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Mons. Urbanc en el Te Deum por el 202° aniversario de la Declaración de la Independencia


“Honremos el deber de cuidar la vida de todos”

El lunes 9 de julio, el Obispo Diocesano de Catamarca, Mons. Luis Urbanc, presidió el Solemne Te Deum con motivo de cumplirse el 202º aniversario de la Declaración de la Independencia de nuestra Patria. La ceremonia religiosa se llevó a cabo a primeras horas de la mañana en el templo parroquial del Inmaculado Corazón de María, y fue concelebrada por el Vicario General de la Diócesis, Pbro. Julio Quiroga del Pino; el párroco anfitrión, Pbro. Edelmiro Herlein; y el Capellán Mayor de la Catedral Basílica y Santuario de Nuestra Señora del Valle, Pbro. Lucas Segura.
Participaron autoridades provinciales y municipales, encabezadas por la Señora Gobernadora, Dra. Lucía Corpacci, y el Señor Intendente de Capital, Lic. Raúl Jalil; legislativas y de las Fuerzas de Seguridad; directivos y abanderados y escoltas de establecimientos educativos del medio, destacándose la presencia de los chicos de la escuela especial N° 31 Luisa María Sesín quienes participaron de la ceremonia a través del lenguaje de señas.
En el inicio de su mensaje, Mons. Urbanc explicó el significado de la antigua “expresión latina ‘Te Deum laudamus’, las tres primeras palabras de una larga oración que data del año 252 y la atribuyen a San Cipriano de Cartago. Se la rezó y sigue rezando en la Liturgia y en diversos acontecimientos civiles para sostener la vida de la Iglesia y de los pueblos cristianos a lo largo de los siglos”.
“‘Te Deum’ es un himno de alabanza cargado de significado en nuestra historia patria. En Tucumán fue entonado solemnemente al inicio de las sesiones del Congreso, el 25-3-1816, en la Iglesia de San Francisco, luego de los juramentos de práctica efectuados el día anterior”. También es “un himno de fe que se hace canto de amor y gratitud. Por eso estimula la respuesta de fe y de amor que la patria necesita de sus ciudadanos y, en especial, de sus dirigentes y constructores de la sociedad”, dijo.
Tras rescatar los conceptos del presidente Nicolás Avellaneda, cuando afirma que “el Congreso de Tucumán ‘se halla definido por dos rasgos fundamentales: patriota y religioso, en el sentido más riguroso de la palabra”, se centró en la verdad. Para ello citó al Papa Francisco cuando en su primera encíclica “Lumen Fidei” afirma que “en la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es
verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia; es verdad porque funciona y así hace más cómoda y fácil la vida. Hoy parece que ésta es la única verdad cierta, la única que se puede compartir con otros, la única sobre la que es posible debatir y comprometerse juntos”. En este punto acotó que “no todo lo que es técnicamente posible, es moralmente válido, y por ende realizable. También recordemos el deplorable y tan naturalmente utilizado axioma de Maquiavelo: ‘el fin justifica los medios’”.
Continuó: “Por otra parte, estarían después las verdades del individuo, que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común. En
cambio, la verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha. ¿No ha sido esa verdad -se preguntan- la que han pretendido los grandes totalitarismos del siglo pasado, una verdad que imponía su propia concepción global para aplastar la historia concreta del individuo? Así, queda sólo un relativismo en el que la cuestión de la verdad completa, que es en el fondo la cuestión de Dios, ya no interesa”.
“En esta perspectiva, es lógico que se pretenda deshacer la conexión de la religión con la verdad, porque este nexo estaría en la raíz del fanatismo, que intenta arrollar a quien no comparte las propias creencias. A este respecto, podemos hablar de un gran olvido en nuestro mundo contemporáneo. En efecto, la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de
nuestro ‘yo’ pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común”.
También recordó que nuestros representantes en el Congreso de Tucumán fueron “Manuel Antonio Acevedo, sacerdote y abogado, párroco en Belén, nacido en Salta, en 1770, donde fundó la Escuela de Filosofía, de la que fue rector y catedrático” y “José Eusebio Colombres, sacerdote, doctor en leyes y político, párroco en Piedra Blanca, nacido en Tucumán, en 1778. Gran impulsor de la industria azucarera”, explicó.

Defensa de la vida
Siguiendo con su predicación, expresó que “en este día nos corresponde reflexionar, traer luz y orar por lo que está ocupando el debate no sólo en el Congreso de la Nación sino en nuestra sociedad, pues, gracias a Dios, muchos se han expresado acerca de la defensa que tenemos que hacer de la vida humana en gestación, ya que el primer deber del Estado es cuidar la vida de sus habitantes, especialmente de los más pobres y débiles”.
En este sentido volvió a traer conceptos del Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et Exultate, donde dice que “'La defensa del inocente que no ha nacido debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo'. ¡Qué bueno que para Dios no hay excluidos! Entonces, en comunión con nuestros antepasados, con nuestras raíces, forjemos una Patria donde quepan todos: el niño desde su concepción y su mamá. Que nadie esté desamparado y que los derechos de unos no avasallen los derechos de otros. Honremos el deber de cuidar la vida de todos”.

El Obispo estimó “oportuno recordar lo que los obispos argentinos dijimos acerca de las leyes en la 103° Asamblea Plenaria de la CEA, por medio del documento, Reflexiones y aportes sobre algunos temas vinculados a la reforma del Código Civil. ‘Las leyes son necesarias para la buena vida social. Su contenido no es indiferente, porque las leyes son indicativas de las conductas que la sociedad considera valiosas, para alentarlas y protegerlas, o disvaliosas, para prohibirlas o castigarlas. En ese sentido, la ley, sin identificarse con la moral, tiene un indudable contenido moral. No hay leyes moralmente neutras’”.
“La ley no es una mera fotografía de lo que ocurre, sino una orientación de lo que se espera y desea que ocurra en esas relaciones interpersonales: tiene una función docente y modélica. Por lo tanto, el legislador no puede limitarse a constatar que algo existe en la realidad, o puede existir, para darle valor legal -es decir, de norma, o regla de conducta-, sin un previo juicio de valor”.
“En la vida cotidiana se verifican conductas perjudiciales al bien común, que deben ser reprobadas y no convalidadas por el solo hecho de que algunas personas las lleven a cabo. En este sentido, si bien es cierto que toda persona es digna del mayor respeto, no toda opinión o proposición lo es en el mismo grado. Es necesario tamizar las distintas opiniones y propuestas, en orden a ese bien común, que es el bien de ese ‘todos nosotros’, formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social. No es un bien que se busca por sí mismo, sino para las personas que forman parte de la comunidad social, y que sólo en ella pueden conseguir su bien realmente y de modo más eficaz”.
Al concluir su mensaje invitó a que “hagamos presente a un gran catamarqueño, el Venerable obispo Mamerto Esquiú, a quien su madre, que tuvo muchas dificultades para gestarlo y mantenerlo con vida, lo confió a Dios, con la promesa de que vestiría el hábito de san Francisco, para que nos ayude con su ejemplo de vida cristiana y ciudadana a saber encarar las cuestiones de afligen a la sociedad con la seriedad que ameritan, a fin de que nuestras leyes respondan a los principios básicos de las Constituciones Nacional y Provincial, de las que él fue un gran impulsor, cumplidor y difusor”.
“Que vuelva a resonar en este recinto y en estas horas oscuras de nuestra Nación el ardoroso, esperanzado y emocionante llamado cívico de nuestro comprovinciano, pronunciado un 9-7-1853: ‘La religión y la patria tienen los mismos intereses, nacen de un mismo principio, caminan cada uno por vías peculiares a un mismo fin, y la una y la otra con sus pies en la tierra, y asidas de sus manos con eterno amor, campean sus cabezas en el horizonte de lo infinito…¡Obedezcan, señores! Sin sumisión, no hay ley; sin leyes no hay patria, no hay verdadera libertad: existen sólo pasiones, desorden, anarquía, disolución, guerra y males de los que Dios libre eternamente a la República Argentina; y concediéndonos vivir en paz, y en orden sobre la tierra, nos dé a todos gozar en el cielo de la bienaventuranza en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por quien y para quien viven todas las cosas’”.
Durante la celebración se rezó la Oración por la Patria y la Oración por la Vida, de San Juan Pablo II.
Luego de la bendición final, Mons. Urbanc saludó a las autoridades presentes, concluyendo de esta manera el Solemne Te Deum.