domingo

Mons. Urbanc a las Familias


“Sean artesanas del amor divino, de la fidelidad más exquisita y del perdón más asiduo y sincero”

Durante la noche del sábado 14 de abril, Solemnidad de Nuestra Señora del Valle y vísperas de la jornada de cierre de las fiestas marianas, las familias rindieron su homenaje en el último día del Septenario.
En un clima de mucha alegría, una gran cantidad de familias y peregrinos colmó el Paseo de la Fe para participar de la Sagrada Eucaristía, que fue presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanc, y concelebrada por el Rector del Santuario Mariano, Pbro. José Antonio Díaz, el Delegado Episcopal de la Pastoral Familiar, Pbro. Eduardo López Márquez, entre otros sacerdotes.
Durante su homilía, Mons. Urbanc, entre otros conceptos destacó que “para ser discípulos
auténticos de Jesús necesitamos acoger en nuestro corazón a su Madre, puesto que quien acoge la cabeza, también debe acoger a los miembros del cuerpo, y la Virgen María es el miembro más excelente del Cuerpo, que es la Iglesia. Para nuestras familias, acoger en lo más íntimo de nuestros hogares a la Madre del Redentor, es prioritario y necesario”.
También exhortó a las familias a cuidar la vida expresando: “Ustedes son las responsables de cuidar estos cielos nuevos y tierra nueva, en cuyo centro está la vida, que es Dios mismo, en sus múltiples expresiones, pero, sobre todo, en cada vida humana, desde su concepción, hasta su partida natural. Más, ahora, que el demonio está
diseminando sus artilugios de muerte contra la vida humana en su estadio más frágil y decisivo, queriendo que se tome con naturalidad que los nidos preparados para acoger la vida, se conviertan en fosas indiscriminadas de muerte y vergonzantes bocas de negocios, por medio de argumentos contradictorios, falsos, absurdos y maliciosos”.
En otro tramo pidió a la Virgen que cuide a las familias: “Haz que emulen la frescura amorosa y misionera de la que forjaste junto con José y Jesús en la aldea de Nazaret. Infunde en ellas la conciencia clara de lo que son y de la vocación que Dios les confió. Que sean verdaderas escuelas de comunión y participación, donde cada ser humano alcance la verdadera estatura de Jesucristo, sabiendo y gozando del Amor que lo
creó, la Sangre que lo redimió y la Gracia que lo santifica. Pídele al Buen Padre Dios que sean artesanas del amor divino, de la fidelidad más exquisita, del sacrificio más genuino, del diálogo más fecundo, de la sabiduría más humilde, del servicio más abnegado y del perdón más asiduo y sincero”.
Luego de la predicación, los esposos presentes renovaron sus promesas matrimoniales, y antes de finalizar la ceremonia litúrgica, el Obispo bendijo a las embarazadas.

TEXTO COMPLETO DE HOMILÍA

Queridos devotos y peregrinos:
En este séptimo día del septenario participan como alumbrantes las familias, mamás embarazadas, la Pastoral Familiar Diocesana, MFC, Grávida, Renacer y Faviatca. Bienvenidos a esta celebración en el día litúrgico de nuestra Madre del Valle. Que Santa María los cubra con su manto y los siga llevando al encuentro de su Hijo Jesús para que sean sus entusiastas y magnánimos discípulos-misioneros. ¡Paz y Bien!
La temática que se nos propuso reflexionar en esta jornada nos llevó a contemplar a María, Virgen y Madre, como Esperanza de su Pueblo. ¡Cuánto necesitamos considerar a la Reina de este Valle como modelo de esperanza y de confianza en la inefable Misericordia del buen Padre Dios.
Hace dos días comencé a leerles una carta muy iluminadora de la Santa Sede acerca del significado de la salvación cristiana, titulada ‘Placuit Deo’, de la que ahora les leeré el capítulo IV. Para que la lean entera, busquen en internet ‘Placuit Deo español’ y podrán leerla completa…
El pasaje tantas veces escuchado del evangelio de san Juan nos recuerda que a la Virgen no sólo debemos tenerla en nuestra casa, que es un modo de traducir el giro idiomático griego, y que, probablemente así, ocupa un lugar en muchas casas alguna imagen suya, sino como también se traduce más existencialmente, recibirla como propia (Jn 19,27).
Para ser discípulos auténticos de Jesús necesitamos acoger en nuestro corazón a su Madre, puesto que quien acoge la cabeza, también debe acoger a los miembros del cuerpo, y la Virgen María es el miembro más excelente del Cuerpo, que es la Iglesia. Para nuestras familias, acoger en lo más íntimo de nuestros hogares a la Madre del Redentor, es prioritario y necesario.
El himno de la carta a los efesios (1,1-10) nos recuerda que Dios nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo y ser alabanza de su Gloria. Esta es la Bendición que pronunció sobre nosotros por medio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Bendecir significa ‘decir bien’. Dios Padre, en su Hijo Encarnado, repara la caída de la humanidad de un modo irreversible, puesto que la Cabeza no sólo es humana, sino divina. De allí que, por medio de Nuestro Señor Jesucristo, Dios ‘bien dice’ sobre la humanidad restaurada de una vez para siempre. A nosotros nos corresponde cuidar esta bendición, que son ‘los cielos nuevos y tierra nueva’, como dice Apocalipsis (21,1), siendo santos e irreprochables en su presencia, por amor, y hacer que llegue esta Gracia hasta el último confín de la tierra y hasta el último ser humano, recapitulando todos los seres en Cristo Jesús.
Queridas familias, ustedes son las responsables de cuidar estos cielos nuevos y tierra nueva, en cuyo centro está la vida, que es Dios mismo, en sus múltiples expresiones, pero, sobre todo, en cada vida humana, desde su concepción, hasta su partida natural. Más, ahora, que el demonio está diseminando sus artilugios de muerte contra la vida humana en su estadio más frágil y decisivo, queriendo que se tome con naturalidad que los nidos preparados para acoger la vida, se conviertan en fosas indiscriminadas de muerte y vergonzantes bocas de sucios e inhumanos negocios, por medio de argumentos contradictorios, falsos, absurdos, maliciosos, arteros y capciosos.
Santa María, Madre de las Familias, ruega por ellas, cuídalas y haz que emulen la frescura amorosa y misionera de la que forjaste junto con José y Jesús en la aldea de Nazaret. Infunde en ellas la conciencia clara de lo que son y de la vocación que Dios les confió. Que sean verdaderas escuelas de comunión y participación, donde cada ser humano alcance la verdadera estatura de Jesucristo, sabiendo y gozando del Amor que lo creó, la Sangre que lo redimió y la Gracia que lo santifica. Pídele al Buen Padre Dios que sean artesanas del amor divino, de la fidelidad más exquisita, del sacrificio más genuino, del diálogo más fecundo, de la sabiduría más humilde, del servicio más abnegado y del perdón más asiduo y sincero. Así sea.