cristianismo. Todos somos hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros. Todos fuimos confiados por Jesucristo desde la Cruz a la Sma. Virgen como Madre nuestra. Todos fuimos redimidos por Jesús, e invitados a ser sus hermanos y amigos. A todos nos predestinó Dios a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos” (Rm 8, 29). Antes que se padres, maestros y guías entre nosotros, somos hermanos.

Es una verdad que tiene muchas consecuencias. Podemos dirigirnos a un sacerdote, y decirle con confianza y cariño: hermano padre. Las religiosas, con toda razón, se llaman hermanas. Un papá, admirando la obra de Dios en sus hijos, en el fondo de su corazón, puede llamarlos hijos a la vez que hermanos. Podemos sentir, con mucha verdad y gratitud, que el obispo es el hermano obispo. Lo mismo vale para las autoridades civiles y aun militares. Nos gobiernan el hermano gobernador y los hermanos intendentes, y mandan a sus soldaos los hermanos coroneles y generales. En países con monarquías, los cristianos, en el secreto de sus corazones pueden decirse: nos gobierna un hermano Rey. Igualmente, el Santo Padre es el hermano Papa.

Esta verdad fundamental Nuestra Señora quiere que la apliquemos dondequiera que tengamos autoridad. Que la entendamos como un servicio a los que Dios nos confía, que son hermanos nuestros. El orden social y el mundo del trabajo, en una sociedad de raíces cristianas, ha de estar animado por este espíritu de verdadera fraternidad, ya que Dios nos confía hijos suyos como trabajadores en la empresa, como colaboradores en el comercio, como alumnos en las escuelas y las universidades. Aun quienes han perdido su libertad son hermanos nuestros, en cuyo corazón está la imagen de Cristo, a quien servimos cada vez que los tratamos conforme a su dignidad, tal vez oculta, de hijos de Dios, y los visitamos.

Queridos hermanos y hermanas en el Señor, Dios, nuestro Padre y Pastor, nos abre las puertas al inicio de los próximos cien años de la Diócesis. Lo hace confirmando esos admirables regalos que les ha hecho: sabiendo que Jesucristo, su Evangelio, Nuestra Señora del Valle, y la gratitud y fidelidad al Santo Padre son los mayores tesoros de toda la Iglesia catamarqueñas, sabiendo que el Hijo de Dios, la Inmaculada Concepción de la Virgen María, la misión de los apóstoles y de los santos, como asimismo la dignidad de la persona humana y de la familia son realmente un patrimonio no sólo de esta hermosa Provincia sino también de la humanidad, que Él les ha confiado.

Agradezcámosle sus dones, gustémoslos como expresión de su infinito amor, y comprometámonos en esta Eucaristía a iniciar este nuevo siglo como discípulos misioneros de Jesucristo, como Iglesia que quiere ser misionera y promover su conversión pastoral y que implora en unidad el Espíritu Santo, uniéndonos a la oración de la Virgen del Valle, y colaborando con ella para que nuestro pueblo, su pueblo, tenga vida en Cristo, su Hijo y nuestro hermano, amigo y Señor.