domingo

Solemne Vigilia Pascual en la Catedral Basílica

Mons. Urbanc: “La resurrección de Jesús es una explosión de luz, un nuevo y definitivo Big Bang, que vence la oscuridad de la muerte”

El sábado 4 de abril, la Iglesia celebró jubilosa la Vigilia Pascual en la noche más santa del año. Los catamarqueños vivieron el acontecimiento de la Resurrección del Señor a los pies de la Madre del Valle, durante la Santa Misa presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Luis Urbanc, en el principal Santuario Mariano y Catedral Basílica.
La solemne ceremonia rica en simbología comenzó con la bendición del fuego nuevo para encender el Cirio, que representa la luz de Cristo. El Obispo marcó una cruz sobre el Cirio, signándolo con el año actual, para significar que Jesucristo es el Señor del tiempo y de la historia. Este rito se inició en el atrio para luego ingresar en el templo a oscuras, en forma procesional, mientras los fieles encendían sus velas con la luz proveniente del Cirio.
Luego del canto del pregón pascual, comenzó la Liturgia de la Palabra, que incluyó nueve lecturas: siete del Antiguo Testamento y dos del Nuevo, proclamadas por representantes de distintos ámbitos de la sociedad (arte, ciencias, letras, justicia, leyes, salud, educación, ONG, colectividades, entre otros), protagonistas de este Año Diocesano dedicado a los Laicos, como opción pastoral, en el marco de la Misión Diocesana Permanente.  

Concluidas las lecturas del Antiguo Testamento se cantó el Gloria de la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, acompañado por el encendido de luces y el toque de campanas, que hacían palpitar los corazones.
Tras la proclamación del Evangelio, durante su homilía, Mons. Urbanc explicó los tres elementos cargados de simbología de la liturgia: la Luz, el Agua y el Pregón Pascual. Respecto de la luz dijo: La resurrección de Jesús es una explosión de LUZ, un nuevo y definitivo Big Bang. La Muerte, simbolizada con la oscuridad, es vencida con este estallido de Luz. Jesucristo es la definitiva Luz del Mundo. Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia humana. Jesucristo es la Luz verdadera, y la Iglesia representa el misterio de luz que es Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego que da luz y calor, símbolos a su vez de la verdad y del
amor que son inseparables. También el cirio pascual arde y, al arder, se consume; por tanto, cruz y resurrección son inseparables”.
Al referirse al agua manifestó que “el AGUA aparece en la Biblia con dos significados opuestos: por un lado, está el inmenso mar como antagonista de la vida sobre la tierra, como su amenaza constante, pero que Dios le ha puesto límites. Así representará la muerte en cruz de Jesús, quien descendió a las aguas de la muerte, como Israel en el mar Rojo, donde quedaron sepultados todos los que atentaban contra la integridad de los elegidos de Dios: los egipcios como símbolo del pecado que esclaviza y mata. Por otro lado, el agua aparece como manantial de agua fresca y potable que proporciona vida. Sin agua no es posible la vida”. Y pidió “al Señor de la Vida y de la historia que seamos siempre manantial de agua pura, fresca y saludable de verdad y amor”.
Finalmente, afirmó que “el CANTO DEL PREGÓN PASCUAL es netamente antropológico, puesto que cuando una persona experimenta una gran alegría, no puede ocultarla, sino que la manifiesta y transmite. Esto es lo que sucede cuando somos alcanzados por la Luz de la Resurrección, cuando entramos en contacto con la Vida misma, la Verdad y el Amor… Hablar no es suficiente. Es necesario cantar”, manifestó el Obispo.

La ceremonia continuó con la Liturgia Bautismal en la que se bendijo el agua con la que fueron rociados los presentes, quienes renovaron las promesas bautismales. Esta parte de la celebración incluyó el canto de las Letanías de los Santos.
En la oración de los fieles se elevaron las plegarias por la Iglesia, el Papa Francisco, nuestro Obispo Luis, por la Patria y sus gobernantes, por los fieles laicos y por los consagrados.
Durante la Liturgia Eucarística se consagró el pan y el vino, que se convirtieron luego en el Cuerpo y la Sangre del Resucitado, que luego se dio como alimento de vida eterna.
La celebración concluyó con la solemne bendición final y el canto de alabanza a la Madre de Jesucristo, Luz del mundo y Vencedor de la muerte.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA
Queridos hermanos:
                                         En el Evangelio recién proclamado, Marcos refiere que cuando las mujeres entraron en el sepulcro, “vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto con una larga túnica blanca; y se espantaron. Más él les dijo: ‘No se asusten; buscan a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí’. Con esto el evangelista quiere relacionar este momento con el de la Transfiguración, en el que Pedro, Santiago y Juan discutían entre sí sobre qué quiso decir Jesús con eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc  9,10). Para los apóstoles está claro que no permitirán que Jesús tenga que morir, pero los supera eso de resucitar. A nosotros nos sucede lo mismo: podemos comprender lo del nacimiento del Hijo de Dios, el que pueda sufrir, el que tenga que comer, el que pueda morir, etc., pero ni a ellos, ni a nosotros nos resulta comprensible lo de la resurrección porque adolecemos de tal experiencia. De hecho sabemos que todo el que muere, no retorna, pero el único que se atrevió a afirmar lo contrario en la historia de la humanidad fue Jesús de Nazaret: “Destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré” (Jn 2,19); Mientras andaban juntos por Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres. Y lo matarán, pero al tercer día resucitará” (Mt 17,22-23), (también Mt 16,21; 17,9; 20,19; 27,63).
          No obstante, Nuestra Madre la Iglesia, trata de que lo comprendamos por medio del lenguaje simbólico, propio de la Liturgia. En la Vigilia Pascual que ahora celebramos hay tres elementos cargados de mucha simbología: la Luz, el Agua y el Pregón Pascual, condensado en el canto solemne del ALELUYA.
La resurrección de Jesús es una explosión de LUZ, un nuevo y definitivo Big Bang. La Muerte, simbolizada con la oscuridad, es vencida con este estallido de Luz. Jesucristo es la definitiva Luz del Mundo. Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia humana. Jesucristo es la Luz verdadera (cf. Jn 1,5.9), y la Iglesia representa el misterio de luz que es Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego que da luz y calor, símbolos a su vez de la verdad y del amor que son inseparables. También el cirio pascual arde y, al arder, se consume; por tanto, cruz y resurrección son inseparables.

El AGUA aparece en la Biblia con dos significados opuestos: Por un lado, está el inmenso mar como antagonista de la vida sobre la tierra, como su amenaza constante, pero que Dios le ha puesto límites. Así representará la muerte en cruz de Jesús, quien descendió a las aguas de la muerte, como Israel en el mar Rojo, donde quedaron sepultados todos los que atentaban contra la integridad de los elegidos de Dios: los egipcios como símbolo del pecado que esclaviza y mata. Así se bosqueja la simbología propia del sacramento del bautismo que ha sido muy bien descripta por san Pablo en su carta a los Romanos: “¿O no saben que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Porque por el bautismo fuimos  sepultados junto con él en la muerte, a fin de que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Rom 6,3-4).
Por otro lado, el agua aparece como manantial de agua fresca y potable que proporciona vida. Sin agua no es posible la vida. En el evangelio de Juan aparece mucho este tema: Diálogo de Jesús con la Samaritana, Del costado de Jesús brotó sangre y agua, símbolos de la Eucaristía y el bautismo, respectivamente. Cristo es el templo del que brota el agua que lo sanea y vivifica todo. Por eso en el bautismo, Dios no sólo nos convierte en personas de luz, sino también en fuentes de las que brota agua viva. Todos nosotros conocemos personas que nos dejan, en cierta manera serenos y renovados; personas que son como el agua fresca de un manantial. Pero también conocemos personas que son todo lo contrario; parecen un charco podrido y envenenado, que sólo contaminan y destilan muerte. Por tanto, le pidamos al Señor de la Vida y de la historia que seamos siempre manantial de agua pura, fresca y saludable de verdad y amor.
El CANTO DEL PREGÓN PASCUAL es netamente antropológico, puesto que cuando una persona experimenta una gran alegría, no puede ocultarla, sino que la manifiesta y transmite. Esto es lo que sucede cuando somos alcanzados por la Luz de la Resurrección, cuando entramos en contacto con la Vida misma, la Verdad y el Amor… Hablar no es suficiente. Es necesario cantar. Por algo decía san Agustín que el que canta, reza dos veces. El pueblo elegido después de atravesar el mar Rojo entonó un cántico (Ex 15,1b-18) pues lo vivieron como un nuevo nacimiento y nosotros lo hemos cantado después de la tercera lectura tomada del Éxodo (14,15-15,1a).
Ahora nosotros, Iglesia de Jesucristo, nos hallamos atraídos como por dos campos magnéticos: uno bueno y otro malo. Pero desde que Cristo ha resucitado, el imán de la verdad es más fuerte que el de la mentira, el del amor más fuerte que el del odio; el de la vida más que el de la muerte, el de la gracia más que el del pecado. Frecuentemente tenemos la impresión de que nos vamos a hundir; pero esto es imposible ya que no hay retorno a la muerte, pues ésta ha sido vencida por Cristo con su Muerte y Resurrección: “No tengan miedo, Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). San Pablo ha descrito así esta situación: «Nos dan por muertos, pero estamos bien vivos» (2 Cor 6,9)... Como la mano salvadora del Señor nos sostiene, podemos y debemos cantar siempre el canto de los redimidos, el canto nuevo de los resucitados: ¡aleluya! ¡aleluya! ¡aleluya! Amén.